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POR MANUEL VIVAS, escritor diletante

Con la dramática situación del coronavirus que sufrimos, reconozco que, a pesar de cumplir a rajatabla los mandatos y precauciones impuestas por el gobierno, ya no es tal la preocupación que siento por mi salud, como la pena que me produce la grave situación sanitaria a la que ha llegado nuestro país como consecuencia de la pandemia del COVID-19, sí, pero también, debido a una más que evidente falta de sensatez y previsión de quienes nos lideran. 

Todo dirigente, sea de la ideología que sea, tiene la obligación de gobernar al conjunto de la sociedad española con responsabilidad y coherencia, poniendo todo su empeño en la legalidad y en favorecer al interés del común de los ciudadanos y del Estado, olvidándose de los intereses sobre políticas propias y de partido que les garanticen el voto en las siguientes elecciones.  

No son pocas las carencias y problemas que España viene arrastrando desde hace tiempo: desempleo, independentismo, corrupción, inseguridad ciudadana, recortes en sanidad, investigación, educación, pensiones, dependencia (…). Y ahora -ya ven-  habrá que añadir los graves efectos del coronavirus en nuestra economía y en nuestras gentes; como expresa el viejo refrán: “a perro flaco todo son pulgas”. 

Tuvimos a China avisando al mundo globalizado de la pandemia contra la que se luchaba encarnizadamente y que no tardaría en llegar a Europa, como después ocurrió en Italia. Por tanto, conocíamos su origen, su desplazamiento y su incidencia. No quisimos ver o darle la importancia que la situación requería, y este virus nos pilló concentrados y con el paso cambiado, sin previsión, recursos suficientes, ni formas apropiadas para contrarrestar la propagación y las consecuencias del mismo.

Aunque han sido muchas las medidas adoptadas para proteger a la sociedad, vamos a remolque de los acontecimientos y, a día de hoy, con más de 70.000 contagiados y más de 5.000 fallecidos, no sabemos con certeza que ocurrirá mañana, ni cómo acabará esta pesadilla. Creo que se respira un cierto aíre de desconfianza en la información que recibimos y en la capacidad real de alcanzar soluciones efectivas por parte de las autoridades.

Nuestros héroes son todo el personal sanitario, a quienes se les pasan turnos de infinitas horas en su vocación de salvar vidas sin descanso y con precariedad de medios, sin esperar medallas, únicamente, el emocionado reconocimiento que cada día, todo un país, les ofrece a las ocho de la tarde en forma de energía humana para seguir adelante. Son ellos, los que merecerán ocupar el puesto más destacado en la historia reciente de nuestro país, sin olvidar, claro que no, al resto de servidores públicos, colectivos profesionales y ciudadanos anónimos que están aunando grandes esfuerzos para que todo salga lo mejor posible. Todos estamos ahí, dando un tremendo ejemplo de unidad y ciudadanía, actuando en nuestra misión con responsabilidad y sacando lo mejor que cada uno lleva dentro de su corazón por el bien de los demás. 

Nuestro actual enemigo nos ha golpeado duro, es cierto, pero no nos ha noqueado y por eso seguimos en un combate abierto que nos dará la victoria antes de que lleguemos al último “round”. Cuando esto suceda y podamos subir al pódium de las alegrías y los abrazos, estoy convencido de que habrán cambiado muchas cosas en este país; seremos más humanos y solidarios, sabremos lo vulnerables que podemos ser y cuanto nos necesitamos unos a otros pero, sobre todo, tendremos que reestructurarnos, valorar la palabrería vacuas de algunos políticos y aprendida la lección que nos llevará a decidir con mejor criterio en el futuro. Ahora, mientras millones de españoles estamos confinados en casa, y aflige nuestros corazones la tristeza por la enfermedad y la muerte de más personas de lo esperado, debemos no perder la esperanza ni una sonrisa que nos levante el ánimo. No nos queda otra que seguir fuertes y unidos en la lucha contra el “enemigo invisible”.