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OPINIÓN.- Que la U.E. se había configurado a dos velocidades, con una estructura adaptada al interés de la grandes corporaciones (fundamentalmente francesas y alemanas) en lugar de al interés general, es algo que llevamos denunciando desde Maastricht en 1992. Los polos industriales, claves en la creación de empleo y desarrollo económico, se concentraron en el centro de la Unión Europea, reservando para los países periféricos fundamentalmente el sector servicios (sol y playa) y en menor medida la agricultura y ganadería. Llevando nuestros gobiernos tanto de PP como de PSOE un proceso de desindustrialización y privatización en los escasos núcleos industriales del país.

Esta configuración tuvo como columna vertebral el compromiso de la “solidaridad” supranacional de los componentes de la U.E. Los países pobres aceptarían políticas contrarias a sus intereses económicos y estratégicos a cambio de compensaciones económicas en forma de Política Agraria Común, Fondos FEDER, y demás programas europeos para el desarrollo. El compromiso del trabajo “codo con codo” y auxilio mutuo llegado el momento.

Todas esas premisas y especialmente el de la solidaridad entre naciones y la protección de una administración supranacional, saltaron por los aires en 2008 cuando desde Frankfurt, corazón económico de la U.E., se decidió intervenir y arrodillar a Grecia, Irlanda, Italia, Portugal, Chipre y en menor medida España. Obligando sus gobiernos (algunos de forma gustosa) a aplicar un paquete de recortes económicos que a día de hoy continúan haciendo sufrir a la población.

Otro ejemplo del fracaso europeo es la política migratoria, la cual puede resumirse en 995 muertos ahogados en el mediterráneo (hasta 1 de octubre de 2019 según la fuente updata.es) en los últimos meses, 1,5 millones de inmigrantes hacinados en Grecia, otros tantos en sus fronteras con Turquía, y una Italia desbordada por la avalancha llegada desde África. Todo ello con la U.E. mirando hacía otro lado como si no tuviera parte de coresponsabilidad con los países receptores de inmigración.

El último error de esta U.E., ha sido volver a abandonar a los países afectados por el COVID-19. Italia agoniza desde hace meses sin que haya recibido ayuda externa por parte de nadie, bueno de casi nadie, la demonizadas Cuba, Venezuela y China han puesto pie en la patria de Garibaldi raudos a enfrentarse a la pandemía. Algo similar ocurre con España, donde ante la solidaridad prometida en la configuración europea, nos encontramos con la directriz franco-alemana a sus industrias de no vender mascarillas ni ningún otro material de protección a otros países ante la previsible escasez en sus propios territorios, siendo la solidaridad de la demonizada China, la que tiene que acudir a nuestro rescate.

Que esta U.E. es un cadáver andante, es un hecho más que contrastado del que sólo los europeos no somos conscientes. La clave estará en cómo se llevará cabo esa desfragmentación por parte de los 27. Si la salida seguirá siendo antisocial bajo el “sálvese quien pueda”, o si seremos capaces de anteponer los intereses de la clase trabajadora europea frente al proyecto neoliberal que tanto dolor y odio nos ha provocado.

En este sentido, la ortodoxia económica del capitalismo y el neoliberalismo ha saltado por los aires con este última crisis, dado que la Comisión Europea se ha visto obligada a suspender las reglas fiscales del déficit y deuda pública que “santificada” las políticas de recortes, mermaba la soberanía de los Estado miembro y condenaba a la pobreza a millones de personas dentro de la U.E.

Juan Francisco Cazalilla Quirós
Secretario Provincial del PCA en Jaén.