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POR MANUEL VIVAS, escritor diletante

A menudo, me gusta caminar por las calles de Jaén en tardes tranquilas, de cielos plomizos y lluviosos, donde los reflejos, sombras y contraluces las hacen especialmente bellas. Encuentro que las ciudades son mucho más hermosas bajo la lluvia y, por ello, procuro buscar a solas esos lugares románticos y antiguos donde encontrarme a mí mismo.  

Fue una tarde de este entrañable mes de diciembre, cuando el invierno se hacía notar con todo su rigor; la lluvia, el frío y el viento estaban muy presentes, aportando un halo de silencio y recogimiento al viejo Jaén. El entorno de las Plazas del Deán Mazas y Pósito se ofrecía cubierto por una densa neblina traspasada por una fina cortina de lluvia, que apenas dejaba entrever los faroles que iluminaban la empobrecida fuente del escultor Justino Flores y la enigmática Cruz del Pósito. El aíre traía consigo suaves aromas a pan recién horneado y a repostería de la cercana Pastelería Flor y Nata; a legumbres y frutos secos, a embutidos, bacalao, queso y jamón curado de los Almacenes Martínez; a botas de roble y vinos de la Taberna El Bodegón, a tinta y papel couché de la Imprenta Cruz…Bajo las nobles arcadas del Palacio de los Vílchez, un matrimonio mayor con su artesanal hornillo de carbón para asar castañas se afanaba en la labor de pregonar su venta. Un tenderete de panderos, carracas, pitos y coloridas zambombas, llamaba poderosamente la atención de quienes por esa zona tan singular, caminábamos nostálgicos y soñadores de otros tiempos. Presagio de que la Navidad está próxima a llegar, con toda la felicidad que impulsa las sensibilidades e ilusiones que nacen del corazón. 

 También llegará esa otra Navidad, más chapada a los tiempos modernos, que animará y llenará de luces las calles, aunque para mí algo menos romántica: comidas y cenas familiares o de empresas, compras  compulsivas, viajes, bullicio, ruido, colapso del tráfico (…). A pesar de que cada vez estas nuevas costumbres tienen menos componentes de sentimiento y religiosidad, lo que en parte desnaturaliza el sentido de las fiestas navideñas; me gusta comprobar como perviven en el tiempo los alumbrados extraordinarios de las calles, comercios y balcones, los belenes, mercadillos, villancicos, la gastronomía y los dulces típicos de estas fiestas, lo que unido al sentir  y a la forma de actuar que cada uno lleva en su interior, contribuye a que el Espíritu de la Navidad se resista a desaparecer, estando aún muy presente entre la mayoría de nosotros.

Acercarse para comprar Dulces de las Monjas a los Conventos y Monasterios de clausura existentes en nuestra ciudad, es algo que formó también parte de la tradición y que yo personalmente recomiendo no dejar de hacerlo. Las monjas de clausura, elaboran con cariño y mimo exquisitos dulces y pasteles navideños, piezas gastronómicas artesanales que saben a Gloria – nunca mejor dicho- basadas en la utilización de los mejores productos y en antiguas recetas conventuales que alzan a su máxima expresión el lema de “ora et labora”: mantecados, polvorones, alfajores, hojaldrados, pastorcitas, empiñonados y yemas (…) son verdaderas delicias que endulzan los paladares y que podemos degustar pasando por los conventos de clausura, a la vez que ayudamos al sustento de sus órdenes religiosas.

Conventos como el de “Las Bernardas” en el emblemático barrio de San Ildefonso; el de las Carmelitas Descalzas, que se yergue en un marco imponente al abrigo de la Catedral; las Dominicas, en el barrio labrador de la Alcantarilla; Esclavas de la Inmaculada Concepción y San Clemente o el Real Monasterio de Santa Clara del barrio de San Bartolomé, son algunos de los conventos y monasterios de clausura donde se elaboran tan deliciosas piezas gastronómicas.

Tristemente en las últimas décadas, la ciudad de Jaén ha perdido dos de sus conventos, que cerraron definitivamente sus puertas por la falta de incorporación de nuevas hermanas para continuar con la vocación y entrega a una vida contemplativa, como son, el Monasterio de Santa Úrsula (2008) situado en el histórico barrio de la Magdalena, donde las Madres Agustinas elaboraban aquellas exquisitas Yemas de Santa Úrsula y el Convento de San Antonio (2018) perteneciente a las Siervas de María, en el viejo Campillejo de San José (hoy Plaza de los Jardinillos), en cuya capilla oraría el insigne escritor, Miguel de Cervantes Saavedra, durante las visitas que hizo a Jaén en su labor de recaudador de impuestos para las galeras de Felipe II.

Cuando uno llega hasta los límites de la clausura conventual y coges la cadena que hace sonar las campanillas del torno, te sumerges irremediablemente en un desconocido mundo de intimidad, recogimiento y oración: 

¡Ave María Purísima! 

¡Sin pecado concebida!, responde con dulce voz la hermana tornera. 

Tienes la sensación de retornar al pasado, de que el tiempo intramuros se ha detenido como por obra divina. A esa hora final de Vísperas, cuando el sol se ha puesto, desprende el convento un agradable aroma a dulce horneado, mezclado con el litúrgico olor a cera e incienso. Tras los muros se escucha el rumor de letanías y salmos de súplicas y alabanzas espirituales.

Hermana, ¡véndanme medio kilo de cada uno de sus Dulces de Navidad! Y permítame sea yo quien ahora eleve una súplica ¡Que Dios y la Virgen María las bendiga para que nunca desaparezcan la fe y su encomiable labor que tanto sentido da a la vida!.