OPINIÓN | «Morir solo y abandonado»

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POR MANUEL VIVAS MUÑOZ, escritor diletante

Si hay alguna noticia que me supera y más me apena de entre todas las que recibimos diariamente a través de los medios de información, son aquellas que, cada vez con más frecuencia,  están relacionadas con la muerte de ancianos que viven solos en sus casas, sin que nadie los eche en falta, ni se les ayude en los momentos finales en los que más lo necesita el ser humano. 

Estas muertes por lo general son como consecuencia de la falta de atención y protección por parte del entorno familiar, pero también, debido a que en muchas ocasiones fallan los mecanismos de las instituciones para lograr una intervención social efectiva. Además, si echamos la vista atrás, las relaciones entre vecinos cada vez son menos estrechas y deshumanizadas, especialmente en los núcleos urbanos donde ahora “nadie conoce a nadie”.  De ahí que sean muchos los ancianos que cada año engrosan las cifras de muertes en condiciones trágicas cuando vivían solos en sus domicilios, debido a causas muy diversas como la soledad y la tristeza,  desnutrición, falta de higiene o asistencia médica-farmacológica, o los incendios por un accidente en cocinas, braseros o cortocircuitos. También por muerte natural, claro que sí, pero con la tristeza añadida de que muchas veces nadie se percate durante días, semanas, meses o años de sus ausencias, siendo hallados los cadáveres en avanzado estado de descomposición, incluso “momificados” dentro de sus domicilios, como se han dado algunos casos.  De todo ello y por su cruda experiencia podrían dar buena cuenta los servicios relacionados con la seguridad pública (policía, bomberos, sanitarios, funerarios, jueces, forenses…). Yo mismo, tengo algunas vivencias acumuladas en tales aspectos durante cuarenta años de mi etapa laboral en dicho sector de la función pública. 

Se supone que estamos en una sociedad moderna en la que, cuando los lazos familiares fracasan, las instituciones deben aportar los mecanismos necesarios de protección y asistencia social para que casos como estos no se produzcan, al menos con la frecuencia y crueldad de los últimos tiempos. Hay un problema creciente y no debemos mirar para otro lado, ni mucho menos justificarlo con que se trata de un fenómeno normal y propio de las sociedades modernas en las que caminamos. Me niego rotundamente a aceptar este criterio, no podemos ver como normal que una persona, después de haberlo dado todo por su familia y por la sociedad en la que ha vivido largo tiempo, cuando llega a la ancianidad y padece las limitaciones propias de la edad, “no valga para nada” y se vea desarraigada y sola en su domicilio, sumida en la más absoluta soledad y abandono.

España está considerado ya un país de mayores, donde más de un millón de personas con más de 65 años viven solas en sus domicilios y la lista crece y crece cada día que pasa, porque la esperanza de vida es cada vez mayor y las personas viven más tiempo de manera autónoma en sus casas. Pero esto, en ocasiones, si no hay firmes vínculos afectivos y de control, suele con el tiempo derivar al aislamiento y al abandono, en definitiva “a vivir solos y morir en silencio”. 

Es evidente que se ha ido perdiendo en nuestra sociedad el ejemplo generacional de respetar, cuidar y preocuparse hasta el último momento de los mayores. Quizás porque la sociedad y la mentalidad ha cambiado. Casi me atrevería a decir que las nuevas generaciones suelen vivir su vida de una manera más o menos egoístas, individualistas y sin demasiada empatía hacia esa labor, apareciendo en escena por omisión, cierto tipo de maltrato infrafamiliar e institucional aceptado, como consecuencia de las dificultades en la conciliación entre las obligaciones laborales de los familiares y el cuidado de sus mayores, o los más que evidentes recortes y fallos en la disposición de ayudas a la dependencia. 

Reflexiono y me pregunto si no sería ya urgente que el Estado se arremangue y se ponga manos a la obra para establecer rígidas medidas de atención y protección para los adultos mayores, como se hace con “Los Menas”, fijando rutas de atención inmediatas con políticas, estrategias, programas o acciones que les garanticen seguridad, protección y un final de vida digno, no abocado al desamparo y al riesgo, exigiendo obligaciones familiares, nombrando tutores o cuidadores responsables que se preocupen de estas personas y penalizar a quienes incumplan, los maltraten o abandonen. 

“Morir solo y abandonado sin nadie de quién despedirse, es peor que la propia muerte”.