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POR LUIS HEREDIA, abogado y escritor

A sus ochenta años no era nada para ella cargar con su hijo de veinticinco a su espalda. Su parálisis cerebral no le iba a evitar salir de su humilde casa para llegar hasta su rehabilitación. ¿Qué era necesario hacer? Pues lo haría.

No importaban las escaleras que había que bajar cargándolo sobre sus hombros, ni su edad, ni los tres transportes públicos que la habrían de llevar hasta el hospital con él, su hijo.

Ella siempre sonreía.

También lo hacía aquella otra al abrir la nevera y ver que no había nada para desayunar. Un día más, sus tres hijos pequeños deberían de acudir al colegio con sus estómagos vacíos donde les darían de comer.

Se tiraría a la calle en busca de trabajo, sin importar las horas que se hubieran de echar. Al llegar a casa tendrían la nevera llena.

Y ella también siempre sonreía.

Cuando nació sin brazos los médicos bajaron la cabeza en señal de duelo. Ella la alzó buscando la de su mamá y se dijo asímisma, aún siendo una bebé, que la cabeza la bajan los que se dan por vencidas. Con un pincel en la boca dibujó paisajes de luz, rostros llenos de sonrisas, bosques repletos de árboles que se abrazaban entre sí, y sus cuadros dieron la vuelta al mundo donde se admiró la belleza de la mujer que pintaba con sus propios labios. Cuando su historia llegó hasta el hospital que la vio nacer, los médicos decidieron no bajar jamás la cabeza ante niñas que venían al mundo con algún defecto físico. ¿Porque qué importaba lo físico si estaban repletas de una fuerza misteriosa?

La enfermedad no es el final. Después de que ellas superaran su cáncer de mama hicieron una pequeña excursión. ¿Qué es el Kilimanjaro para quienes hemos vivido atadas a la quimio? Y lo alcanzaron. 

Ya en la cima gritaron que el feminismo son ellas.

Dejó de comer hasta que su cuerpo pesó solo treinta kilos. Y lo hacía porque la trataban de forma direrente en su casa con respecto a sus hermanos. Un día se dio cuenta que ella tenía algo que la podría hacer diferente. Hoy ayuda a niñas que pasaron por su etapa y las conduce hasta ser iguales, porque lo son, a ellos.

Para bailar con la vida no hace falta realizar acciones grotescas. Nos basta con su lucha y ejemplo. Son ellas. Es su fuerza. Todos nacimos de mujer. ¿Quién no tiene ante sí ahora el rostro de su madre? 

Todo opresor, dominador o explotador debería de pararse un poco a pensar en cómo llegó hasta aquí.

¿Quién le dio el primer abrazo y beso?

¿Quién le sonrió en los peores momentos?

Cuando en tiempos lejanos en una maratón solo se permitía correr a los hombres, hubo alguien, parece ser que una mujer, que rompió las normas y se introdujo en la carrera. Intentaron echarla a empujones, arrastrándola incluso hacia la cuneta. Pero ella siguió corriendo, no pudieron pararla, y alzó su puño en señal de victoria  y gritó: ¡Somos iguales!

Y en las neuronas de muchos se incrustaron esas dos palabras. Porque así es.