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POR LUIS HEREDIA, abogado y escritor 

Y de corazón enorme en sus gentes sin rostro. ¡Qué bonita eres!

Cuentan las ancianas a la luz de la vela para que sus nietos lo sepan y transmitan que un día todo cambió.

Dicen a sus oídos con voz bajita que tuvo que pasar algo muy doloroso para que el pueblo se uniera, para que las abuelitas se hicieran a la mañana para hacer caldo y comidas calientes a los y las valientes que se iban a jugar el tipo por él. 

Narran y no paran con sus rostros llenos de arrugas que un pueblo, una ciudad y un país abrieron sus puertas sin importar nada y lloraron por las esquinas deseando lo mejor para un niño al que ni tan siquiera conocían. 

Dicen aunque ellas no entendían de tecnologías, que las gentes de ese amado país del sol  inundaron las redes de mensajes de amor y eso pocas veces se había visto en un lugar que solo cursaba al exterior imágenes de rupturas de comunidades y de políticos de camino al juzgado.

Lloraron los agentes del orden con cartas anónimas y los enanitos venidos de lejos lo hicieron en el fondo de su corazón mientras picaban la roca empujados por todos con el pensamiento. Lloran y lloran sus gentes como lo hicimos cuando al alba unos desalmados dejaron sin vida a un concejal también anónimo como ellos.

Cuentan las viejitas a sus nietos cómo ellos y ellas dejaron a sus familias,  los pedidos de sus empresas, sus trabajos, el sueño, el hambre y la sed y, ya de paso, a las horas del día por un solo fin, la solidaridad del amor en busca de un ángel oculto en el corazón de la montaña.

Cuentan las voces dulces de mis ancianitas que  mi España, la de  mis gentes sencillas, las que no salen en televisión ni en la prensa se dieron las manos, sacaron los dientes para moder la montaña y, por fin, todos caminaron juntos buscando una esperanza que sin en él quererlo nos transmitió.

Dicen ellas ajadas por los años que ya nada será igual, siempre habrá un día antes donde mi España la bella  transmitió lo que es, un país de gentes humildes pero inmensas de corazón, de personas que lloran detrás de un televisor esperando una noticia, de rostros que se juegan la vida y que nadie nunca antes había visto, solidaridad y amor en una cadena que no, nunca debería  romperse.

Cuando se duermen sus nietos les besan al oído antes de arroparlos porque tampoco ellas nunca habían visto nada igual, es mi España sencilla, la del pueblo anónimo que sufre, la de corazón inmenso que padeció y se emocionó, la que se tiró a la calle para decir que aquí están sus manos por él y, ya de paso, contar el cuento del alma que atesora mi España la bella.

VA POR VOSOTROS Y VOSOTRAS, ANÓNIMOS QUE HEMOS LLORADO DE CORAZÓN