OPINIÓN | Electrocardiograma 38 lpm

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POR MANUEL VIVAS, Escritor diletante

Todo comenzó en una de esas frías y extrañas camillas de quirófano que tanto impresionan a los pacientes menos acostumbrados a estos escenarios, pero que a veces, cuando incrédulo no tienes más remedio que tumbarte en una de ellas siguiendo las indicaciones médicas, resultan hasta confortables y tranquilizadoras porque, una vez rendido a la realidad, sabes que dejas por un tiempo tu cuerpo y tu salud en manos de profesionales sanitarios que realizarán su labor con total entrega y sabiduría para conseguir los mejores tratamientos y resultados que más beneficiosos sean para tu salud.  

Se trataba de una prueba diagnóstica preventiva y, allí, en aquella camilla de la Unidad de Endoscopia Digestiva  me vi tumbado tranquilamente a pesar de que la sala impresionaba bastante con todo su instrumental y aparataje (videoprocesadoras, colonoscopios, monitores, equipos de insuflación de oxígeno, etc.), además del amplio equipo médico-sanitario, por cierto, todo femenino y con edades muy jóvenes, que metódicamente y con agrado llevaban a cabo su trabajo; denotando sabiduría, vocación y compromiso  por ejercer muy bien su profesión. 

Fue entonces cuando la doctora anestesista advirtió a la doctora de digestivo que mi ritmo cardiaco marcaba 38 latidos por minuto; un latir del corazón muy por debajo de lo habitual, si tenemos en cuenta que la frecuencia cardiaca normal de un adulto en reposo es entre 60 y 100 latidos por minuto (lpm). No fue esto obstáculo para la práctica de la prueba diagnóstica, aunque sí, me advirtieron, que para evitar cualquier riesgo sería mínima la dosis de anestesia que aplicarían para que el organismo no alcanzara un máximo nivel de reposo y la frecuencia cardiaca no decreciera aún más. 

Por suerte los resultados obtenidos una vez finalizado todo el proceso fueron favorables, aunque la médico especialista consignó en su informe de valoración y alta la siguiente observación: “Frecuencia cardiaca previa a la intervención 38 lpm, asintomática. Recomendamos Electrocardiograma”.  

He de reconocer que desde ese momento no paré de darle vueltas a la cabeza, consulté en internet el tema de la “bradicardia” y todos los síntomas me parecía que los estaba sufriendo directamente. Creo que entré en estado de ansiedad y, para más inquietud, la cita previa con mí médico de familia al objeto de entregarle los informes médicos, se alargaba a cinco días después. La preocupación me superó y me anticipé acudiendo a urgencias de mi Centro de Salud. Conté al facultativo todo el proceso seguido con anterioridad, la observación del informe para hacerme un electrocardiograma y la sensación que tenía de presión en el pecho, ahogo (…). Me tomaron la tensión, me auscultaron y me realizaron el electrocardiograma, resultando más de lo mismo: “38 latidos por minuto”.

De inmediato me vi subido en una ambulancia y derivado a urgencias del Hospital Médico Quirúrgico, donde nuevamente todo fue rapidez, profesionalidad y medios técnicos para evaluar mi estado. Después de diferentes pruebas de electrocardiogramas, rayos x, análisis de sangre, nivel de oxígeno, tensión arterial, etc., pasé la noche monitorizado y en observación del Hospital de Día. Posteriormente los especialistas en cardiología, salvo la consabida frecuencia del ritmo cardiaco lento, no se detectó ninguna anormalidad en mi corazón y estado físico general, atribuyéndolo a algo congénito y natural en el funcionamiento de mi organismo y con toda seguridad a la actividad deportiva que desde la niñez he venido realizando con cierta asiduidad.   

Después y algo más tranquilo he podido conocer, que algunos expertos atletas pueden experimentar un descenso de su frecuencia cardiaca en reposo inferior a 60 latidos por minuto. Por ejemplo, Miguel Indurain y sin pretender ponerme a su altura, tenía durante su etapa deportiva 36-38 pulsaciones por minuto en reposo.    

He necesitado hacer pública esta experiencia personal, porqué, si bien es cierto que el asunto no ha presentado mayor importancia, pudo haber tenido su gravedad y estoy convencido de que en todo el proceso estuve  – como tantos otros miles de pacientes-  en manos de grandes profesionales (médicos, enfermeros, auxiliares y demás personal sanitario) que conforman nuestro Servicio Andaluz de Salud, que diariamente centran sus conocimientos y esfuerzos en atender y salvar vidas humanas.

Ahora, cuando con más asiduidad oímos hablar de recortes y privatizaciones en la sanidad pública andaluza, desvío de dinero, plantillas escasas y precarias (…) como consecuencia de una mala gestión y decisiones políticas inadecuadas. Ahora, cuando con más frecuencia los profesionales sanitarios no son debidamente considerados y respetados por esa “parva de usuarios despreciables” que los insultan o agreden en las consultas de hospitales; me veo obligado a hacer un humilde llamamiento a la valoración y defensa ciudadana de la sanidad pública española y de todos aquellos sacrificados profesionales que la integran, que tan altas cotas de eficiencia y excelencia en la atención sanitaria han logrado para nuestro país y especialmente en nuestra comunidad autónoma andaluza, para que nunca perdamos el nivel de protección y la calidad asistencial que ahora disfrutamos. A todos los profesionales sanitarios nuestra gratitud y reconocimiento a su magnifica labor.