Publicidad

En marzo de 2011 comenzó la pesadilla para la población de Siria, cuando estallaba la guerra en un país entonces próspero. El futuro cambió de forma tan instantánea como los segundos que tardan en caer una bomba racimo sobre el terreno para destruir todo a su paso. Desde ese momento, hordas interminables de refugiados sirios se juegan la vida a través del mar para llegar a tierra firme y comenzar de cero.

Dolor, desesperanza y paisajes violentos. Es todo lo que les queda a la población siria en caso de decidir quedarse en su tierra para encontrar, de seguro, la muerte allí. De ahí que la opción más válida, aunque también la más arriesgada, sea tratar de poner sus vidas a salvo embarcándose en un interminable viaje por mar en el que no todos consiguen llegar a su destino.

En 2015, el mundo entero se estremeció con la imagen del pequeño Aylan Kurdi yaciente en la orilla de una playa turca. Pero, desde entonces, según datos de la ONU, el conflicto sirio cercena la vida de dos niños cada día. Tan sólo en 2018 la cifra de menores asesinados por motivos de guerra supera el millar.

CC0 Creative Commons

Una esperanza en la ayuda humanitaria

La enfermedad y la inanición se abren paso cada día en la nueva rutina infernal siria que continúa latente casi ocho años después. De ahí la necesidad urgente de dotarles de vacunas, agua y comida, pues suponen la ayuda humanitaria que verdaderamente necesitan para conseguir un futuro mejor, en el que la vida se abre paso entre la catástrofe bélica y humana.

Según los últimos cálculos, más de trece millones de personas en Siria y países vecinos necesitan estas ayudas, a lo que se suman más de dos millones de niños refugiados en zonas de Turquía, Egipto, Líbano, Irak o Jordania. Las historias narradas por los supervivientes rozan el esperpento, la pena y la rabia. Ejemplos vivientes de lo que nunca tendría que haber sucedido y que, sin embargo, nadie sabría predecir su final.

CC0 Creative Commons

Un crudo invierno para los refugiados sirios

La bajada de temperaturas propia de estos meses de invierno se hace aún más latentes ante las dificultades diarias de los refugiados sirios. Comer, vestirse, ver a amigos o tomar una buena taza de té son todavía sueños inalcanzables para muchos de ellos. Los derechos humanos de los que debe gozar toda la humanidad quedan a la espera de que el conflicto acabe y de que las ayudas que hasta ellos llegan se vayan incrementando para paliar las desavenencias propias de un crudo invierno.

La vulnerabilidad se acrecienta ante esta situación, en la que es difícil elegir entre comer o protegerse del frío, a causa de la subida del precio de los productos básicos. En tu mano está colaborar para que en el oscuro túnel de su presente se vislumbre una luz que indique que su futuro sí existe y está cerca, aunque seguramente, todavía muy lejos de la tierra que les vio nacer y a la que amaban justo antes de que la primera bomba terminara con todos sus sueños.