OPINIÓN | “Ritual de la muerte”

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POR MANUEL VIVAS, escritor diletante 

Estamos ante la festividades de todos los Santos y de todos los Fieles Difuntos;  reflexiono y me atrevo a opinar sobre como el ritual de la muerte y de aquellos funerales tradicionales a los que estuvimos acostumbrados, han ido cambiando en los últimos cincuenta años, especialmente durante el recién iniciado siglo XXI.

Todos sabemos que el ser humano es la única especie viviente que entierra a sus difuntos desde la época de los primeros pobladores del neandertal, haciéndolo con el paso del tiempo al modo de sus propios ritos y creencias religiosas, pero casi siempre, la muerte ha constituido la cara oculta de nuestra existencia que tanto nos cuesta reconocer.

Quedan atrás los recuerdos en los que la muerte se entendía como un acontecimiento trágico, más doloroso si cabe para los familiares y allegados, que para el propio fallecido que pasa a mejor vida y no se entera de nada.  Era tabú para el común de las gentes y casi nadie se atrevía a hablar con naturalidad de muerte ni de funerales, aun sabiendo todos, como dice nuestro paisano poeta Joaquín Sabina, “que más antes que después hemos de enfrentarnos a tan delicado momento” . La muerte tenía componentes muy definidos en su ritual tradicional: el trance, la preparación del cadáver, el velatorio, el entierro, guardar el duelo y el luto riguroso, las misas de difuntos, hacer visitas y llevar flores al cementerio, etc. Todo un arraigado ritual en el que participaban muy directamente los familiares, vecinos y allegados del muerto, dentro de un halo de recogimiento y duelo dentro de unas costumbres   -a mi modesto entender-  socialmente muy exigentes y funestas que afortunadamente han ido cambiando.

Por lo general, antes se morían las personas en su propia casa; familiares y vecinos preparaban y amortajaban al cadáver; se exponía de cuerpo presente en su propia habitación y cama bien vestida a modo de catafalco, alumbrada con velas,  perfumada con flores e inciensos; se velaba el cadáver durante dos días con la concurrencia de familiares, amistades y hasta vecinas “plañideras”  para llorar y ensalzar las virtudes del finado, reunidos todos en la casa o en la puerta de la calle como claro signo de que se había producido un fallecimiento. Los familiares del difunto se vestían de luto durante largo tiempo, desaparecía la sonrisa de sus rostros y la participación de dolientes en cualquier otro acontecimiento, que no fuera ir al trabajo, no estaba socialmente bien visto; se dejaba de escuchar la radio o de ver la televisión; las mujeres evitaban salir de casa y apenas se dejaban ver, siendo el llanto, el rezo y la asistencia a misa su desahogo habitual; el féretro después del velatorio era llevado a hombros y en comitiva desde la casa hasta la iglesia y desde la iglesia al cementerio donde se le daba el “último adiós” antes de ser enterrado, sin olvidarse los familiares de ornamental la tumba y visitarla prácticamente a diario.

Como digo, aquellos funerales de otra época han ido paulatinamente desapareciendo y con ellos unas imágenes y detalles costumbristas, que fueron norma social en una España con una mentalidad eminentemente rural y culturalmente atávica, dentro de un territorio y vida socio-política que presentaba más sombras que luces.

Ahora las personas se mueren en los hospitales o en las residencias de mayores; son trasladadas rápidamente en coches fúnebres hasta los tanatorios y cementerios; las aseguradoras de decesos se ocupan de realizar todos los procedimientos inherentes al funeral. Cada vez  son más los que dejan de lado los dos días de velatorio, la ceremonia religiosa y el entierro del cuerpo, optando por la cremación que es menos costosa y tiene menor impacto emocional y sobre el planeta; un hito éste de la cremación sumamente importante que viene marcando un cambio enorme en las tradiciones funerarias. También socialmente se reconoce mejor que la persona a muerto y que es algo natural, por lo que el ritual, aún sintiendo el lógico dolor y respeto, ha pasado a tener connotaciones distintas. Ahora la pérdida de un ser querido y el cumplimiento de su última voluntad se expresan de otra manera: sin llantos desconsolados, sin lutos prolongados, sin tantos velatorios y sufrimientos añadidos, pocos entierros y más cremaciones, con sonrisas de esperanza en un descanso eterno, ágape  y alegres recuerdos después de esparcir las cenizas del ser querido.

Tengo la convicción de que en algún momento no muy lejano, los cementerios dejarán de existir por la falta de enterramientos y por el elevado coste que supondrá el mantenimiento de sus servicios. Soy de los que opinan que el respeto a los muertos y a su eterno descanso debe prevalecer por encima de todo y, aunque los tiempos y los rituales de la muerte estén cambiando inexorablemente, debemos esforzarnos en preservar los viejos cementerios como santuarios y parte de la historia cultural y religiosidad del pueblo, evitando que caigan en el “abandono y la ruina” por la desidia institucional, como ocurre con nuestro viejo Cementerio de San Eufrasio (siglo XIX), en el Camino de las Cruces. Un auténtico y rico monumento de la cultura funeraria, con grandes elementos artísticos de religiosidad y sentimiento popular en peligro de extinción, en el que descansan personajes célebres y gestes anónimas de otros tiempos que contribuyeron a forjar gran parte de la historia de Jaén.