OPINIÓN | “Hijos del recuerdo aprendido a los cincuenta”

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POR LUIS HEREDIA, abogado y escritor 

Si tu tablet fueron unos cuadrados pintados a tizas en el suelo empedrado de la calle, si tus videojuegos eran chapas de cerveza, fanta o cocacola con las iniciales de nuestros futbolistas favoritos a las que golpeabas con los dedos, y la  carretera llena de baches con cuatro piedras eran tus campos de futbol,  si además fuiste a la E.G.B, pasabas largas veladas en la calle jugando al bote, a la una mi mula, y, fuiste reprendido varias veces con palmetazos en la palma de la mano o con tirones de las patillas hacia arriba por el profe al que no le habías contestado bien a lo preguntado sobre el tema de naturales o sociales, si creciste con series de dibujos donde una niña vivía en las montañas con su abuelo rodeada de cabras y otro chico hacía lo imposible por encontrar a su madre, entonces, amigo, amiga, eres hija o hijo del recuerdo aprendido a los cincuenta.

Y a esa edad aprendes que a tu lado, delante, o detrás, hay alguien al que no ves que en un momento dado te dice: vamos, todo ha terminado. Y te tienes que marchar de aquí.

Y sabes también muy bien con esos años que ya no te da nada mandar a la mierda a alguien o decir lo que sientes en un momento dado, porque la edad te ha enseñado que nada más merece la pena que vivir junto a los tuyos.

Y conoces, a esa edad, cuando has visto ya a muchos partir antes que tú, que allá en la caja te vas como viniste, sin nada.

Y, aprendes a amar mejor, a disfrutar de los amigos, a sentir sensaciones con cosas tan simples como una sonrisa o un abrazo de los más cercanos, una simple llamada.

Y a esta edad, cuando dejamos atrás esas pizarras que era el suelo donde dibujábamos corazones con el nombre del primer amor, a esos amigos del alma que crecieron junto a ti, esos recuerdos de bicicletas imposibles, carromatos inversosímiles y voces llamando al amigo o amiga desde abajo de la calle para que bajara a jugar contigo, a esa edad, digo, aprecias más que nunca que esto se acaba en cualquier momento y, muchas veces no da tiempo a despedida alguna, no les da tiempo a despedirse.

Marco encontró a su madre y Heidi era tan feliz allá en las montañas como nosotros, a los cincuenta, deberíamos serlo. No es necesario tener, ni ser, basta con saber que ahora, dentro de un rato, y lo sabemos, nos marchamos sin avisar, sin decir adiós. Por eso, cincuentón, cincuentona, abraza y besa por si el invisible que está a nuestro lado dice que hasta aquí hemos llegado. Y no te va a esperar ni un solo segundo para besar o decir algo tan simple como un te quiero. 

A los cincuenta aprendí y os quiero transmitir, que la vida se rompe en un instante, que nada de lo que tenemos y no disfrutamos lo vamos a poder llevar con nosotros a donde quiera que vayamos, y que los que partieron antes que nosotros, ya no vamos a poder volver a abrazarlos. Por eso, solo por eso: ¡VIVE!