OPINIÓN | “Los Miserables”

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POR MANUEL VIVAS MUÑOZ, escritor diletante

Cuando en muchas ocasiones con tristeza lees en los periódico, ves en la televisión o escuchas en la radio aquello de que continúan echándose al peligroso mar o a caminos inciertos centenares de personas huyendo de las guerras, la opresión, la necesidad y el hambre, para tratar de salvar sus vidas en sus países de origen, a riesgo de perderla muchas veces en el intento; cuando conoces que la violencia del hombre sobre la mujer sigue instaurada en muchas sociedades, fulminando la dignidad moral e integridad física de las mujeres con su sometimiento a leyes, creencias o ritos inhumanos, explotación en el ámbito familiar, laboral y sexual o arrebatándoles la vida como resultado último del dominio machista; cuando hay niños abandonados malviviendo en las calles sin acceso a la educación, que pasan sed y hambre, que se les explota con duros trabajos o reclutamientos en ejércitos y bandas criminales (…), en definitiva, cuando persiste en el mundo una gran injusticia social, cultural y política de la que el ser humano es su principal causante y víctima al mismo tiempo; me viene siempre a la memoria aquella extraordinaria novela del escritos Víctor Hugo “Los Miserables” publicada en 1862 y considerada una de las obras clásicas más importantes del siglo XIX que todos deberíamos leer alguna vez.  

Recuerdo aquellas frases con las que, a modo de prólogo, pero también de  sentencia humanista y romántica de lo que debe significar el bien sobre el mal, lo justo ante lo injusto y la ética de las personas contra la ignorancia y la miseria, comienza el escritor Víctor Hugo su magistral novela:  “MIENTRAS QUE EXISTA, A CONSECUENCIA DE LAS LEYES Y LAS COSTUMBRES, UNA CONDENACIÓN SOCIAL, CREANDO ARTIFICIALMENTE, EN PLENA CIVILIZACIÓN, INFIERNOS, Y COMPLICANDO CON UNA HUMANA FATALIDAD EL DESTINO, QUE ES DIVINO; MIENTRAS QUE LOS TRES PROBLEMAS DEL SIGLO: LA DEGRADACIÓN DEL HOMBRE POR EL PROLETARIADO, LA DECADENCIA DE LA MUJER PROVOCADA POR EL HAMBRE, LA ATROFIA DEL NIÑO CREADA POR LA  IGNORACIA , NO SEAN RESUELTOS; MIENTRAS QUE EN CIERTOS LUGARES SEA POSIBLE LA ASFIXIA SOCIAL; MIENTRAS DICHO CON OTRAS PALABRAS, HAYA SOBRE LA TIERRA IGNORANCIA, LIBROS COMO EL PRESENTE NO SERÁN INÚTILES” .

Me pondría en el papel del personaje principal de la novela, Jean Valjean, y como él, haría humanamente todo lo posible por que no hubiera opresiones e injusticias que hicieran perder al ser humano su identidad, su dignidad y sus derechos dentro de una sociedad justa en todos sus estamentos, sea cual sea el lugar en el que viva; me pondría siempre del lado de los más débiles, indefensos y oprimidos, de los que sufren la crueldad y la tiranía del poder. Por supuesto, sin lugar a dudas, siempre apostaría por el amor antes que por el desamor, por la justicia antes que la injusticia y por el perdón antes que por el rencor y el odio o la pena de muerte.

Han pasado ya 156 años desde aquel 1862 en que viera la luz la novela “Los Miserables” , y aún hoy en pleno siglo XXI, esta maravillosa novela refleja muchas realidades “miserables” que persiguen como inevitable destino fatal a muchos seres a los que la vida se les ha complicado, a veces por el sólo hecho de nacer y vivir en un determinado lugar. Como dijo el protagonista y narrador de la novela, Jean Valjean a su hija adoptiva Cosstte en su angustiosa despedida: “El mundo no es un lugar demasiado seguro…”.  Deberíamos preguntarnos si el contenido y significado de esta novela tiene aún vigencia en nuestros días. Desearía con todas mis ganas que algún día no muy lejano, esta obra sólo fuera útil en cuanto al aprendizaje de ética, valores y estilo literario, que no, como medio de crítica y denuncia a las numerosas injusticias que en esos lodos nauseabundos de la humanidad aún hoy se producen en el mundo. Termino reflexionando: “…mientras haya en la tierra ignorancia y miseria, libros como este de  Los Miserables,  podrán ser muy útiles”.   

Agradezco infinitamente a mi buen amigo Antonio Moral, de la tienda de almoneda “Enclave” en la vieja calle Espartería, que uno de aquellos días de agradable conversación entre los parroquianos polímatas que a diario pasan por su local, me hablara con su genialidad del espíritu benefactor de esta novela y me regalara un antiguo ejemplar que guardaba en su “almacén de notables libros olvidados”, que tanto valoro y cuya lectura tanto me ha enseñado.