OPINIÓN | El legado íbero de Jaén

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POR Diego Merino del Valle @dimerinus

Habitamos una región que atesora un rico patrimonio histórico. Antes que nosotros, gentes y sociedades antiguas ya percibieron la riqueza de esta tierra, se asentaron en ella y dejaron su rastro en numerosos enclaves de nuestra provincia. Entre el siglo VII y el I antes de Cristo (Edad del Hierro) una serie de grupos étnicos, que habían ido evolucionando social, cultural y tecnológicamente desde el Neolítico, poblaron la cuenca del Alto Guadalquivir, trabajaron estas campiñas, pastaron estas dehesas, explotaron nuestras ricas minas de plomo y plata, y construyeron oratorios, necrópolis y cámaras funerarias en Jaén. Fueron llamados íberos.

Muchos de los vestigios arqueológicos de esta época en nuestra provincia se encuentran entre los más importantes del país. No podemos darles cabida a todos en este artículo, pero sí convendría señalar al menos los más destacados. A cinco kilómetros de Linares tenemos las ruinas de la antigua capital de Oretania: Cástulo. Cerca de la pequeña Peal de Becerro se pueden admirar las magníficas tumbas principescas de Toya y Hornos. Bajo la cornisa rocosa donde se alza Castellar, con un emplazamiento único para observar la práctica totalidad del Condado, se localiza el Santuario de la Cueva de la Lobera. En Ibros aún permanecen los vestigios de su ciclópea muralla, que ha llegado a nuestros días integrada en un caserío. Otra importante ciudad fortificada se construyó en la colina de Giribaile, en Vilches, asociada a la confluencia de los ríos Guadalimar y Guadalén. Si hablamos de necrópolis, caben destacar las de Cerrillo Blanco en Porcuna, y Bruñel en Quesada. Y, finalmente, en la capital conservamos los restos del trazado urbano y la muralla del oppidum Puente Tablas. 

Es preocupante que, pese a la valía e importancia de estos enclaves arqueológicos, muchos jiennenses no sepan de su existencia, y algunos de los que los conocen no los hayan visitado todavía. Por este motivo se hace necesario que las instituciones públicas, depositarias de las competencias para velar por nuestro rico patrimonio histórico, redefinan sus planes de desarrollo cultural e incrementen los recursos económicos, humanos y tecnológicos para su puesta en valor. Además, tienen asimismo pendiente la tarea de hacer visible a la ciudadanía el destino de gran parte de sus impuestos dedicados a la conservación del patrimonio histórico. Es hora de desenterrar nuestro legado íbero y hacerlo accesible.

A través de campañas anuales de prospección y excavación, en colaboración con universidades, asociaciones y entidades culturales, se podrían ir aportando nuevos datos a los estudios históricos, y abriendo el camino a nuevas hipótesis interpretativas. La Arqueología carece de sentido si no se apuesta por el trabajo de campo. Pero esta tarea se antoja ardua sin la estrecha colaboración de todas las partes interesadas. Acuerdos entre facultades, ayuntamientos y fundaciones podrían facilitar atracción del talento académico a nuestra provincia. Muchos estudiantes, que actualmente preparan su trabajo fin de Grado o de Máster, o que realizan su doctorado en Historia, Arqueología o Antropología, estarían más que dispuestos a colaborar en campañas de investigación arqueológica en suelo íbero. La apuesta de los distintos agentes sociales por la investigación arqueológica y la repercusión de ésta en el desarrollo de la provincia podría colocar a Jaén a la cabeza del turismo cultural sostenible. Y, con ello, saldríamos ganando todos.