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“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS I Y II)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS III Y IV)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS V Y VI)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS VII Y VIII)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS IX Y X)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS XI Y XII) 

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS XIII Y XIV)

¨LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS XV Y XVI)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS XVII Y XVIII)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS XIX Y XX)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS XXI Y XXII)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS XXIII Y XXIV)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS XXV Y XXVI)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS XXVII Y XXVIII)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS XXIX Y XXX)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS XXXI Y XXXII)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS XXXIII y XXXIV)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS XXXV Y XXXVI)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS XXXVII Y XXXVIII)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS XXXVII Y XXXVIII)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS IXL y XL)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS XLI y XLII) 

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ», (CAPÍTULOS XLIII y XLIV)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS XLV y XLVI)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS XLVII y XLVIII)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS XIXL y L)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS LI y LII)

 

CINCUENTA Y TRES

CAMPO DE REFUGIADOS EN LA PROVINCIA TURCA DE HATAY

Mustafá entendió al ver aquella multitud de personas en tiendas de campaña agolpadas las unas con las otras que el averno existía. Estaba allí. Caminaba junto al rata después de haber conseguido llegar hasta el lugar por entre los desechos de ropas, cartones y mierdas que se extendían entre las tiendas de campaña. Unas alambradas cercaban el lugar y numerosos guardias vigilaban a lo que parecía ganado. Porque aquellos seres humanos que habían huido de la muerte que asolaba su país, su ciudad, su pueblo, sus calles, para buscar otro tipo de muerte más silenciosa, parecían ganado dentro de un gigantesco establo. Muchos niños miraban asombrados a los guardias. Algunos padres intentaban demandar comida para ellos, algo con lo que alimentar a la numerosa chiquillada que allí se aglutinaba muchos de los niños y niñas huérfanos de padre y madre. Pero sus súplicas caían en saco roto. Abdel vio a un niño de apenas cinco años solo, llorando junto a numerosos adultos que esperaban una solución  a su desesperada situación. Entonces se acercó hasta él. Se agachó y señaló a la policía a los que el niño, con churretes en la cara y ropa insuficiente para protegerle del frío, dirigía su llanto.

-¿Cómo te llamas?

El niño no respondía.

-Ummm. Sabes, adivinaré tu nombre…

Pareció pensar. Entonces gritó.

-Ahmad, te llamas Ahmad –el niño le miró preguntándose cómo lo habría adivinado. Le hubiera sido fácil si supiera leer, pero con seguridad la guerra le privó de la educación. Su nombre aparecía escrito con tinta imborrable en su mano derecha. Al lado ponían el lugar de dónde venía. Era una forma de identificarlos y de responder a cualquier pregunta que por parte de adultos se formulara sobre ellos. Muchos se perdían en el camino y otros eran pasto de las mafias. Ahmad venía de Homs y, como tantos otros niños de su  edad, tenía la vista perdida. Buscaba a alguien que no encontraba y que, posiblemente, ya no estuviera en esta vida.

-¿Sabes jugar al ratón y al gato? –le preguntó.

El niño no dejaba de llorar.

-Ellos –señaló a los guardias- serán el gato y, nosotros, el ratón. -Lo cogió y lo subió en hombros- Se acercó hasta los policías y les gritó: -Gatos, gatos, ¿a que no pilláis a este ratón que está subido encima de mí?

Por arte de magia, Mustafá observó cómo el niño dejó de llorar y pasó a mostrar una mueca parecida a una sonrisa en su rostro. Otra vez le sorprendía. Todavía resoplaba cuando se acordaba en la forma en que huyeron corriendo a través del campo minado en la noche de Madaya del asesino de Yuma. Luego les fue fácil camuflarse entre la población civil que salía de la ciudad cercada rodeando una gran montaña y, en autobuses, los trasladaron al campo de refugiados donde ahora se hallaban. Tuvo que correr detrás de aquella maldita rata y, el destino o Alá, impidió que no pusieran sus pies en una mina para salir volando. Los silbidos de las balas del hombre que les seguía pasaban cerca de sus oídos, pero esta vez, una vez más, la fortuna estuvo de su parte. El cobarde no les siguió pues temía pisar una mina.

Corrió Abdel con él subido en hombros por toda la valla, chocando con algunas personas. Y el niño sonreía y sonreía. Los policías no le prestaban ninguna atención. Cuando se sintió cansado vio a una mujer con un velo negro ocultando su rostro que venía en su búsqueda. El niño descendió de sus hombros y se posó en los brazos de la mujer de ojos húmedos y morados que no se dejaban ver.

-Tiene hambre –le dijo al rata.

Este asintió con la cabeza. Lo comprendía. Miró hacia el otro lado de la valla. Al lugar donde muchas personas estaban en la comodidad de su hogar sin entender lo que allí se vivía y que, como los policías, los miraban como gente extraña, ajena a su mundo, quizás desechos sobrantes en una sociedad en la que no cabían. Como si ellos fueran los culpables de una guerra que nadie supo parar.

-Juegue con él –le dijo- Yo lo hacía con mis hermanos y se aullentaba el hambre.

Sonrió al pequeño. Mustafá se acercó hasta él y los dos emprendieron el camino en busca de algo que llevar a la boca en un lugar donde encontrar comida podría ser algo tan parecido como hacer entrar en razón a los gobernantes de los países del otro lado de la valla sobre la necesidad de ayudar a aquellos seres humanos. Entonces se toparon con un grupo de niños formando círculo alrededor de un fuego. Todos tendrían entre seis y siete años y, para su sorpresa, todos tenían en su rostro marcada la tristeza de no comprender por qué se hallaban en aquella situación. Se acercó hasta ellos, se puso en el centro mientras Mustafá no dejaba de mirarle. El grupo lo compondrían unos diez niños. Apartó un poco las ascuas del fuego para llamar su atención y les dijo:

-Quiero contaros algo.

Los niños dirigieron su atención hacia él. Mustafá se acariciaba la perilla negra que le había crecido bajo su barbilla. No dejaba de asombrarse cuando le escuchó contarles…

EN EL CORAZON DEL MAR

Elín yacía tirado en el suelo de la barca totalmente empapado pero, su prima Abeke, en un intento inútil por protegerle, acompañaba a la gran ola camino del fondo del mar. A él también le hubiera gustado que la ola se lo hubiera tragado como hizo con su prima. Los gritos, las lágrimas, las palabras para que la ayudaran fueron inútiles. Nadie hizo nada. Ahora se encontraba empapado, aterido de frío, sin nadie que le abrazara en el fondo de la barca o en el fondo del infierno. Ya no tenía a nadie a su lado. Su madre desapareció cuando intentó buscar ayuda en el desierto. La hechicera le dijo que ella había sido la que consiguió que aquel camión con el soldado llegara hasta ellos para  que fueran arrancados del manto ardiente del Sáhara y puestos a salvo y que, por tanto, vivía. ¿Pero dónde estaba ahora? Y de  su padre poco o nada sabía. Lo vio un amanecer marchar con una mochila a su espalda después de besarlo en la frente en su lecho de paja y pedirle que cuidara de su madre y de su hermana. Si alguna vez volvía a verlo qué le contaría. Ya no supo nada más de él. Sus jóvenes e inmaduros pensamientos eran mecidos ahora por un mar en calma.  Era increíble cómo había aplacado su furia después de llevarse con él a su prima y a unas veinte personas más de las que viajaban a  bordo de aquella rudimentaria embarcación. Ahora todo era llanto entre los supervivientes, frío y hambre, mucha hambre. Todos en la barca guardaban un silencio capaz de cortarse con un trozo de papel. Deseaba dormirse y que al despertar todo aquello solo hubiera sido un mal sueño. Abeke, su prima Abeke ya no estaba. Vio como dos hombres cogían de las axilas y de las piernas a una mujer y la lanzaban al mar. Quizás hubiera muerto congelada o de pena al saber que la criatura que abrazaba en su regazo se la había tragado el gigante de agua salada. Con aquellos pensamientos se durmió. Cuando despertó sus labios estaban morados y su piel negra había dado paso a un color blanquecino. Tenía frío y sed. El sol empezaba a levantarse por el horizonte y el tiritaba haciendo sonar sus dientes en un castañeo constante al que acompañaba su llanto desconsolado. Observó a las demás personas, hombres, mujeres, algunos niños como él. Todos debían pensar lo mismo: ¿para qué salir de tu país si vas a encontrar de una u otra forma la muerte?. Sus pensamientos dieron paso a un miedo atroz cuando escuchó gritar al hombre del timón:

-Saltar, saltar, vamos a encallar.

Todos se levantaron de improviso de sus húmedos asientos de palos envejecidos mal dispuestos bajo sus pies y comenzaron a blincar por encima de las maderas de la barca astillada. Pero él no sabía nadar. La barca chocó contra unas rocas y Elin salió despedido. Todo fue rápido, muy rápido. Pronto se encontró debajo del agua intentando con sus brazos salir a la superficie. El agua empezó a entrar por su boca y la tragaba en gran cantidad. No podía respirar. Se iba hacia el fondo de forma inexorable. Su cuerpecito era incapaz de salir hasta la superficie. Otros como él daban brazadas intentando buscar el oxígeno pero los veía hundirse con sus bocas abiertas. Le pareció ver a su prima al fondo como llamándole para que fuese con ella. Se ahogaba, inexorablemente él, también, ese día iba a morir.

ARGELIA. PRISIÓN CIVIL

La mañana en que Alma debía de salir en libertad llegaron temprano las celadoras que debían de entregarle el mandamiento judicial en el que se determinaba que su condena había cumplido. La noche anterior, como fueron haciendo de forma sucesiva en los últimos meses, también intercambió con Nmachi el lugar que ocupaban en cada uno de los camastros que en forma de literas se disponían para dormir. La puerta se abrió y la voz grave de una de las mujeres que se situaron en la misma entrada habló con contundencia dando una orden.

-Alma, te vas.

Bajó de su litera Nmachi, convertida ahora en Alma. Su cuerpo esquelético y el pelo blanco hicieron que nadie comprendiera que quien debía de salir de allí, iba a ser una persona diferente a quien cumplió condena. Alma le explicó a Nmachi que le tomarían huellas en la cabina de salida para comprobar la identidad del preso o presa que se iba.

-¿Y qué haré? Me descubrirán, Alma –le dijo en la noche sentada junto a ella en el borde de su cama.

Alma sonrió.

-Las huellas te las tomará mi anterior compañera de celda. Ahora hace trabajos en esa zona de la prisión. Simplemente comprobará que no eres Alma.

-¿Y qué le diré?

-Le darás recuerdos míos. Ella sabe de mi decisión de morir aquí dentro.

Nmachi pensó que algo podía fallar en el último momento. Se abrazó a Alma antes de pasar la línea que separaba el interior del exterior de la celda.

-Recuerda, cara guapa hará el resto.

Nmachi sintió como su pena acongojaba su alma y apenas podía respirar. El miedo hacía el resto. Fue besada en su frente y en sus mejillas por Alma. Su corazón latía con fuerza cuando atravesó el largo pasillo que le conducía por vericuetos irreconocibles tras puertas de rejas que se abrían y cerraban hacia su libertad. En el último instante, cuando la presa le tomó las  huellas, la miró fijamente a los ojos y le dijo;

-Alma, finalmente no morirás en prisión.

Nmachi no contestó. Vio en los ojos de aquella mujer algo que ya vio en los de Alma: bondad y amor por el prójimo.

-¡O quizás sí! –le dijo mientras comprobaba cómo las huellas de la presa que debía de salir reflejadas en el ordenador que manejaba y de la propia mujer  a las que se las tomaba no coincidían.

Nmachi tragó saliva. Ninguna celadora hizo caso a las últimas palabras de la compañera de celda de Alma dirigidas a Nmachi.

-Que tu libertad no te conduzca más a este lugar –le dijo la jefa de aquellas carceleras –y entonces abrió la última puerta hacia su destino a un cuerpo esquelético, de pelo plateado y facciones huesudas, de ojos incrustados en unas cuencas rodeadas de pellejo negro.

Había desaparecido toda su belleza pero había encontrado la libertad de la mano de un ángel terrenal.

Nmachi se topó con el aire fresco de la mañana y los rezos que se escuchaban a través de altavoces dispuestos en diversas azoteas cuadradas y en sitios estratégicos para llegar a toda la ciudad. Sus pobladores empezaba a la levantarse y Nmachi a emprender lo que había soñado en prisión en los últimos meses: volver al Sáhara para dar sepultura a su hijo y sobrina bajo su manto arenoso. Antes debería de encontrar en la plaza principal de la ciudad al hijo de Alma, la mujer que había cambiado su vida por la suya. Jamás en esta existencia volvería a olvidar ni a ella, ni a su compañera de celda que miró hacia otro lado cuando comprobó cómo las huellas no coincidían con la persona que debería salir en libertad. Pensaría que si Alma había decidido aquello, su voluntad debía de cumplirse y por ello calló ante las demás. Sabía que cuando todo se descubriera habría reprimendas importantes, pero eso ya debía pasar a otro plano en sus pensamientos. Ahora Nmachi solo pensaba en él, en su hijo, en el hijo de Alma al que debía de encontrar para que la ayudara. Nmachi respiró hondo y gritó como una loca ante la mirada extraña de quién la escuchó a las puertas de la prisión civil de Argel:

-¡Lo que el viento nunca susurró, Alma!

CINCUENTA Y CUATRO

CAMPO DE REFUGIADOS EN LA PROVINCIA TURCA DE HATAY

Y el pequeño jovenzuelo, ante la mirada atenta del grupo de niños les contó aquello que esperaban…

“Y en el bosque, aquel mono era el hazmerreír de leones, hienas, osos y demás animales que le superaban en fuerza. Era objeto de todo tipo de burlas y –hizo una breve pausa para llamar la atención de todos y mordió con fuerza su muñeca- de mordiscos. El mono deambulaba solo por la selva, pues era muy diferente a los demás. Débil, feo, peludo y con unos morros sobresalientes –risas. Algunos niños comenzaron a sentarse alrededor del fuego al escuchar el cuento y escuchaban con atención. Mustafá estaba algo más alejado, algo indiferente y, quizás, entusiasmado- Se preguntaba por qué siempre los más fuertes se comían a los demás. Por qué él debía servir como plato en el almuerzo, cena o  desayuno de algún hambriento león. Nadie se acercaba a él por temor a que, como ya les había pasado a otros muchos, fueran devorados. Y así pasó sus días entre burlas, azotes y amenazas de ser engullido de un momento a otro. Cierto día, ocurrió algo que nadie esperaba. Hubo una batida en la selva y cazaron a sus mayores enemigos, el león, las hienas y un oso. Y los metieron en jaulas para sacarlos del lugar donde siempre habían habitado rodeados de los suyos para llevarlos a algún zoológico de Europa. En la jaula, todavía en la selva, en el campamento que los cazadores habían montado antes de partir, el león, las hienas y el oso se lamentaban de su suerte. Alguien más fuerte que ellos los conducía hacia un destino que no hubieran podido imaginar. El mono se sintió el animal más feliz de la selva. Sus mayores enemigos habían sido borrados de su entorno y ya nadie más le incordiaría, nadie más le haría daño y, posiblemente, viviera para ser un viejecito en una selva sola para él. Pero pronto pasó su felicidad pues su conciencia le habló: ¿Y qué harás tú solo en la selva? Ellos son tus enemigos, los que te hacen la vida imposible pero, ¿qué harás solo? Mañana vendrán otros peligros diferentes a los que ya tenías y quizás no existan nuevos cazadores que pongan fin a tu temor. Así que el mono trazó un plan para salvar de las garras de los humanos, el mayor enemigo de los animales –hizo una pausa- y del hombre, para salvar a las fieras atrapadas. Fue durante la noche cuando se adentró en el poblado de cazadores aprovechando el color negro de su pelo mientras la mayor parte de los cazadores conciliaba un reparador sueño después de un día de caza y, una a una, se fue acercando hasta las jaulas.

-Hola león.

-Ho…la, mo…no –tartamudeó- ¿Vienes a reírte de mí?

El mono se quedó pensativo, mirándolo.

-No. Vengo a ayudarte.

Mustafá se acercaba temeroso y con sigilo hasta el lugar donde narraba el cuento.

-Pe…ro, si me sueltas te comeré –dijo el león ante la mirada atenta del oso y de las hienas, que se encontraban encerradas en otras jaulas cercanas. 

-Es un riesgo que debo correr. Así que te soltaré a ti, a las hienas y al oso. A veces es mejor correr riesgos en la vida que vivir en soledad.

El león pensó las palabras del mono. Antes de que se diera cuenta abrió los cerrojos de cada una de las jaulas. Cuando llegó a la del león lo vio abatido y triste. Al tocar su cerrojo éste le volvió a decir:

-Si abres la jaula escaparé y algún día te comeré. Quizás no esta noche, pero probablemente sí mañana.

El mono le miró a los ojos y le dijo:

-Vosotros y el hombre terminasteis con toda mi familia y ya no tengo a  nadie. No me importa que me comas.

Y entonces, abrió la jaula del león.

El silencio en la sala era estremecedor. Mustafá se había sentado algo más atrás pero escuchaba con mucha atención

Los días siguientes en la selva, el mono se adentró en el grupo  de leones, osos y hienas y convivió con la nueva familia que el destino le había obligado a tener. Entre todos ellos debían ayudarse para sobrevivir  mejor. Todos tenían una historia terrible que contar a manos de los cazadores. Todos ellos, sin excepción, habían sufrido los avatares de la pérdida de seres queridos a manos de aquellos hombres armados. Los leones dejaron de hostigar al mono al que ahora lo veían como uno más. Las hienas  le llevaban sobre sus lomos porque sabían que aquel ser débil les había salvado la vida y el oso anunció que, desde aquel día, el mono era su protegido y quien osara tocarlo tendría que vérselas con él. Y así, la selva se convirtió en un mundo mejor para quienes habían perdido  mucho  porque un ser débil salvó de una muerte segura a unos animales fuertes.

Los niños aplaudieron a su término. Mientras se marchaba escuchó a  algunos que decían que  querían ser como el mono. Otros imitaban al león o las risas de las hienas. En sus caras, sin embargo, se observaba algo que no había apreciado nadie en los días anteriores en aquel campo: ¡Una sonrisa! La rata había conseguido amansar corazones abatidos. ¿Les había devuelto parte de los sueños arrebatados por los ogros?

-Abdel Salâm –gritó su nombre Mustafá mientras caminaban alejándose del grupo.

El jovenzuelo alzó su mirada del suelo buscando la mirada de Mustafá, el oscuro, como le llamaba en los últimos días.

-¿Alguna vez te he dicho que eres el más grande?

CARABANCHEL. MADRID

Andaya miró a quien decía era su ángel de la guardia, esperando una respuesta a su pregunta de cómo había llegado hasta ella.

-Es una larga historia. La tomó por debajo de sus axilas  y la llevó hasta la base de un pino que no se hallaba lejos de allí. No obstante le costó un sobreesfuerzo importante. Había bebido antes de llegar hasta ella y no estaba en buenas condiciones.

-Preciso hacerte unas preguntas

Andaya se sorprendió.

-¿Cómo entras a la casa?

Parecía no querer contestar. “¿Qué sabía aquel hombre de todo aquello? La habían acompañado en el coche tres personas, lo sabía por el tono diferente de sus voces. ¿Dónde estaban los otros dos?” Cerró los ojos. Si decía algo a aquel desconocido tendría que dar con seguridad cuentas a la justicia por su acción. Por otra parte deseaba colaborar al máximo en la salvación de la pequeña María pero antes quería saber más sobre la identidad de su ángel de la guardia.

-Sé que fuiste una valiente intentando salvar a la pequeña. Busco a la niña y sé dónde está, dónde la tienen retenida. Pero no podré entrar si no me dices cómo es el código verbal o por sonidos que tenéis para acceder a la vivienda.

Andaya abrió levemente un ojo pues la luz aún le molestaba después de haberlos tenido tapados largo tiempo.  Pidió a Martínez que se acercara.

-Hay tres hom…bres –musitó- Y le extraerán los dos riñones. ¿La ayudarás?

-Te lo prometo. Pero creo que dos de los hombres ya no están en la casa –miró el cadáver del joven tendido cerca del coche- Y el otro ha servido de comida a los perros a los que tu cuerpo debía de alimentar durante un tiempo.

Andaya se quedó atónita. Sabía mucho aquel hombre de lo que se cocía al lado del mal al que ella había servido. Pronunció unas palabras que, tras escucharlas Martínez, supo rápidamente lo que debía de contestar.

-¿Por…qué he de fiarme de usted?

Martínez se acercó hasta su oído, como si alguien los fuera a escuchar o quisiera que sus palabras calaran hondo en su interlocutora. Andaya percibió el fuerte olor agrio que desprendía. Lo había olido en alguna ocasión en muchos de los jóvenes con los que compartía vivienda. Era un olor a alcohol podrido.

-Porque me he jugado la vida por ti. Si no entramos pronto a la vivienda, mañana aparecerá la pequeña en un saco de patatas a las afueras de Madrid –hizo una pequeña pausa-. ¿No deseas eso, verdad?

Andaya negó con la cabeza. Ya había visto así a uno de los niños y fue lo que finalmente desencadenó su lucha interior que la llevó a intentar proteger a la niña María

-Te llevaré hasta el lugar y te diré como entrar.

El inspector la ayudó a montarse en el vehículo y emprendieron con rapidez la marcha. “María debía de estar aun esperándolos”, deseó Martínez.

-¿Me dirás quién eres? –preguntó Andaya mirando a través de los cristales el cuerpo sin vida de uno de los jóvenes- Y no quiero por respuesta que eres mi ángel de la guardia –pareció tensar su rostro abotagado cuando le dijo aquello-.

Martínez miró al frente. Luego giró levemente la cabeza hacia ella.

-Soy una sombra muerta del pasado para esta sociedad y he vuelto para ajustar unas cuentas que dejé pendientes.

Andaya meditó con fuerza la respuesta que le había dado aquel extraño personaje que se había cruzado en su vida y que había conseguido apartarla de una muerte segura. Miró el abrigo viejo  manchado en rojo, sus canas a través del sombrero que cubría su cabeza y su rostro arrugado donde se podía apreciar una sombra muy diferente a la que él había hecho alusión: la sombra del dolor; ante todo miró y volvió a mirar su rostro. Era la imagen de un sufrimiento innato interior, algo que se veía solo con apreciar el color nublado de sus ojos. “Soy una sombra muerta del pasado para esta sociedad y he vuelto para ajustar unas cuentas que dejé pendientes” repitió mentalmente sus últimas palabras. Entonces comprendió la suerte que la vida le había deparado poniendo en su camino a esa sombra muerta del pasado fuese quien fuese.

Martínez miró a Andaya en el turismo que les conducía al lugar donde debía estar retenida por la organización la pequeña María. Así lo deseaba el inspector por dar una alegría enorme a Gloria y a su amigo Kevin. Esa familia desmembrada en uno de sus miembros por la desesperación a la que le había conducido el desastroso estado en el que se  encontraba España, sufrían sin consuelo alguno. Es imposible explicar el dolor fino que se instala en el interior de la personas ante la incertidumbre por el destino de uno de sus vástagos. Ahora él estaba a punto de llegar hasta el final. Así lo quería y así había obrado matando a seres a los que debía de haber puesto entre rejas. Como hacía cuando todo marchaba bien y era él un arma de la falsa sociedad. Pero eso ya había muerto y sus formas de actuar ahora, debían de ser muy diferentes a las que en su día adoptó. Así lo había querido.

-No podremos entrar, señor –la escuchó decir mirándole de forma directa.

Martínez observó los pelos blancos bajo su barbilla en el modo que los puede tener un chivo y la enorme papada que  le colgaba.

-¿Por qué?

-Solo se puede acceder al interior con llave desde fuera. No tenemos llave y, con seguridad, desde dentro habrán cerrado con los cerrojos que en la parte superior sujetan la puerta. Cuando me llamaban para decir que venían los debía de quitar. Entonces ellos entraban con sus llaves. Yo nunca tenía llave.

Martínez asintió.

-Aun así debemos conocer si está aún allí la niña. Si se han marchado, que es lo más probable, esos pestillos no estarán echados.

Andaya asintió con la cabeza observando como la carretera les abría el camino hacia la posible salvación de una niña a la que había tomado un cariño especial.

MADRID

Sarah cumplió lo que prometió a su madre en su lecho de muerte y viajó a España con su sombra. Allí convivió con su tío, el hermano de  su padre, la persona que sin saberlo ella también había ocupado gran parte del corazón de su progenitora y lo hizo en el norte del país. Sin embargo pocas posibilidades de trabajo obtuvo  y algo la hizo huir de donde compartía estancia con él, y no fue precisamente el que sus papeles no estuvieran en regla y la policía estuviera detrás de los inmigrantes ilegales. Era esa sombra que la perseguía allá donde fuera y que la siguió desde Ohio hasta España. No daba un paso sin ser observada, seguida y, en ocasiones, hasta acosada. Una noche puso tierra de por medio y sin despedirse de su tío viajó hasta Madrid escondida en un camión de frutas. Allí encontraría la forma de  ganarse la vida. Sin embargo en esa ciudad gastó el poco dinero que le quedaba en una pensión envejecida, pagando por una habitación que no tenía baño ni ventanas, ni tan siquiera en muchas ocasiones luz artificial. Pensó si su decisión de dejar Ohio y la seguridad de su Comunidad fue lo mejor pero cumplió con el deseo de su madre de salir de aquella sociedad cerrada al exterior y conocer otros aspectos de la vida. Pasaron los meses y comenzó a deber dinero a la dueña de la pensión. A cambio de permanecer allí tuvo que trabajar en su limpieza y mantenimiento. Desesperada, una de las noches que salió para conocer la ciudad del mal, como le dijo su hermana un anochecer de luna llena antes de partir, conoció precisamente  al mal del que ya le avisaran. Y en aquella noche en ese local al que acudió desesperada para pedir trabajo y poder retomar una vida digna, observó nuevamente a su sombra moviéndose entre los rincones del pub. Consiguió trabajo en él. Su cara dulce atraía a los hombres que solo deseaban hablar y tomar una copa al abrigo de su soledad. Ese pub también era nido de prostitución y todo lo tramitaba un nigeriano al que nunca vio y del que le hablaron: Azgba.

-Tenemos un trabajo para ti –le dijo un día el encargado del local- He hablado a Azgba y creemos que eres la chica perfecta.

Sarah no sabía a qué se refería pero a esas alturas ya todo le daba igual. Era curioso cómo en poco tiempo había perdido a su padre, a su madre, había descubierto los secretos que ambos guardaban, se había alejado de su comunidad después de conocer que el único hombre que abrió su corazón y del que aún guardaba su regalo, aquel móvil destrozado que ella misma reparó, era el mismo diablo en la tierra. Trabajaría en lo que fuera con tal de dejar aquella mala pensión. Aceptaría lo que le propusieran menos vender su cuerpo. En una de las esquinas de la barra su sombra la miró. No sabía ni siquiera cómo había dado con ella. Tenía que ser valiente. Esa noche iba a terminar con su pesadilla. Se acercó hasta él y le dijo de forma contundente:

-Acudiré a la policía si sigues acosándome.

Su sombra la miró. Consumió de un trago el poco licor que quedaba en su copa y antes de marcharse le espetó.

-Lo hago todo por él.

Ella no quiso seguir con la conversación. Cuando salió del local respiró hondo. Su jefe estaba detrás.

-¿Quién es? –preguntó de forma inquisitiva.

Sarah expulsó el aire que aún quedaba en sus pulmones.

-Un cliente molesto –terminó.

-Mañana empiezas.

Sarah le miró con sus dulces ojos azules. Movió la cabeza y siguió sirviendo copas. Sería un trabajo como otro cualquiera, pensó. A lo que no estaba jamás dispuesta sería a vender su cuerpo como hacían otras mujeres por dinero o por otras razones que ella no empezaba a comprender.

-Te recogerán temprano en la pensión. Ve con lo puesto. No sabemos el tiempo que estarás.

Sarah asintió.

-Luego volverás a la pensión. Nosotros nos ocuparemos del pago a tu casera y de que no te falte nada. Cobrará mil quinientos euros por unos días de trabajo.

Parecía buena idea, buen trabajo y buena solución a sus problemas económicos. Sin embargo poco o nada podía imaginar que ese trabajo consistía en cuidar a niños.