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“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS I Y II)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS III Y IV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS V Y VI)

LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS VII Y VIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS IX Y X)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XI Y XII) 

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XIII Y XIV)

¨LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XV Y XVI)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XVII Y XVIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XIX Y XX)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXI Y XXII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXIII Y XXIV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXV Y XXVI)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXVII Y XXVIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXIX Y XXX)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXXI Y XXXII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXXIII y XXXIV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXXV Y XXXVI)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXXVII Y XXXVIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXXVII Y XXXVIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS IXL y XL)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XLI y XLII) 

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ”, (CAPÍTULOS XLIII y XLIV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XLV y XLVI)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XLVII y XLVIII)

 

CUARENTA Y NUEVE

CARABANCHEL. MADRID

Los disparos dejaron desconcertados a Andaya y a su guardián.

-¿Qué ha sido eso? –preguntó el joven sin dejar de separar el arma de la espalda de Adanya.

Aún no había amanecido y cuando llegaron al lugar, se cercioraron de no ser vistos siguiendo las instrucciones de Azgba. Aquellos disparos no tenían sentido y parecían venir del interior de la nave…

…En el interior de la nave el carnicero, por primera vez en su vida, sintió miedo. Los ladridos iban en aumento.

-No, no puede ser –dijo mirando la puerta de madera que le permitía acercarse hasta las jaulas totalmente abierta.

Entonces comprendió. Sacó su arma pero ya era tarde. Comenzó a correr hacia la puerta principal de la nave. Ochocientos metros para salvar su vida. Los perros le perseguían con una velocidad inusitada. Tropezó pero atinó a levantarse sin mirar hacia atrás. Hizo sonar su arma con la mano hacia atrás pero con la mirada puesta en la puerta principal de la nave que daba al exterior y consiguió dar a uno de ellos en la pierna. Sintió el gemido del can. “No iba a llegar hasta la puerta, no” Pensó. “¿Por qué estaría abierta la puerta de madera? ¿Se la habría dejado así el último día en que troceó a la madre del chico negro del que vendieron sus dos riñones? Pero de ser así, ¿Por qué estaban abiertas las jaulas?”. Jadeaba y corría desesperado. No quería ser la carne que los alimentara. Él no debía ser su comida.

-No, no…-gritó- Pero la nave estaba dispuesta para que desde fuera nadie escuchara lo que pasaba dentro. Estaba seguro que los disparos podrían haber llegado hasta los oídos de sus compañeros que comprenderían que estaba en peligro y acudirían a ayudarle.

Uno de los perros le alcanzó la pantorrilla cuando ya estaba cerca de la puerta principal y le derribó.

-Agggggg

Gritó y gritó desesperado. Otro le tomó de uno de sus brazos y comenzó a tirar con fuerza, como si fuera una presa a la que habían dado caza. Intentaba defenderse haciendo aspavientos con las manos hacia un lado y hacia otro. Consiguió realizar otro disparo que tumbó a uno de los perros de un tiro en el costado desplazándolo varios metros. Pero ni siquiera le disparo ahuyentaba a los otros que muertos de hambre, deseaban darse un festín. Ante el mordisco en la mano de otro su arma salió disparada hacia su derecha. El carnicero gritaba agónico.

-¡Ayudadme, ayud….agggg-.

Entonces llegaron los otros canes que en la carrera se habían quedado rezagados y que atraparon sus piernas, su cabeza y su cuello. Tiraban de forma encarnizada como si compitieran entre ellos. Uno consiguió arrancar uno de sus brazos y, el carnicero, aún con vida, pudo apreciar como una fuente de sangre se escapaba por todas sus arterias destrozadas.

-¡Ahhhhgg, ahhh, socorro! –atinó a decir mirando con pánico a esos perros gigantes que lo devoraban.

Pedía ayuda pero le dio tiempo a pensar aún en su delicada situación,  que había ordenado a los otros jóvenes que se quedaran en el coche mientras él se ocupaba de ver que dentro de la nave todo estaba bajo la normalidad. Tumbado en el suelo aún pataleaba intentando zafarse de los colmillos afilados de los mastines cada vez más débil por la sangre que estaba perdiendo. Sabía y así se lo había dicho a Azgba que cuando un perro prueba la carne humana ya no quiere comer otra cosa. Ahora estaba ante su final. Cuando separaron su cabeza del cuerpo después de pelear unos segundos más, aún tenía los ojos abiertos. Uno de ellos, con gruñidos, llevó sobre su boca como si de un estandarte se tratara la cabeza del carnicero. Los otros, los brazos, las piernas y parte del tronco.

En el vehículo el joven yugoslavo tarareaba una melodía en la parte trasera cuando vio ante él y a través de los cristales tintados la imagen de un mendigo que deambulaba por allí cerca. No era muy habitual ver gente en la zona, y menos aún a esas horas de la madrugada. Por eso se sorprendió. Tenía que hacer algo pues Azgba no quería testigos de sus viajes a la nave. Si era necesario, también se triturarían en las tolvas y se echaría a los perros. Se bajó. Se puso ante él y le espetó:

-¿Qué busca por aquí?

El mendigo alzó su mirada. El abrigo lo tenía manchado de vino y un sombrero cubría su cabeza de pelo gris.

-A unos perros.

El joven se quedó extrañado por la afirmación del mendigo.

-¿A unos perros?

Entonces el mendigo dirigió su dedo índice hacia la nave que desde aquella posición se podía divisar.

-Se han escapado –musitó ante un sorprendido joven que no acababa de entender lo que le quería decir.

ARGEL. PRISIÓN CIVIL DE BILDA

Hacía días que no conseguía conciliar el sueño. La vida en prisión no era para ella. De madrugada observaba a su compañera de celda andar en la habitación de un lado a otro y Nmachi solo tenía pensamientos para quienes había dejado en el desierto. Cierta noche se quedó fijamente mirando a la mujer del pelo plateado. Llevaba aproximadamente un mes en prisión y no había atisbo alguno de fecha para su juicio. Estaba quieta ante ella que descansaba en su jergón.

-Ni siquiera sé cómo te llamas –le dijo mientras la observaba-

-¿No duermes?

-No consigo hacerlo desde que llegué aquí.

La mujer siguió andando de un lado a otro de la celda, en el mínimo largo que la componía. Se detuvo ante ella después de girar su cuerpo y la miró fijamente.

-رجاء Amal. Me llamo Amal.

Nmahci pareció paladear su nombre porque una sonrisa furtiva invadió su rostro.

-Esperanza –tradujo el significado de su nombre en árabe.

La mujer asintió.

-Ese es el significado de mi nombre. En cuatro meses estaré fuera.

Inició de nuevo su andar rápido y reflejo en la reducida celda.

-Ojalá la vida te depare fuera muchas alegrías –le dijo Nmachi.

Instintivamente la mujer se acercó a ella. Le tomó la mano y se sentó en el filo del colchón.

-No. Serás tú quien tengas muchas alegrías fuera.

Le sonrió. Al menos le transmitía lo que su nombre significaba con sus palabras.

-Pero aún no sé ni cuándo será mi juicio.

Apretó fuerte su mano aquel rostro cadavérico y le dejó pasar con su contacto la misma energía que ya le hiciera llegar el primer día que se encontró con ella.

-No entiendes. Tú serás la que saldrás de aquí en cuatro meses.

Nmachi se incorporó.

-¿Qué, qué quieres decir? –titubeó-.

-ذات وجه حسن(1) ¿Quién tiene guapa la cara? Recuerda esta pregunta y la harás al salir de aquí al chico que encanta serpientes en la plaza, junto al الحديقة الواسعه (2) jardín grande. Se llama Abdelazim. Es mi hijo.

-Pero… ¿cómo lo haré? –preguntó desconcertada-

-Saldrás por mí. Yo ya no tengo nada que hacer fuera de esta prisión. Mi vida se apaga poco a poco, lentamente, como el tiempo. Nunca podría acostumbrarme a vivir otra vez en una urbe. Aquí he pasado muchos años de mi vida sin hacer nada –calló un instante antes de seguir-. Él ya sabe dirigir su vida.

-¿Él?

– Abdelazim.

-Pero…-aquella idea le entusiasmaba después de haber perdido todo lo que significaba el nombre de su compañera de celda- ¿Cómo lo haremos?

Alborotó su largo pelo negro y luego acarició el suyo plateado.

-En primer lugar buscaremos la fórmula en el taller donde trabajas de platear tu pelo para que parezca mi melena. Levántate –le ordenó-.

Obedeció y se dispuso de pie, en el centro frente a ella.

-Y debes perder quince kilos en cuatro meses. Tu cuerpo y el mío son del mismo color, tu melena se volverá plateada y tu cuerpo se transformará si dejas de ingerir comida y comes solo lo básico, principalmente líquido. Cuando vengan con mi pasaporte para salir serás tú, con mis ropas, quien lo haga por mí.

-Pero, habrá un control en la salida. Me pillarán y nos castigarán a las dos.

Amal, esperanza como significaba su nombre, negó con la cabeza.

-Solo de nombre. Cuando entregan el pase de salida por cumplimiento de la pena lo hacen a la persona. Ella, la que lo porta, tiene la libertad. En nuestra ala de celdas nuestra carcelera hará la vista gorda si sospechara algo. Es de fiar. Saldrás en cuatro meses.

Nmachi no pudo contener las lágrimas ante lo que se ofrecía por aquella mujer. Se abrazó a ella.

-Recuerda, cara guapa. En el jardín grande.

CARABANCHEL. MADRID

-No hago nada malo –masculló- Si han hecho algo habrán sido los perros –volvió a repetir mirando hacia la nave-. Tuve que soltarlos, tenían hambre.

El joven se quedó sorprendido por las palabras del mendigo. No llegaba a entender como sabía que en la nave habían perros y, menos aún,  las palabras que le había dicho: “Tuve que soltarlos, tenían hambre”. Miró hacia él y vio cómo abrió su abrigo roído y envejecido por el paso del tiempo y el joven atinó a ver un arma compuesta de silenciador.

-¿Quién te manda? –preguntó con un titubeo evidente mientras sudaba y en un español arcaico.

Martínez recordó su última conversación con el policía en su apartamento, antes de ser apaleado por la banda de los Maras.

“-Vino en busca de mí una vez al retiro, a perturbar mi sueño, ¿recuerda?

-¿Mart…Martínez?

No tuvo respuesta a su estúpida pregunta. Un policía serio nunca titubea. Un policía serio sabe lo que hace y él lo tenía claro.

-¿Está también metido en esto Ramírez?

-No…no.

-Encienda la luz.

El joven se levantó y obedeció. Miró hacia el sillón y vio a Martínez sentado con las piernas cruzadas mirándole. Parecía un esqueleto metido en un ataúd de tela vieja, manchada por el vino. Aquel abrigo con el que ya lo viera arroparse en los bancos del retiro.

-¿Era necesario asesinar al párroco? –le preguntó.

Pepiño tembló.

-Son las normas no escritas. Usted, ust…ed las conoce.

Martínez asintió con la cabeza.

-Entiendo, entiendo, hacer callar para siempre al gancho. Así rompemos el vínculo que pudiera existir con la víctima.

Pepiño, el joven policía, asintió. Hacía tiempo que no temblaba de aquella manera.

Martínez se levantó sin dejar de apuntarle con el silenciador.

-¿Qué harás, Martínez? ¿Me denunciarás a asuntos internos?

No se le había pasado por la cabeza aquella solución. Asuntos internos no hicieron con él nada más que hundirlo más y más en la mierda en la que ya le dejó su mujer.

-No, no, no se me había pasado por la cabeza. Necesito que estés callado unos días, quizás unas semanas. Quizás –guardo un breve silencio- para siempre, toda una vida. ¿Cómo has llegado hasta aquí? –le preguntó de forma directa mirando a los ojos de la persona que le había sustituido junto a Ramírez en los últimos años.

-¿Có…cómo?

-Sí, ¿quién te introdujo en este mundo?

-El Sena…el Senador. Don Mateo Es mi padrino. Hermano de mi madre. Me habló de cómo ganar dinero fácil. Mucho dinero. Pri…primero me resistí, pero luego…El dinero…ya sabe usted

-El maldito Dios del hombre, ¿verdad?

-Sí, si…

-Pocos se resisten a él. ¿Sabes?, a mí también un día me tentaron. Pero opté por ayudar a la Sociedad –le miraba con lástima-. La misma que me enterró. La misma que no comprendió nunca que entré en el mundo del alcohol por culpa de la persona a la que más quería.

Pepiño le observaba con atención. Y también al arma que no dejaba de apuntarle. Él, sentado sobre la silla le miraba. Su rostro estaba pálido y tragaba con dificultad.

-Ra…Ramírez.

-Sí. Ramírez se llevó a quién más amaba. Son cosas que pasan pero que tardas en asimilar. Si llegas a hacerlo. Yo no lo hice y estoy aquí, allí, en ningún sitio en esta vida.

Silencio.

-Pue…puedo ayudar; si me lo permite.

-¿Ayudar?

-Sí, sí. Le llevaré a donde tienen la niña.

Martínez negó con la cabeza.

-No, no puedo confiar en ti. Volverías al mal por dinero y a la primera oportunidad me llevarías con los perros. Preciso que estés callado un tiempo.

-Sí, ¿y cómo lo conseguirás? –tembló al preguntar. Quería saber qué tenía dispuesto para él.

Al otro lado de la puerta, en el descansillo del edificio, un joven escuchaba atentamente las palabras que se filtraban como cuchillos por debajo de la rendija inferior.

-Hacer callar al gancho –musitó- Ahora me preocupa, además de la niña, la negra Andaya. Así os referís a ella, ¿verdad? Luego, quizás me ocupe del Senador”

Martínez miraba ahora también con lástima al joven que ante él se había quedado sorprendido con la presencia del mendigo. Imaginó su vida en su país, sus deseos de prosperar en España. A él también le había llamado el dios dinero. Le apuntaba con su arma

-Pepiño me trajo hasta ti. Y hacia él me llevó el párroco asesinado.

No le dio tiempo a decir nada más. Martínez apretó el gatillo pero no del arma con la que apuntaba al joven. En el interior del bolsillo del abrigo había otra que le lanzó un dardo.

-Ahora te entrará sueño, mucho sueño. Me los facilita un conocido químico, amigo. También lo hace al Zoo de Madrid para sedar a los animales salvajes cuando deben ser atendidos por el veterinario.

El chico miró el dardo clavado en la zona de su estómago.

-Es un sedante. Tuve que hacerlo con los perros. Los dormí en sus perreras y luego abrí la puerta. Tenía que hacerlo o no me daría tiempo a salir de la nave. El resto de lo que ocurrió solo lo sabe tu compañero.

Un nuevo disparo.

-Este te dejará en coma –esta vez dio cerca de uno de sus pechos. El joven calló de rodillas al suelo- El sedante en dosis mínimas no es malo, no –le miró fijamente- El problema es la sobredosis.

“Clic” un tercer dardo le dio en el cuello.

-Este te matará. Pero tu muerte será dulce. No despertarás jamás.

Calló de bruces en el suelo cubierto por barro y hierba con la boca abierta dejando salir su saliva por la comisura de sus lábios.

-Dos –musitó- Aún nos queda uno.

Martínez se acercó hasta él y le cogió el arma. Su rostro muerto dejaba entrever una mueca de sorpresa, los que muchos presentan cuando no esperan a la muerte y ésta te atrapa de repente. La que debió presentar el carnicero cuando se encontró con la jaula de los perros abierta minutos antes cuando les iba a dar de comer carne triturada negra. Ahora debía de ir en  busca de la Andaya. Ella debía de estar esperando a la muerte y quizás se encontrara con la vida. También pasaba en ocasiones. Él, sin embargo, llevaba tiempo esperando a la muerte y la buscaba de forma ansiosa, sin temor a nada.

CINCUENTA

ARENAS DEL DESIERTO. ARGELIA

Atrapados por un árbol a su espalda y los dos hombres con los palos frente a ellos en un lugar desconocido, Abeke decidió que ambos corrieran en direcciones diferentes. Eso haría  también que los hombres se tuvieran que dividir en su persecución y al menos intentar que uno de los primos pudiera alcanzar la ansiada libertad.

-Cuando yo te diga corre hacia tu izquierda todo cuanto puedas. Todo lo que puedas. Salta y adéntrate en la vegetación. Nos volveremos a ver, primo. No mires hacia atrás, corre, corre, corre.

-Tengo miedo –le dijo temblando-.

-Corre, ahora.

Los hombres se acercaban despacio, sigilosos, como si no quisieran que aquellos dos seres vivos que tenían frente a ellos emprendieran un vuelo más hacia el interior de la selva. Abeke los vio detenerse. “¿Qué ocurría? ¿Por qué no avanzaban?” Entonces comprendió. Todo era una trampa. Detrás de ellos, por sus laterales, aparecieron otros tres hombres que los atraparon sin posibilidad de poner en juego su plan de huida. Los agarraron por el cuerpo y los brazos y dejaron de oponer resistencia ante la fuerza de sus carceleros,  como el pajarillo que cae en las redes del cazador y le es imposible agitar sus alas. Gritaron cuantos sus pulmones le permitieron pero ello no les llevó a sitio alguno. Tan solo algunos pájaros de diferentes clases, condiciones y colores, huyeron despavoridos de entre las ramas de los árboles por esos gritos agónicos y extraños jamás escuchados por aquellos lares. Después los ataron de manos y pies y los tomaron como si fueran mercancía sobre los hombros de dos fornidos jóvenes. Los llevaron hasta el camión que ya los esperaba en el inicio del camino. Allí estaba junto a la caja con los demás niños en su interior el hombre que entregó el dinero al soldado que los rescató del Sáhara. Los arrojaron a la parte trasera del camión sin importarles si les hacían daño o no después de desatarlos del palo con el que los habían transportado. Rodaron hasta toparse con uno de los laterales y allí se quedaron quietos, estremecidos por el miedo que les proporcionaba aquellos seres que ahora los miraban con la satisfacción del trabajo bien hecho. Atados, sin posibilidad de mover un músculo de sus jóvenes cuerpos se encontraron Abeke y Elin. Él miraba a ella con los ojos nublados por el llanto. Ella sentía no haber podido hacer nada más por su primo. Al menos lo habían intentado.

-Así que buscabais diversión…-les espetó escupiendo la fusta de tabaco que tenía en su boca el que estaba al mando del grupo.

No tenía camisa sobre su torso y una enorme cicatriz atravesaba su pecho desde la parte derecha hasta descansar cerca de una cadera. El hombre se dio cuenta de que la pequeña la miraba. “¿Cómo se la habría hecho? pensó Abeke”

-Ves –se la señaló- Tuve que vender un riñón para sobrevivir. La vida es dura en mi país, como en el tuyo. Luego aprendí que es más fácil arrebatárselos a los demás para venderlos que vender los tuyos propios –y rompió en carcajadas. Los demás, como si los hubieran fustigado con un látigo hicieron lo mismo. Se veía que no querían contrariar a aquel hombre de aspecto tenebroso y, curiosamente, cuando dejó de reír, los demás también lo hicieron.

Se montó en la parte trasera y alzó la vara. Estaba de pie frente a ellos que seguían atados de pies y manos y lo observaban con pavor. En aquellos instantes Abeke hubiera querido morir. Alzó sobre su cabeza la vara y golpeó con fuerza a los dos pequeños hasta que sus cuerpos se amorataron de tal forma que uno de sus hombres hubo de pedirle que parara.

-¡Los matarás si sigues golpeándolos! –le dijo sujetándole la vara-

Los dos niños lloraban de forma desconsolada, sin posibilidad de unirse el uno al otro al estar atados y separados.

-Los conduciréis hasta Marruecos. De allí  y a través del  مضيق جبل طار  (1) Estrecho de Gibraltar- entraréis en España. Los gendarmes no pondrán impedimentos. Ya están avisados –se detuvo- y pagados. Recibiréis por los niños el precio acordado del barquero antes de embarcar como siempre en la zona estipulada –Abeke escuchaba lo que estaba diciendo entre dolores irresistibles- ¡Ya están vendidos! –y volvió a acariciar la cicatriz a la que Abeke, ahora y con los ojos nublados por la lágrimas, solo atinó a ver muy ligeramente.

La pequeña se atragantó con su propio llanto y comenzó a toser. El hombre bajó del camión y se acicaló el pelo. Estaba sudando. La paliza que les había dado les serviría para que en lo sucesivo no intentaran escapar del tentáculo que Azgba utilizaba lejos de España.

CARABANCHEL. MADRID

El dolor insoportable de los brazos amarrados a su espalda le impedía moverse ni un solo paso. Había llorado cuanto sus pulmones le habían permitido pero nadie pasaba por aquel lugar alejado de la civilización, por lo que tampoco nadie consolaría su llanto. Consiguió con mucho esfuerzo colocarse en una posición en la que el dolor de brazos y muñecas no fuera tan intenso, pero el joven la llevaba a rastras por el lateral de aquella nave con los ojos vendados, parapetándose lo más posible al muro para no ser vistos por nadie aunque por las horas de la madrugada que eran, aquello se antojaba también muy difícil. Había escuchado disparos, pero no sabía de dónde procedían. Estaba desorientada. Tiró de ella con fuerza una vez más.

-Vamos, negra –le ordenó con una rabia desmedida.

Andaya andaba tropezando a cada paso que a duras penas conseguía dar. Apreció cómo el flujo sanguíneo dejo de fluir hacia sus manos pues sentía un enorme cosquilleo en ellas. “¿Y ahora qué?” pensó. “¿Dónde me lleva?”. “Sí, se merecía esa muerte lenta”. Analizó las últimas palabras de su verdugo: “En mi país los valientes tienen una segunda oportunidad”. ¿Le daría a ella esa segunda oportunidad? ¿Tendría ella esa segunda oportunidad? Todo iba a terminar en breve.

-¿Qui…quién eres? –atinó a preguntar por vez primera.

-Eso no importa –contestó- No pares, camina.

Cuando llegó hasta la puerta de entrada a la nave el joven apreció como un reguero de sangre se filtraba por debajo hasta extenderse como una alfombra roja bajo sus pies. Se sintió desconcertado. Escuchó los ladridos de los perros dentro y cómo arañaban la puerta metálica en un intento por salir afuera. Algunos aullaban y sintió verdadero pánico por lo que estaba viviendo. Intuyendo que su compañero, el carnicero, estaba en peligro dentro, realizó varios disparos hacia la puerta. Escuchó el gemido desesperado de alguno de los canes al ser alcanzado por sus balas que consiguieron atravesar la fina lámina de metal. Llamó con fuerza al carnicero acercando su cara hasta el portón metálico, pero no obtuvo al otro lado de la puerta nada más que gruñidos y ladridos. Tiró de Andaya con rabia de uno de sus brazos; algo no marchaba bien. Debía de volver al vehículo y avisar a su compañero. Llamarían a Azgba y le contarían que el carnicero no había salido del interior de la nave donde se constataba que los perros estaban sueltos. Desando el camino hasta volver al vehículo oculto bajo una arboleda. Cuando llegó vio a su compatriota en el suelo en posición prono supina.

-Quédate aquí –le ordenó a la chica, dejándola a unos metros de donde había visto el cadáver del otro joven que le acompañaba y que se había quedado vigilando el vehículo.

Se acercó hasta él y tomó el pulso en su cuello. Observó los impactos de los dardos en su pecho y en su fremte. Su corazón se aceleró. Alguien había hecho todo aquello y no debía de andar muy lejos.

-Está muerto –masculló.

Se levantó con el arma en la mano. Su asesino debía de estar cerca pues aún notó caliente el cuerpo de su amigo. Una sombra pareció moverse entre los árboles debajo de la posición que ocupaba. Le iba a dar su merecido al mal nacido que se había atrevido a trastocar todos sus planes. Se acercó hasta Andaya y comprobó que las manos estaban bien amarradas atrás y que el pañuelo que cubría su visión estaba bien puesto.

-No te muevas de aquí o te mato al menor intento que hagas por huir –le dijo con su hablar trapajoso que apenas si llegaba a entenderse.

Bajó con cautela hacia la arboleda. Numerosos arbustos y pinos se extendían en la explanada hacia abajo. Arriba en la zona alta quedó el vehículo, Andaya y el cuerpo del tercer joven. Tenía el arma en su mano derecha con el gatillo a punto de ser disparada al menor movimiento sospechoso. Había visto algo moverse de eso estaba seguro y debía ser a quién buscaba. Miró uno a uno los árboles: nada. Jadeaba con cada esfuerzo que hacía. Alzó la mirada para ver y abarcar cuanto pudiera pero, la sombra parecía haber desaparecido. Debía volver, tomar el vehículo y avisar a Ewashiba y Azgba de lo que había ocurrido. Si el que los había seguido sabía algo sobre la niña pronto todos los planes y, quizás hasta la propia organización, caería y con ella él mismo. Al girarse para volver donde estaba la chica recibió un fuerte golpe en su boca con un palo alargado que le hizo caer hacia atrás dejando que su arma se escapara de entre su mano. Había salido desde detrás de un pino y no le dio tiempo a reacción alguna. Aquel golpe lo dejó aturdido, sangrando con fuerza por boca y nariz. Miró la distancia que le separaba del arma e intentó levantarse. Cuando estaba aún en el suelo vio la silueta de un mendigo.

-¿Quién…quién demonio eres? –preguntó limpiándose la sangre de la boca y escupiendo a su vez coágulos sanguinolentos.

Éste se acercó sin contestar y volvió a alzar el palo hacia arriba hasta estrellarlo en su cabeza. El golpe lo dejó aún más aturdido.

-Este por el niño del saco…

Lo alzó nuevamente y lo dejó caer con fuerza en el centro de su rostro. El joven entonces  perdió la conciencia.

-Este por la niña María…

Otra vez hacia arriba y hacia el centro de la frente.

-Y este por todos los niños de nombres desconocidos a los que les habéis arrebatado la sonrisa.

Cuando vio que el joven no prestaba más resistencia activa con las manos en un intento final por protegerse, se detuvo. Comprendió que estaba muerto. Subió hasta el lugar donde estaba el coche y vio a la chica negra aún en cuclillas, sin moverse. Le quitó el pañuelo que ocultaban sus ojos y la tenue luz del día que empezaba a despertar hizo que por instinto los cerrara. Le soltó las manos amarradas a su espalda. Cuando estuvo ante aquel hombre mayor cuyo abrigo estaba salpicado por vino y por sangre, al abrir levemente los ojos le preguntó totalmente extrañada:

-¿Quién eres?

El mendigo le indicó con la cabeza la dirección del vehículo.

-Tu ángel de la guardia –recibió por respuesta.

Andaya dejó traslucir una mueca parecida a una sonrisa.

-Bi…bien. Nunca te…imaginé así.

Martínez se agachó junto a ella.

-Si te digo la verdad no esperaba encontrarte viva.

-¿Cóm…o me has encontrado?

-Es una larga historia. La tomó por debajo de sus axilas  y la llevó hasta la base de un pino que no se hallaba lejos de allí. No obstante le costó un sobreesfuerzo importante. Había bebido antes de llegar hasta ella y no estaba en buenas condiciones.

-Preciso hacerte unas preguntas.

OHIO

Annika parecía salir de su letargo y sus rezos en la habitación cuando escuchó los disparos. “Gottes Wille” había escuchado una voz desde el exterior, junto a la ventana. Dos estruendos habían acabado con el cristal y, ahora, junto a ella, agonizaba el hombre al que amaba. Sarah escuchó la voz de su madre. “¿Cómo se había levantado de su cama?, pensó”. “Estaba tan débil, tan cansada…”. “Ella la había salvado, algo impensable”.

-Abre la puerta, Annika –le gritó desde fuera desencajada-, o te vuelo a ti también la  cabeza.

Sarah, en su dura situación sonrió. Era imposible aquello que estaba sucediendo. No habría esperado nunca algo así de su madre.

-Pero antes suelta a mi hija.

Annika había salido de su trance y no tardó en desatar a Sarah que corriendo se incorporó. Al ver a aquel hombre sobre el suelo dejó escapar un gemido de sorpresa.

-¡Saúl!

Los estruendos habían despertado a la comunidad. Pronto se acercaron otros miembros hasta el lugar donde parecía se habían producido los disparos. Allí estaba aún con el fusil alzado la madre de Sarah. Se encontraron sorprendidos al ver muerto en el cuarto de Annika a un joven desconocido para ellos. Miraron a Sarah, a Annika y, a la madre de Sarah aún tras la ventana con su fusil, el que utilizara su padre para intimidar a Saúl aún en alto apuntando hacia el interior.

-Puedes bajarlo, mama –le pidió la chica.

Tras obedecer cayó desplomada al suelo, como si las últimas fuerzas que le quedaban las hubiera utilizado para salvar a su querida hija aquella noche del demonio del joven que días atrás había atrapado el corazón de Sarah. Ahora sí no cabía duda de quién había causado la muerte de su querido padre. Otra cosa diferente era saber cómo había conocido a Annika y cómo había abierto también las puertas de su corazón hasta conducirla a hacer lo que había hecho con ella. “¿Sabría padre que él era el tercer vértice del triángulo amoroso que mantenía con Annika y por ello quiso alejar a Saúl de ella en un intento por protegerla? ¿Cuánto tiempo hacía que ese joven pisaba la comunidad sin ella saberlo? Y, ante todo, ¿fingía madre su enfermedad? ¿Habrían asesinado también al marido de Annika para apartarlo de aquella tóxica relación de a tres?” Sarah estuvo a punto de perder también el conocimiento. Saúl yacía bajo un charco de sangre ya sin vida mientras a su madre intentaban incorporarla entre varios miembros de la comunidad ayudados por su hermana que había llegado hasta el lugar alarmada por los disparos. Annika miraba al suelo, quizás avergonzada o quizás temerosa de lo que tuviera por venir en su vida. Pero lo más importante de todo era la respuesta a la pregunta que tanto martirizó a Sarah tras la muerte de su padre. Ahora conocía a su asesino. Ahora conocía el hombre que compartía su amor por Annika.