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“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS I Y II)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS III Y IV)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS V Y VI)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS VII Y VIII)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS IX Y X)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS XI Y XII) 

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS XIII Y XIV)

¨LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS XV Y XVI)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS XVII Y XVIII)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS XIX Y XX)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS XXI Y XXII)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS XXIII Y XXIV)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS XXV Y XXVI)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS XXVII Y XXVIII)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS XXIX Y XXX)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS XXXI Y XXXII)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS XXXIII y XXXIV)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS XXXV Y XXXVI)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS XXXVII Y XXXVIII)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS XXXVII Y XXXVIII)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS IXL y XL)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS XLI y XLII) 

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ», (CAPÍTULOS XLIII y XLIV)

«LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ» (CAPÍTULOS XLV y XLVI)

 

CUARENTA Y SIETE

CARABANCHEL. MADRID

El vagabundo se perdió por la oscuridad de las calles de Madrid. Tenía que llegar cuanto antes a la dirección que había escuchado a través de la conversación mantenida entre el miembro de la organización y los captores de María e intentar también hacer algo por Andaya, esa guardiana de niños que se había rebelado contra la organización y que ahora le iban a aplicar de la forma más cruel posible una de sus reglas. La harían desaparecer para siempre y quizás, en un futuro no muy lejano, su testimonio pudiera ser crucial para acabar con la ellos.

Por el camino rememoró su primer encuentro en la Iglesia del Santo Sepulcro  con el cura, el gancho que medió entre Kevin y las Mafias, y su angustia cuando lo sacó del confesionario agarrándolo con furia de su sotana  Estola el primer día en que fue a buscar el nombre de la persona que le puso en contacto a él con las Mafias de tráfico de órganos…

-¡Ayúdame Dios mío! ¡Ayúdame!

Lo arrastró por el pasillo central que conducía desde el confesionario hasta el altar, golpeándolo con los bancos donde los feligreses escuchaban su palabra ahora vacíos. Lo poseía con una fuerza descomunal, como le hubiera gustado hacer con el médico de la organización que extraía órganos de niños indefensos, mientras el párroco pataleaba sin poder articular palabra pues lo tenía cogido de la Estola, la misma que hizo girar sobre su cuello hasta dejar que su rostro transmitiera un color azulado para quién lo pudiera observar. Estaban solos y los Santos en imágenes de madera se mostraban impasibles ante lo que sucedía sin poder hacer nada por su servidor en la tierra. Por esa oveja descarriada. Lo subió  a rastras por los escalones del altar  y le tomó del cuello dejando que su mano se cerrara por debajo de su garganta.

-Un nombre, solo quiero un nombre –gritó desencajado el inspector-.

Hacía tiempo que no actuaba así. La sola imagen en el recuerdo del hijo de Kevin moviendo sus brazos al escuchar los silbidos de su padre con las canciones de héroes del  silencio le aportaba una rabia incontenible. Deseaba llevar a su hermana con él y lo haría jugando sucio. Ya había jugado limpio con su matrimonio, con la Ley, con la justicia y su futuro era el arrullo de los gorriones en el parque del retiro de Madrid, abandonado por todos. El cura comenzó a sollozar. Cogido de la cabeza por la parte superior la  introdujo en la pila bautismal dejando que el agua corriera por sus bordes hasta caer al suelo. El párroco pataleaba desesperado al no poder respirar y pensando en que su encuentro con su Dios estaba cerca y Martínez, por el contrario, tenía un pensamiento más terrenal con la niña María y en su hermano con sus sonidos guturales postrado en el sofá donde lo conoció sin poder moverse. Quería que la sensación de ahogo fuera máxima y que algo de agua entrara en sus pulmones. Le sacó y vio su rostro desencajado.

-Un nombre.

Silencio. Repitió la operación cuando le dejó tomar un poco de aire. Esta vez aumentó el tiempo en el que le obligó a estar con la cabeza sumergida en la pila  bautismal contando los segundos que un hombre sería capaz de aguantar bajo el agua. A la tercera vez balbuceó al sacarlo de la pila bautismal después de llegar a los cuarenta segundos.

-Po…poli…policía. Es policía –expulsó el agua que había entrado en su boca-.

Repitió la operación  de introducirle la cabeza y el rostro en el agua ante un sorprendido Martínez: “¡Un policía! El gancho es un policía”.

-Un nombre, quiero su nombre –le gritó sacándolo de la pila bautismal una vez más  mirándolo con rabia a los ojos.

El silencio del cura hizo que repitiera la operación. En esta ocasión estaba dispuesto a dejarle el tiempo que fuera necesario hasta que se ahogara en el propio mal que había ocasionado a la sociedad. A los cincuenta y cinco segundos contados uno a uno por el inspector, diez más que en la vez anterior, exhausto y casi con el conocimiento perdido lo sacó.

-Un nombre, me oyes, un nombre.

Lo dejó caer al suelo del altar, bajo el Dios de los cristianos. El mismo que miraba con atención a su pastor corrupto en la tierra. Martínez se agachó. Lo tomó de la estola y acercó su boca hasta su oído.

-Un nombre. Sólo un nombre o te meto en la pila y te saco cuando hayas muerto.

-Pe…–balbuceó antes de que fuera soltado de la Estola nuevamente sobre el altar donde cayó casi sin conocimiento.

Lo dejó allí abandonado a su conciencia cuando supo quién estaba detrás de todo aquello. Había averiguado todo de la peor forma posible pero era necesario. En ocasiones hay que hacer cosas que no gustan pero sin las cuales no se llega a sitio alguno. Martínez caminó otra vez sin rumbo. Era noche cerrada y pensó si los primos de Gloria no se pasarían demasiado con aquel gancho del cura corrompido hasta darle muerte y al que instantes antes de rescatar su recuerdo había dejado en su apartamento. Sus órdenes habían sido tajantes: “Dejarlo fuera de esta sociedad durante un mes, que no vuelva a  hablar” le dijo al joven jefe de las Maras. Y Martínez, más que nadie, sabía lo que ello significaba. Después de la paliza le cortarían la lengua. El policía jamás volvería a hablar. No le contó cómo llegó hasta él, pero su nombre se clavó en su corazón cuando salió de la boca del cura en el altar mayor. Días después cuando fue a avisarlo de que su vida corría peligro se lo encontró muerto en el confesionario. Si algo bueno había en su muerte era, precisamente, que no contaría a nadie lo que confesó a él, como si de un feligrés más se tratara, acerca del nombre de quién le puso en contacto con el Diablo.

Adanya no esperó nunca tener un final así a su vida. Estaba verdaderamente asustada. Viajaba en la parte trasera de un Audi con los ojos vendados. Sintió hablar a los dos jóvenes que la acompañaban por orden de Ewashiba sin llegar a entender lo que decían. No sabía adónde iba pero sí había calculado que, al menos, llevaba una hora metida en el coche después de una parada que hicieron no sabía tampoco en qué lugar y que debió durar, según sus cálculos, al menos quince minutos. Sus manos se ataban a su espalda con cinta aislante negra, de las que se utilizan para aislar cables eléctricos. Lo habían hecho con tanta fuerza que la sangre parecía brotar por la yema de sus dedos. El pañuelo que ocultaba su visión sin embargo no le impedía respirar. Durante el trayecto se acordó de la pequeña y se sintió satisfecha por haber intentado salvarla, algo que debería haber hecho con el primero de los pequeños a los que vigiló. Su vida no valía nada con su conciencia día y noche reprochándole su falta de valor para enfrentarse al mal, el mal que representaban aquellos hombres. Al menos iba a morir tranquila. El vehículo se detuvo. Escuchó abrirse la puerta delantera. Debía estar mediada la madrugada. No se escuchaba nada ni a nadie por el lugar, ni tan siquiera el canto de algún pájaro o insecto nocturno.

-Compruebo que todo está tranquilo dentro –escuchó decir ahora sí entendiendo a la perfección-.

-Esperamos tus órdenes para entrar –contestó el chico que tenía a su izquierda.

Una puerta del vehículo, ahora la trasera, se abrió y se volvió a cerrar. Uno de sus acompañantes había entregado algo al conductor. Ellos tres permanecieron en el coche. El conductor fue hacia algún lado que ella no atinaba a comprender.

El carnicero fue hacia la nave cárnica supervisando el terreno en sus inmediaciones. Las órdenes de Azgba siempre eran tajantes: nadie los debía  ver entrar con la presa pues esta nunca iba a salir ya de allí. Siempre se haría de madrugada. Los diez perros hambrientos harían el resto. Se situó ante la puerta metálica de la gran nave, introdujo la llave y pasó a su interior. Cerró por dentro. Ahora quedaba supervisar todo, ver a los animales al fondo, ocultos en una especie de apartado de cinco metros de ancho donde se distribuían las jaulas separadas las una de las otras por grandes barrotes metálicos para evitar que se atacaran aquellos enormes mastines entre ellos por el hambre a los que los sometían. A las jaulas se accedía por una puerta de madera después de recorrer todos el largo de la nave, casi ochocientos metros. El carnicero escuchó ladridos y sonrió, sabían que llegaba su comida y era una forma más de agradecer el perro al hombre aquello de lo que hacían siempre gala: su lealtad.

-¿Cómo van mis grandes monstruos?– Preguntó en voz alta, como si quisiera que le escucharan mientras se acercaba hasta la puerta de madera.

Aquella nave estaba hecha toda ella de grandes moldes de hormigón formando un rectángulo, no tenía ventanales. Todo obedecía al deseo de Azgba de que nadie desde el exterior pudiera ver lo que pasaba dentro ni que los gritos de las víctimas salieran afuera. Las máquinas que trituraban la carne se disponían a la derecha. Eran tolvas gigantes en las que, subiendo hasta ellas por una escalera, llevaban hasta el lugar donde depositabas los grandes trozos de ser humano, brazos, piernas, cabeza y tronco. Una vez echados dentro, se pulsaba al botón rojo que los trituraba huesos incluidos, y te los devolvía por la parte inferior por una especie de embudo. Esa carne triturada con huesos era la que luego se daba a los mastines.

Los ladridos de los perros iban en aumento. El carnicero llegó hasta la puerta de madera que les permitía pasar hacia las jaulas y, a unos pasos de ella, observó algo que no había podido ver por la distancia cuando entró a la nave: estaba abierta.

Habían transcurrido diez minutos desde que el carnicero pasara a la nave para comprobar que todo estaba en orden y aún no había vuelto. En el interior del vehículo se impacientaban los dos jóvenes.

-Vamos –escuchó en un español arcaico de aquel chico, al parecer de la antigua Yugoslavia, Andaya –Tu espera aquí –ordenó a su compañero que quedó en el mismo lugar en el que estaba, la parte trasera derecha del turismo.

La sacó fuera del vehículo y empezó a caminar hacia la nave. Por seguridad lo habían dejado aparcado fuera de la vista de cualquier transeúnte, en un pequeño camino trasero, lo que hacía que para llegar a la puerta principal, hubieras de rodearla por el costado izquierdo. Andaya apreció cómo el cañón de un arma se pegaba a su espalda.

-No veo nada –se justificó paralizada por el miedo.

-Anda y calla –le gritó.

Ahora estaba acompañada por un solo joven. Pensó en que quizás tuviera una sola oportunidad para escapar, pero sería complicado que la bala no la alcanzara antes a ella. Declinó en lo que había pensado. Salir corriendo con las manos atadas y la vista tapada era una muerte anticipada a la que le iban a dar. Caminó por un camino de tierra. “¿Dónde me lleva para matarme?” se preguntó. Después de cinco minutos andando se detuvieron.

-De rodillas –le dijo.

-Quiero morir viendo a mi asesino.

El guardián no contestó pero, para sorpresa de ella, le quitó la venda. Pudo ver entre una oscuridad reinante iluminada levemente por luna llena un riachuelo y muchos árboles a su alrededor. En ellos hacían vida las aves libres y sintió envidia de ellas y una profunda pena al no poder despedirse de sus padres y hermano. A lo lejos se divisaban las luces de la población dormida. El joven de ojos azules la apuntaba con la pistola.

-¿Dónde te llevará mi asesinato? –le preguntó-.

Sonrió.

-En mi región, allá en Sbrenica, los valientes mueren como tú, con los ojos abiertos mirando al hombre que los va a matar.

“Sbrenica” pensó.

-¿De qué pueblo eres?

-De Tuzla –dijo con acento extraño.

-Bien. Estoy preparada.

Agachó la cabeza y esperó el disparo. En un último instante pensó que quizás alguien acudiera en su ayuda, que todo habría sido un mal sueño y que nunca había partido de su país en busca de algo para vivir mejor. Sin embargo allí estaba, a punto de morir.

-De pie –le ordenó el hombre- No seré yo quien te mate –sonrió- ¿Te gustan los animales?

“¿Por qué no me mata ya?” pensó.

-En mi pueblo, Tuzla, los valientes mueren como tú –le repitió-. Con los ojos abiertos mirando al hombre que los va a matar. Pero en este caso tengo otras órdenes.

Andaya asintió.

-Hazlo ya. Cuanto antes termines con esto mejor para ti.

-Los héroes, en mi ciudad, también tienen una última oportunidad. Tú la tendrás, lo que pasa es que lo harás frente a leones hambrientos –le dijo refiriéndose a los perros. Ella no entendió  qué quería decirle cuando le habló de leones-.

Dos disparos resonaron dejando que todos los pájaros de los árboles cercanos volaran espantados en la noche.

Unas horas antes en aquel apartamento del extrarradio de la ciudad Martínez contó los pasos que le separaban de la salida apuntando con el arma al policía con el que había hablado: uno, dos y tres. Sintió verdadero asco por aquel joven. Se quitó los guantes que cubrían sus manos e introdujo la pistola en su bolsillo. Su interlocutor con el miedo en el cuerpo  le observaba. Abrió la puerta que daba acceso a las escaleras. Ante el inspector apareció la figura de un joven en camiseta de tirantes. La palabra dieciocho estaba tatuada sobre su frente. Detrás de él había otros tres jóvenes con el mismo tatuaje y un bate de beisbol que portaba cada uno de ellos. No le gustaba lo que iban a hacer, pero muchas veces el ser humano con sus acciones se busca lo peor.

-No quiero que lo coheteis (1) Disparéis –les ordenó Martínez que parecía conocer a la perfección su lenguaje. Solo dejarlo sin poder articular palabra durante un mes. Darle una telegada (2) Paliza. Será suficiente.

Oscar Raúl, el primo lejano de Gloria, tomó el sobre que le extendió el inspector y lo introdujo en su bolsillo trasero.

-Así lo haremos, General –dijo con cierta satisfacción al saber lo que contenía el sobre. Eran los únicos ahorros del inspector.

Segundos después el grupo entró en la casa del guardián de la ley corrupto que, asombrado, no daba crédito a lo que veía ante sí.

-Hermanito, vamos a saldar tú y yo –se dirigió hacia él que retrocedía tropezando con las sillas que  se disponían en el salón- una deuda. La deuda que tienes con mi prima Gloria –entonces subió la voz-: ¿Qué húbole? Después os presentaré a un par de troneras (3) –añadió al grupo- (3) Mujeres de fácil acceso sexual.

-No, no, no….-gritó-.

Alzó el bate de beisbol y se lo estrelló en la espalda haciendo que el joven policía se  desplomase al suelo de forma inmediata, intentando cubrir los numerosos golpes que recibía de parte de los demás jóvenes que ahora aparecían por todos lados con las manos y sus brazos protegiendo ante todo su cabeza.

-Por su hija y por todos los niños que gente  como tú, mierda, acostumbráis a robar a sus padres.

Golpes y más golpes se toparon con el cuerpo del policía.

-Vamos, nos esperan las troneras- dijo el joven al mando cuando lo vieron sin conocimiento en el suelo. Derramaba sangre por su cabeza, por la boca y por la frente.

El primo de Gloria sacó una navaja de la parte trasera de su pantalón. A una orden suya uno de sus hombres abrió la boca del policía y sacó sin resistencia hacia fuera su lengua. Lo demás ya era silencio para siempre.

MADAYA. SIRIA

Mustafá y el niño caminaban mirando hacia el frente, donde solo les esperaba la oscuridad. “¿Por qué demonios nos hará caminar por este campo minado?” pensó Mustafá. A su alrededor solo casas derruidas y el más absoluto silencio. Parecían dos fantasmas andando en cuclillas en una ciudad muerta, esperando de un momento a otro pisar el final de sus vidas. Ambos contaban uno a uno los pasos. A Mustafá le costaba tragar. La saliva no le pasaba por la garganta. Un “clip” y todo habría terminado. Fue cuando escuchó al jovenzuelo murmurar algo.

-¿Qué?

Ahora parecía mudo. Mustafá, como él, miraba en dirección al frente. Había escuchado a sus espaldas palabras que eran órdenes pero no se atrevía a mirar hacia atrás. Ya sabía cómo se las gastaba aquel individuo por lo que le hizo al pobre Yumas.

-¿Qué dices? –volvió a insistir.

Entonces el niño, como si con él no fuera dijo:

-¿Qué si sabes correr?

Mustafá dejó de tragar y un sudor frío recorrió su cuerpo. Si el niño corría y él no lo hacía sabía lo que le pasaría. Si corría también sabía lo que le pasaría.

-Volaremos por los aires.

Asentimiento levemente con la cabeza por el menor.

-Mejor volar.

Y en sus pensamientos observó a la rata, Abdel Salam, deslizándose hacia adelante como un demonio dando blinco como sutil gacela de un lado a otro del camino.

-¡Maldito zagal! –Masculló- Deberías haber muerto bajo mis balas. Me hubieras evitado muchos disgustos.

Un disparo seco resonó de atrás hacia adelante. Y luego se hizo la oscuridad.

CUARENTA Y OCHO

ARGEL. PRISIÓN CIVIL DE BLIDA

Al sexto día de su estancia en la cárcel de mujeres en la prisión civil de Argel, Nmachi se levantó sola del camastro. Caminó por el pasillo central con intención de llegar a los servicios que se disponían en el lateral derecho de aquella nave oscura. La lluvia arreciaba con fuerza afuera golpeando sobre los tejados de hojalata que dejaban filtrar algunas de sus gotas hasta el pabellón donde se encontraba. Su cuerpo estaba dolorido, pero era peor aún el dolor que sentía su alma por la pérdida segura de quienes más quería. A veces se aferraba a la esperanza de que alguno de los jóvenes, Akin u Orji, hubiesen conseguido pedir ayuda, pero era algo que pronto descartaba. Ella, como toda mujer que posee el secreto que el viento se llevó susurrando, se caracterizaba  por su entereza para ver y afrontar las cosas de frente: “Si, están muertos. Cuanto antes lo asimile, antes comenzará mi periodo de recuperación emocional” Al entrar a los lavabos un fuerte olor a vómito mezclado con orines, muy similar al pabellón  pero con más fuerza, invadió su olfato. Al pisar pudo observar excrementos por el suelo. Sus zapatillas los hacían crujir al dejar caer su peso sobre ellos. Estaban por todos lados. Sintió ganas de salir corriendo de allí y hacerse sus necesidades encima, pero no estaba dispuesta a que unas simples mierdas la echaran hacia atrás. Había conseguido vencer al desierto, al sol, a la violación, a la hemorragia; ¿cómo no iba a vencer a los desechos humanos? De cualquier modo, en desechos  habían convertido a ella y su familia el ser humano cubierto por el mal: mierdas como las que ahora pisaba. Consiguió llegar hasta un agujero dispuesto en el suelo y oculto a mirada de los demás con unas simples cortinas sucias. En ellas se veían restregones negruzcos de alguien que se hubiera limpiado tras realizar sus necesidades fisiológicas. Se agachó levemente y temió volver a sangrar, que la herida interior se le volviera a reproducir. Deseaba con todas sus fuerzas salir cuanto antes de aquella situación. Y en aquella posición vio como alguien abría las cortinas.

-Vamos, la directora quiere verte.

Era una guardiana vestida con uniforme carcelario, una de las presas de confianza de la dirección. Nmachi asintió con la cabeza. La llevó fuera caminando despacio, pues aún se encontraba muy débil. Pasaron por un patio cubierto de alambradas y muros imposibles de saltar por un ser humano y la introdujeron en una nueva nave dispuesta en paralelo al pabellón donde ella se había despertado. En esta última escuchó las voces de algunas presas hacinadas en su interior, habitáculos de dos metros de largo por tres de ancho. A través de las rejas veía sus manos. Después de un trayecto corto se pararon ante una oficina en la que se podía leer en árabe la palabra “Directora”.

-Pasa –la invitó la interna a adentrarse en su interior.

Se sentó y miró a la mujer que detrás de una mesa de madera muy rudimentaria se sentaba debajo del retrato del presidente de su país. La instancia la componían varias estanterías en las que se almacenaban archivadores.

-Nmachi. Te llamas Nmachi –le dijo sin alzar la cabeza con la mirada dirigida hacia la carpeta que tenía entre sus manos.

“Así es” pensó. Su salvador debió dejar escrito su nombre en algún lado de su cuerpo cuando lo mencionó varias veces mientras era violada por el grupo: “Nmachi, mi nombre es Nmachi, recordarlo bien”. Hasta entonces no había observado sus pechos. En el derecho aparecía escrito su nombre.

-¿De dónde eres?

-De Arlit, un pueblecito de Niger –contestó mirándola a los ojos.

La Directora frunció el ceño. Tomó nota. Después le preguntó por su edad y cómo había llegado hasta allí. Nmachi le contó lo que sabía, cómo fueron abandonados a su suerte en el desierto del Sáhara por las Mafias y  cómo cuando quiso buscar ayuda caminando por el desierto fue violada por unos soldados de fronteras y finalmente cómo, al parecer, uno de ellos se apiadó de ella y la llevó hasta donde ahora estaba recluida con una fuerte hemorragia interna que en aquella prisión habían conseguido de alguna forma detener.

-¿Sabes la pena de prisión para la entrada de forma ilegal en Argelia?

Nmachi solo sabía lo que le había contado la enfermera que la atendió en el pabellón. No contestó. No sabía nada de las leyes de aquel país. Solo conocía las leyes del ser humano: Engaña y roba como puedas a aquellos más débiles que tú sin importar su vida. Lo que habían hecho con ella y los demás. Unas vidas menos no significaban nada para nadie en ningún punto del mundo. “Inmigrantes deseosos de vivir que invaden un país que no es el suyo no merecen vivir” pensó que debería estar pensando la Directora. Ella solo sabía sobrevivir y, hasta ahora, se lo había demostrado a ella misma. Seguiría intentándolo.

-De tres a cinco años –le dijo-. Es muy probable que no vean tu causa el Tribunal  al menos hasta dentro de doce meses.

Nmachi enmudeció. Pero después de saber que había perdido a quienes más amaba no le pareció algo tan doloroso. “¿Quién en esta vida está preparado para perder a un hijo y a una hija adoptiva como le había pasado a ella?” Cuando ello ocurre, lo demás que pasa a tu alrededor y que es muy importante para los demás, no merece la más mínima atención para quien ha sufrido dicha  pérdida.

-Perder a un hijo es peor –musitó.

La Directora la miró.

-Mi deber es informarte de las normas. Te encuentras recluida en la prisión civil de Argel. Te levantarás a las 6 de la mañana. Limpiarás tu celda y los pasillos aledaños. A las siete tomarás el desayuno y volverás a la celda hasta las ocho. A esa hora irás a trabajar a la sastrería. Ella –miró a la presa de confianza- te dirá dónde está. Trabajarás hasta la hora de comer. A la una se come y volverás a hacer limpiezas en zonas que se te irán indicando. A las cuatro volverás a la sastrería hasta la hora de la cena. ¿Has entendido todo?

Nmachi asintió.

-Las faltas, por muy leves que sean, se castigan con la celda oscura. Espero que no tengas que conocerla –le dijo con algo de fina ironía-.

“Tan oscura como mi vida” pensó. La mujer terminó de darle las instrucciones que habría de seguir en los próximos meses. Por la cabeza de Nmachi sin embargo solo pasaba la idea de marcharse de allí cuanto antes. Tras su reunión fue conducida hasta una celda pequeña lejos del pabellón para enfermos que había ocupado los días anteriores. En ella había otra presa subida en el camastro superior. Tendría unos sesenta años y Nmachi solo atinó a ver una mano cadavérica colgando del camastro. No respondió a su saludo.

-Dormirás abajo –le indicó la presa de confianza-. Allí tenía ya dispuesta la vestimenta carcelaria, un mono de tela negro que se abrochaba por delante desde los tobillos hasta el pecho y zapatillas de esparto también negras.

La presa cerró tras de sí la puerta con cerrojo y Nmachi deseó en aquel momento haber perecido bajo el sol abrasador del desierto junto a los suyos. Se sentó con mucho dolor en la cama y comenzó a pensar en su hijo, en su sobrina, en su marido Mustafá, en lo que habría sido de él. Quizás él si habría sobrevivido y algún día se podrían unir. O quizás ya también hubiera perecido en el sangriento país Sirio.

-Otra buscando el nuevo mundo –escuchó una voz quebrada desde la parte superior.

No contestó. Permaneció callada durante unos largos minutos hasta que otra vez la compañera de celda lo rompió.

-Yo también lo busqué y terminé aquí.

Extendió la mano desde arriba y quiso que Nmachi se la diera. Nmachi se la cogió a modo de saludo y la sintió fría, como si de una muerta en vida se tratase.

-¿De dónde eres? –preguntó  Nmachi.

-De Nigeria –contestó la voz de quien parecía una anciana. Nmachi veía el colchón humedecido en la parte baja al mirar hacia arriba. Su corazón latía con fuerza por las experiencias vividas en apenas  una semana.

-¿Llevas mucho tiempo aquí? –quiso conocer con quién estaba, saber algo sobre su vida.

-Cuatro años. Me quedan cinco meses para salir –contestó y, en sus palabras, le pareció que eran dichas con cierto congojo o pena- Pero nadie me espera fuera. Sólo él.

-Él.

Silencio.

-Mi hijo. Desde que me apresaron a deambulado por las calles de este país, mendigando un trozo de pan y ganándose la vida con sus serpientes. Las hace bailar engatusadas con su flauta. Así consigue algunas monedas con las que apaciguar algo el hambre. Lo sé porque me lo han contado algunas carceleras con las que ya he hecho amistad. Después de tanto tiempo hasta ellas son capaces de compartir unas palabras contigo. Algo que tienen prohibido. La última compañera que tuve aquí ya anda por la prisión como por su casa. Es una de las que ayudan. Una presa de confianza. Los últimos meses de cautiverio los trabajan como carceleras para reducir pena. Ella es una.

-¿Y cuál fue tu delito?

Tragó saliva.

-Entrada ilegal en el país.

Nmachi se estremeció. Cuatro años allí recluida y aún le quedaba uno por cumplir. Tumbada en el jergón  pensó más que nunca en morir. Aquella era una buena forma de escapar de aquel lugar infectado por la desesperanza y el dolor.

-¿Y tú? –preguntó.

Nmachi se dio unos segundos antes de contestar. Aquella mujer le inspiraba confianza y solo la conocía de hacía unos minutos. Pero en su forma de hablar se intuía el dolor tan grande que llevaba en su interior. Entonces quiso contarle su historia.

-Dejé en el desierto del Sáhara a mi niño y su prima, mi ahijada Abeke. No pude hacer nada por ellos, ni por los demás –su voz se quebró.

Se dijo asimismo que no podía llorar. Así se lo había repetido en múltiples ocasiones a su sobrina en el desierto. La imagen de su pequeño Elin viajaba hasta ella y se dio cuenta que aún tenía cogida la mano de la mujer.

-Nunca se debe perder la esperanza en esta vida. Kalam men yafham leklam (1) Háblale a quien comprenda tus palabras. Solo así conseguirás que el daño que llevas dentro salga afuera.

-Pero no puedo dejar de pensar en él y en mi sobrina –ahora no pudo reprimir que una lágrima se deslizara por su pómulo hasta desembocar cerca de su barbilla. Estaba llorando, sí. Estaba haciendo aquello a lo que se había negado una y otra vez a hacer.

Le contó su partida en busca de ayuda y cómo terminó finalmente donde estaba después de haber sido brutalmente violada.

-Quizás la suerte de ellos no haya sido la que tú imaginas. Quizás Alá pusiera en su camino alguien que no permitiera que sus vidas se quedaran allá, entre las arenas del Sáhara.

Nmachi quiso que aquello fuera verdad. Cerró los ojos y viajó hasta el lugar exacto donde ellos estaban, donde los había dejado. Vio el camión y debajo de la lona al grupo. Allí, en el centro de su imaginación, estaba su hijo y su sobrina abrazados.

-¿Cómo es la vida aquí?-preguntó ahora con entereza.

-Te acostumbrarás. Si yo lo hice que era un espíritu libre y aventurero, tú, que desprendes ganas de vivir y fuerza lo harás. Yo te ayudaré.

Le soltó la mano y en un breve suspiro saltó desde arriba y se puso ante Nmachi. Su imagen desprendía miedo. Estaba esquelética y una gran melena plateada se extendía por su espalda. Sus ojos estaban insertos en unas cuencas cubiertas solo de pellejo y sus manos y pies cubiertos por un fino camisón que llegaba a la altura de sus rodillas parecían los de un cadáver. La miró fijamente.

– ¡Kalam men yafham leklam! –Yo te  comprendo.

Y la mujer se echó sobre Nmachi y la abrazó. Como si hubiese metido los dedos en la corriente eléctrica sintió un impulso sobre su cuerpo y algo por dentro empezó a recorrer todo su ser. Había sido el abrazo de esa extraña compañera de prisión. Por sus venas corrió con fuerza algo que no se puede ver: La esperanza.

DESIERTO DE ARGELIA

El camión siguió avanzando. Muchos de los niños dormían y quizás pasara lo mismo con los dos hombres que los vigilaban aunque no los llegaba a ver desde su posición Abeke. Entonces se agachó y besó la oreja de su primo.  Y otra vez le susurró al oído:

-Juguemos a ser sombras. Ahora.

Aquel juego tan divertido que practicaban a menudo durante el día en Arlit consistía en esconderse de todos entre los árboles para no ser vistos. En un primer momento dudó, pero luego se puso en pie ante ella que puso sus dos manos a modo de peldaño para que pudiera apoyarse, dio un empujón hacia arriba y saltó. El ruido alarmó a los de la vara que pronto comenzaron a utilizarla sin un objetivo concreto, pegando a todos los niños que lloraban y que desconocían el motivo por el que habían sido despertados a palos a aquellas horas de la madrugada, cuando la noche aún seguía en el cielo. Las voces fueron creciendo y Abeke no lo dudó dos veces. Se impulsó con sus finas piernas de gacela sobre  la plataforma lateral del camión y saltó detrás de su primo. Escuchó los gritos de los hombres.

-Para…para –golpeaban con la vara para que los que iban conduciendo se detuvieran.

Unos segundos después el camión se detuvo. Por inercia se lanzaron fuera para mirar por donde habían huido sin saber exactamente cuántos habían sido. Pero la noche había tendido un manto oscuro que impedía ver más allá de unos metros.

-Mierda –escuchó decir a uno de ellos aún en la distancia Abeke.

Elin había corrido tanto que se metió en las fauces de la vegetación  que se abría a ambos lados del camino seguido por el camión con mucha rapidez. Abeke intentó seguir los pasos de su primo pero no veía absolutamente nada. Su instinto le decía que debía de correr todo cuanto pudiera.

-¿Qué hacemos? –escuchó gritar a lo lejos.

Algunos niños en la confusión intentaron también saltar, pero pronto fueron apresados y apaleados. Oculta detrás de unas matas verdes vio iluminarse un punto rojo en el horizonte. Alguno de los hombres había encendido un cigarro y se veía el destello luminoso. Sus voces ya no llegaban hasta ella con nitidez. Su corazón palpitó con fuerza cuando vio las luces del camión y éste ponerse de nuevo en marcha.

-Se los comerá un león, o quizás las hienas. Malditos imbéciles, no saben dónde se han metido.

Cuando la luz del cigarro se perdió por el horizonte, Abeke llamó a su primo.

-Elin, Elin, Elin…

No recibía respuesta. Le llamó varias veces más sin resultado. Pensó si la idea de escapar fue la más afortunada. Donde estaba no atinaba a ver nada y quizás el terreno estuviera repleto de trampas para dos niños de su edad. Se quedó inmóvil y pensativa. Debía esperar al amanecer para seguir buscándolo. Sentada introdujo su cabeza entre las piernas y pensó en su madre; seguro que se sentía orgullosa de ella por lo que había hecho. La recordó jugando con ella, abrazándola, peinándola y, también, en su lecho de muerte con su cara blanquecina y aquellas últimas palabras que brotaron de su boca: “La vida no es para cobardes. Lucha”.

La vida para unos niños en el corazón de una guerra no es vida. Ningún niño debía, de ninguna de las formas, vivir entre bombas y disparos, entre anocheceres de pánico y amaneceres de dolor. Sin embargo tampoco era vida la que el pequeño Elin y su prima Abeke llevaban en su población. Cuando Nmachi propuso la salida del país en un viaje apasionante ambos la miraron con alegría contenida en sus rostros por la nueva experiencia que iban a vivir. Fue a las puertas de la choza, ante un fuego intermitente en el exterior rodeado de unas piedras y un manto negro cubierto de estrellas que los observaban y que había aparecido cuando se apagaba el nuevo día. Ahora sin embargo ambos deambulaban por separado en un lugar inhóspito, parecido al desierto del que habían salido pero con abundante vegetación, en ocasiones intransitable. Los dos por propio instinto habían permanecido agazapados en el lugar en el que se habían ocultado, uno tras unas rocas y la otra sentada entre la maleza, intentando camuflarse  como si fuese un camaleón. Con los primeros rayos de luz Abeke se puso en pie tímidamente, consciente de que aquellos hombres que la habían golpeado en sus pantorrillas estarían buscándola.  La noche había sido larga, muy larga, y estaba dolorida por la posición que había adoptado al ocultarse. Caminó despacio, escuchando el ruido incesante de numerosos animales a los que no les ponía imagen. De vez en cuando tomaba aire y dejaba salir una voz débil, apagada, inaudible.

-Elin, Elín –se acarició la rodilla derecha que le molestaba al andar-.

Ninguna contestación recibía. Vio como algunos bichejos se ocultaban entre las piedras a su paso y le pareció ver un mono en un árbol que la miraba como ser extraño deambulando por un territorio que no era el suyo. Todo podía ser producto de su imaginación pero, sin embargo, no era así. Volvió a pensar si la idea de saltar del camión habría sido todo lo buena que en un principio apreció como única salida para salvar sus vidas. Allá, donde fueran, al menos podían permanecer juntos. Pero ahora se encontraba perdida, en un sitio que no conocía y buscando a su primo. ¿Qué diría Nmachi si algún día volvían a reencontrarse y le contaba que había perdido al pequeño?

-Elin, Elin.

Se sintió incómoda. Una profunda tristeza invadía su ser. Se puso en cuclillas e introdujo la cabeza entre las piernas. Entonces comenzó a sollozar mientras pronunciaba el nombre de su primo. A su alrededor árboles cuyas ramas buscaban el sol, el sonido alegre de los pájaros cantando sobre ellos saludando al amanecer y el crujir de ramas de otros animales que debían de estar observándola. Entonces pasó algo inesperado…

Alguien tropezó en su espalda y cayó delante de ella. Levantó levemente la cabeza y vio asustada el cuerpo de su primo estampado de bruces ante sus ojos. Sin embargo, lejos de detenerse, se puso de pie y continuó corriendo, como si alguien le persiguiera. Miró hacia atrás pero no vio figura humana ni animal ninguno. Se levantó y comenzó a perseguirlo arañándose con las ramas que cercanas a sus pies invadían lo que parecía un camino.

-Elín, Elín –gritó jadeante y desesperada intentando por todos los medios que se detuviera.

Estaba alegre por haberse topado de forma accidental con él, pero no comprendía su actitud.  Cuando llegó a su altura vio al niño temeroso junto a un árbol. Su rostro estaba descompuesto y la miraba extraviada como quien ve al mismo demonio. Abeke fue a abrazarlo. Cuando lo tuvo junto a él lo besó e intentó tranquilizarlo.

-Todo va bien, todo va bien. Te encontré y saldremos de aquí.

Sin embargo el niño seguía temblando, no había forma de apaciguar aquello que le estuviera ocasionando miedo. La noche pasada en soledad habría provocado en su ser un horror terrible pensó Abeke. Sintió su corazón acelerado.

-Ya ha terminado todo. Ya –le dijo su prima.

Entonces Elin se apartó levemente de ella para mirar al frente. Abeke se dio la vuelta e hizo lo mismo en dirección a donde su primo miraba. En aquel instante vio cómo su alma salía de ella para intentar encontrar una solución.

Dos de los hombres que los habían custodiado en el camión se hallaban frente a ellos, con las varas con los que ya le habían golpeado en alto. Parecían cansados pero a la vez satisfechos por haber dado con los dos mocosos que habían puesto a prueba su paciencia.

-¿Dónde creéis qué ibais? –espetó uno de ellos escupiendo al suelo y golpeándose con la vara la palma de su mano.

Los niños respiraban ahora de forma agitada. Abeke analizó a derecha e izquierda las posibilidades que tenían de huir, pero todo era un manojo de vegetación intransitable. Entonces, cuando los vio avanzar despacio hacia ellos ante la imposibilidad que tenían para  retroceder por el enorme tronco de un árbol que les cortaba el paso se le ocurrió algo; algo que ya, en una ocasión, la sacó de un peligro inminente para su vida.