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“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS I Y II)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS III Y IV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS V Y VI)

LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS VII Y VIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS IX Y X)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XI Y XII) 

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XIII Y XIV)

¨LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XV Y XVI)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XVII Y XVIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XIX Y XX)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXI Y XXII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXIII Y XXIV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXV Y XXVI)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXVII Y XXVIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXIX Y XXX)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXXI Y XXXII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXXIII y XXXIV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXXV Y XXXVI)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXXVII Y XXXVIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXXVII Y XXXVIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS IXL y XL)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XLI y XLII) 

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ”, (CAPÍTULOS XLIII y XLIV)

MARRUECOS

المغرب

CUARENTA Y CINCO

ARGELIA. ARENAS DEL DESIERTO

Los introdujeron a todos separados por sexos en dos barracones alargados sin ventanas de los que se  destinaban para  el ganado. En uno de los rincones había paja y en otro un gran barril que contenía agua. Elin miró asustado al resto de hombres. A su prima se la habían llevado con las mujeres y nada sabía de ella. Todavía en su mente escuchaba los gritos de ella llamándole y pidiéndole que fuera fuerte. Así lo haría. Nadie hablaba, ni siquiera un pequeño murmullo. Todos permanecían cabizbajos, abstraídos en sus pensamientos, mirando hacia el suelo de barro. Aquello tenía los tres ingredientes que habían conocido en el desierto: soledad, miedo y calor. La única diferencia es que tenían agua. Algunos hombres se acercaron y tomaron con sus propias manos formando una especie de cuenco. Él no llegaba a la altura de los bordes del barril y su sed otra vez no le dejaba pensar en otra cosa que no fuera en beber hasta saciarla. Se acordaba de su madre y de su prima, pero su sed ahora era lo único que hacía mella en su cuerpo aún en constante crecimiento. Entonces vio el hombre que le pegó en el desierto acercarse hasta él. Aún tenía sangre emanándole por la parte izquierda de su cara y que provenía de la oreja arrancada por  su propia madre de un mordisco. Pensó que le iba a pegar nuevamente y que ahora nadie le defendería. Se acurrucó e introdujo la cabeza entre sus piernas. Tenía miedo, mucho miedo. Sin embargo aquel hombre se agachó junto a él.

-No temas, mírame –le ordenó Ola.

Elín no era capaz de levantar la cabeza.

-No temas, mírame –le repitió.

Alzó levemente la mirada y le vio allí, agachado junto a él. Tenía sus manos ahuecadas.

-Bebe –le dijo  y le tendió el agua entre sus manos.

Elin no sabía qué hacer. A los demás les era indiferente su pequeña estatura y su debilidad. Aquello era la ley de la selva. Sólo sobrevivía quién era más fuerte. Su madre había partido y ni tan siquiera conocían el verdadero motivo por el que el camión había llegado hasta ellos en el desierto salvando sus vidas. Era verdad que Folami, la hechicera, le había dicho que todo era gracias a su mama, en ello pensaría, a ello se aferraría. Tenía que vivir como fuera. Era preciso hacerlo si quería volver a abrazarla algún día. El niño obedeció y tomó unos sorbos mientras por debajo de las manos del joven se escapaba el resto del líquido. Hizo la misma operación una vez más yendo hasta el barril y volviendo hasta el pequeño con agua entre sus manos. Elin  bebió con más ansiedad.

-Gracias –musitó.

Ola asintió con la cabeza.

-Lo siento –murmuró mientras se alejaba y pareció decirlo como si esas palabras emanaran de su corazón.

Las puertas del barracón se abrieron de repente y unos hombres armados con palos entraron en su interior detrás de otro que parecía al mando.  Era alto, vestía una camisa blanca desgarrada por diferentes lados y estaba completamente rapado al cero. Cuando se situó delante de ellos gritó:

-Los niños –y señaló con un palo hacia su derecha, la salida del barracón.

Los pequeños se pusieron en pie y obedecieron. No dijo más palabras aquel hombre. Otro de los que venían con él se situó detrás de ellos y dejando caer su palo sobre la espalda de uno de los pequeños  les ordenó salir afuera con aspavientos y voces que parecían ladridos de perro rabioso.

-Vamos pequeñas alimañas -gritó.

Elin caminaba en el centro de la fila. Era el más pequeño de todos. Los demás tenían al menos entre trece y quince años. Eran  niños temerosos que caminaban sin mirar a los ojos de los hombres, con su vista perdida en el suelo  del barracón en parte de barro y otra parte de madera que arañaba sus pies descalzos con pequeñas astillas levantadas. No sabía dónde iban pero su corazón se aceleró cuando vio a su prima con las demás niñas montadas en el camión al que le conducían. Allí le subieron tras recibir algún empujón y fue corriendo a refugiarse entre las piernas de Abeke que le acogió con una alegría contenida. Cuando lo tuvo junto a sus pies besó su cabeza. El camión se puso en marcha con dos hombres sentados en cada uno de los extremos de la parte trasera de la  caja para evitar que ninguno saltara en busca de la libertad que perdieron cuando sus padres decidieron abandonar sus pueblos y aldeas en busca de algo mejor para ellos.

-¿Dónde nos llevan? –murmuró con lágrimas en los ojos el hijo de Nmachi.

Su prima solo le volvió a besar entre los rizos negros de su cabeza.

-No temas. Yo te protegeré.

El camión levantó el polvo del camino y tambaleándose entre los baches  dejó atrás los  barracones que acogían a los adultos, hombres y mujeres que habían pasado con ellos los últimos días en el desierto. Elin observaba el paisaje árido y desconocido para él. No se diferenciaba mucho del desierto en el que había vivido los últimos días a no  ser por algunos árboles que llegaba a divisar y numerosas piedras de tamaños tan diferentes como las montañas que se observaban en el horizonte con picos inalcanzables, dispuestas como si se trataran de triángulos de forma sucesiva las unas con las otras.

-Tengo miedo. Echo tanto de menos a mí mama.

Las lágrimas recorrieron sus pómulos negros. Su prima comenzó a cantar junto a su oído la canción que susurraba a su madre en el lecho donde esperaba a la muerte. En ella hablaba de una mujer fuerte y poderosa que todo lo podía, a quien nada ni nadie detenían en su recorrido por recuperar a su hijo. Elin aguantaba su pena mientras la escuchaba. Los demás niños la miraban y también parecían tranquilizarse con el sonido de la canción cantada con dulzura. El camión se alejaba cada vez más de los barracones, que ya parecían la figura de una mosca en la distancia y fue en busca de las montañas que frente a ellos, como gigantes, se alzaban poderosas y bellas.

El paisaje árido y desértico dio paso a otro donde las palmeras invadían la zona izquierda de la marcha que llevaba el camión en el que viajaba Abeke y su primo Elin. Los niños permanecían abrazados y, como ellos, todos los pequeños que habían sobrevivido al desierto viajaban hacia un lugar incierto. Algunos lloraban y otros gemían llamando a sus padres que, obligados por aquellos hombres armados con palos, tuvieron que quedarse en los barracones. Abeke observaba todo cuanto acontecía en aquel habitáculo con minuciosa serenidad. El tiempo transcurrió lento entre sollozos del pequeño y las canciones de ella. Llevaban viajando al menos seis horas y la noche empezaba a aparecer sobre sus cabezas. Pronto no se vería nada. El viento golpeaba sus rostros mugrientos y la sed, como la que pasaron en el Sáhara, había vuelto.

-¡Eres un valiente! –le dijo Abeke a su primo.

El niño escuchó con satisfacción las palabras de su prima. Se lo dijo tan despacio al oído que nadie lo habría oído, menos aún los dos hombres que se sentaban en la parte final de la caja del camión y que no perdían de vista a los menores con aquellas varas largas de fina madera que alcanzaban a dar a cualquiera de ellos ante el menor intento por moverse. Allí en la caja del camión viajaban hacinados como ganado; no cabían todos en el interior y se apretujaban los unos con los otros. Por eso como Abeke hacía con su primo, muchos debían de aguantar sobre sus cuerpos el de otro niño. No les dejaban levantarse ni para orinar, lo debían de hacer encima. El olor putrefacto invadía todo pero, al estar descubierta la caja del camión, hacía algo más respirable el ambiente. Abeke respiró hondo y volvió a susurrar:

-Dentro de poco será noche cerrada –miró la abundante vegetación y árboles que ahora se presentaban ante ellos entre las sombras del cielo negro. Parecía como si estuviesen entrando a la selva. A ambos lados crecían árboles de todos los tipos –Y hoy no hay luna.

Su primo no entendía a qué se estaba refiriendo Abeke. Dejó pasar el tiempo y otra vez se acercó hasta su oído. Ahora era difícil llegar a distinguir las figuras humanas aunque la tuvieses a dos palmos de la cara. El camión seguía viajando. Los dos hombres de la caja no se llegaban a ver desde donde ellos estaban, pero Abeke pensó que estarían dormitando ante el ronquido que emitía uno de ellos.

-¿Sabes jugar a las sombras? –susurró nuevamente al oído.

-No –musitó el pequeño Elin.

-Vamos a convertirnos en sombras.

Abeke sabía que los laterales de la caja del camión no eran altos. Si se ponía de pie con presteza y su primo hacía lo mismo aprovechando la oscuridad podrían saltar y correr hasta perderse en la vegetación. Por vez primera en su vida creyó que los dioses estaban con ella. Le dijo a su primo lo que pretendía. El niño la escuchó temeroso, tenía miedo de que los cogieran mientras intentaban escapar y les pegaran fuerte con las varas quizás hasta ocasionarles la muerte. Había escuchado los gritos de los niños que recibían varazos en sus espaldas. Sus llantos.

-Hazme caso. Cuando te bese en el oído ponte de pie, te ayudaré con mis manos a saltar del camión. Cuando lo hagas corre a esconderte como si un lobo te persiguiera.

-Me perderé.

-No, sé fuerte. Yo te encontraré. Jugaremos a ser sombras en la noche.

MADRID

El coche con Andaya en su interior viajaba a toda velocidad. Mientras, no muy lejos y en la misma ciudad, la luz del apartamento estaba apagada y la oscuridad reinaba por encima de todo. Era imposible atisbar a alguien más allá de medio metro. Martínez conocía bien su trabajo y no le costó manipular la cerradura de la puerta ni tampoco conocer el lugar donde vivía la persona a la que buscaba. El caballo del ajedrez del mal. Sentado en un sofá  escuchó como alguien la abría y una respiración jadeante tras ella. Conocía que pronto iba a llegar su momento. Contó mentalmente los pasos que llevaban desde la entrada al primer interruptor de la luz: uno, dos y tres. Entonces sonó su voz seca.

-Si le das al interruptor, una bala se introducirá en tu frente y mañana solo serás un recuerdo para tu madre.

Silencio. El hombre se quedó paralizado.

-A tu derecha hay una silla. Tómala y siéntate. Debemos de hablar sobre un asunto extremadamente importante.

Martínez contó otra vez los pasos que llevaban hasta el lugar donde había indicado a su interlocutor que se debía  sentar: uno, dos. La silla. Escuchó cómo la corría levemente y tomaba asiento. No se veía unos centímetros más allá de donde él se sentaba por eso el caballo que él consideraba acompañaba al rey en todas sus acciones no sabía quién le hablaba.

-¿Quién eres? –preguntó.

-Alguien al que conoces. Si contestas a lo que te voy a preguntar no te pasará nada malo –hizo una pausa- creo –y dejó en el aire lo que el otro pudiera pensar.

Silencio. Intentó levantarse para dar la luz.

-Si la enciendes no vuelves a  ver un amanecer.

Martínez estaba decidido a disparar si el hombre al que se dirigía y que había estudiado sus movimientos en los últimos dos días no le obedecía. Se volvió a sentar.

-¿Qué deseas de  mí? –preguntó una voz quebrada ahora por el miedo.

Martínez se tomó su tiempo antes de contestar.

-Una dirección.

El sonido de la respiración era lo único que llegó hasta Martínez. Sabía que el joven al que se dirigía estaba asustado por la forma en que dejaba entrar el aire a sus pulmones y luego lo expulsaba. Se preguntó el inspector si el temblor de su mano por la falta de alcohol le haría atinar en la frente en caso de que fuera necesario.

-¿Una dirección? No acabo de entender.

-Le refresco su memoria. Iglesia del Santo Sepulcro, párroco asesinado, colombiano asustado porque no sabe dónde está su hija María, familias destrozadas por la extracción y desaparición de sus pequeños o aparecidos sin vida metidos en sacos a las afueras de la ciudad. Sabes mucho del tema. No pretendas hacerme pasar por idiota. Hace mucho tiempo que dejé de serlo.

-No sé de qué me está hablando, se lo aseguro -espetó.

Martínez hizo sonar el “clip” metálico del silenciador aplicándolo sobre su revólver que ya había recuperado de su entierro en el retiro sin llegar a apretarlo del todo. Siempre le acompañaba el arma en sus viajes al mundo del alcohol para ver si entre trago y trago apretaba el gatillo de forma directa a su sien; pero aquello fue mucho antes de la decisión tomada un día de resaca cuando la enterró entre aquellos dos árboles en el mundo universal del parque del retiro madrileño. Ahora, al rescatarla nuevamente, no le había abandonado ni una sola vez desde que iniciara su trayecto ya sin retorno que comenzó en la Iglesia del Santo Sepulcro y que nació mucho antes, en las conversaciones con aquel infeliz con el que compartía borracheras y que la necesidad le acució a vender el riñón de su propia hija. Pero no era esa arma la que pensaba hacer disparar. Solo lo haría si no obedecía a cuanto le ordenaba o intentaba cualquier artimaña. No le importaba que no contestara a sus preguntas pues ya había tomado una decisión con respecto a él en casa de Gloria y de Kevin. Se las apañaría para seguir investigando. Lo había hecho muchas veces y en peores situaciones se había encontrado.

-María. ¿Le suena el nombre? Busco respuesta a mi pregunta: una dirección –adujo de forma seca sentado con sus piernas cruzadas y su abrigo roído y viejo tapando lo que ocultaba debajo de él, con su mano tomando el arma y que apuntaba de forma directa al lugar en el que se sentaba su interlocutor.- Es la última niña secuestrada por la organización a la que usted da cobertura. Necesito  una dirección y unos nombres.

-Le insisto, no sé a qué se refiere. Por otro lado, ¿sabe que lo que acaba de hacer es allanamiento de morada?

No hubo respuesta.

-Soy hombre de poca paciencia –apretó el gatillo y un sonido ahogado se escuchó en la habitación. En el último momento había girado levemente el arma y la bala fue a impactar contra una repisa metálica que se situaba llena de libros a la derecha de quien le hablaba haciendo volar alguno de ellos hacia el suelo con sus páginas destrozadas.

-Dios, no, no… por favor, no… –alzó la voz intentando levantarse de la silla.

-La próxima vez no fallaré –masculló diciendo la verdad- Siéntate –le ordenó.

-No sé dónde las llevan, no lo sé, de verdad, yo solo soy el intermediario entre el gancho y las Mafias. Cuando tienen a su presa no sé nada más.

Martínez guardó un breve pero intenso silencio.

-¿Cuánto recibes por ello? –le hubiera gustado tener una botella de vino sobre sus rodillas.

-Seis mil euros por niño.

Martínez sintió náuseas.

-Tu trabajo consiste en ayudar a la sociedad. ¿Por qué te has pasado al otro bando?

Silencio.

-Quiero una dirección y un nombre. Vas a sacar tu móvil y vas a realizar una llamada. Ya sabes a quién. Les dirás que has limpiado el rastro del párroco, aunque ellos ya lo sabrán. Les preguntarás por la niña, si sigue viva y, ante todo, dónde está, por el tema de la vigilancia que haces para ellos desde dentro –Martínez hizo nuevamente sonar el silenciador. –Pon el altavoz del móvil, deseo escuchar.

Obedeció esta vez sin dudar. Si aquella persona quien quiera que fuese ya había hecho disparar su arma, estaba seguro que lo haría sobre él. La llamada no se hizo esperar. Con manos temblorosas y un sudor frío recorriendo su frente marcó un número.

-Todo barrido –le escuchó Martínez decir cuando al otro lado atendieron la llamada-. ¿Y la presa? ¿Dónde estáis? Debo supervisar la zona por seguridad para todos –su voz se quebraba y el inspector pensó si no se darían también cuenta quienes habían recibido su llamada de que algo extraño le estaba ocurriendo. Era fácil distinguir en el tono de voz el miedo, la ansiedad, el terror.

-Tú siempre tan perspicaz –escuchó decir con tono de voz enlentecido por quien no maneja aún bien el idioma.

-¿Está operando Ewashiba?

-No, no, se recupera de una inyección de anestesia –risas-.

-¿Qué pasó?

-La negra la lío.

-Andaya, pero si es un cie…lo- tartamudeó.

-Qué va, intentó hacer algo por la niña, ¿sabes? ¿Cómo llaman al síndrome del carcelero que a final siente pena por su presa?

Pánico al otro lado por quién le escuchaba. Sudor frío recorriendo su sien algo que Martínez no podía ver.

-¿Y dónde está ahora?-eludió la pregunta. Martínez escuchaba.

-La llevamos a pasear con los perros –risas-. La van a echar directamente a los canes sin anestesiar,  ya sabes. Tienen hambre, mucha hambre y ella les dará carne para unos días –miró hacia la parte de atrás donde iba Andaya montada en el centro, entre los dos jóvenes.

-Pregúntale dónde la llevan –le inquirió en voz baja Martínez.

-¿Dónde tenéis a los perros?

-A las afueras, cerca del poblado de chabolas en el Distrito de Carabanchel. En la fábrica de carne triturada de  Azgba. Allí no buscarán. Vamos camino del lugar pero antes debemos pasar por casa del Senador. Tiene unos nombres, ya sabes, de futuros compradores. A él nunca le gusta dar instrucciones por el móvil, por si lo tiene pinchado.

Silencio.

-Pregunta si han extraído los riñones a la niña –le ordenó en voz baja Martínez.

-¿Han extraído ya los riñones a la pequeña para su traslado?

-No, no, el receptor ha desaparecido cuando le diste puerta al cura.

Risas.

-Iré a veros.

-Pregúntale dónde tienen a la niña.

-¿Dónde tenéis a la pequeña?

-Está con Ewashiba, que espera instrucciones de Azgba. En el número dos de la calle Arcipreste. Azgba me pidió que te llamara para que limpiaras la zona de polis.

-Bien, me ocuparé de que todo esté limpio –le dijo algo más calmado.

-Te llamaremos –recibió las últimas palabras del carnicero.

Unos segundos después cortó la comunicación.

-La niña está  bien. El receptor voló al conocer la muerte del párroco –quiso explicar algo que ya había oído-¿Qué hará? ¿Irá a la Policía? ¿Me dejará marchar?

-Solo tengo una respuesta para esas preguntas. ¿Quién es Andaya?

-Es la negra que ha cuidado a los niños. Parece ser que se ha extralimitado y se ha rebelado contra el médico que iba a operar. La llevan a la fábrica de carne que hay en el Distrito de Carabanchel, cerca de las chabolas. Allí tienen a unos perros hambrientos que la harán desaparecer. Así actúan con quien no cumple las normas.

Martínez se estremeció.

-Dime el nombre completo del Senador –le lanzó una libreta y un bolígrafo junto a sus pies- Su dirección y el nombre de la persona que os dirige.

-Don Mateo.

-Su nombre completo y dirección.

El joven lo escribió todo aprisa, extremadamente nervioso. Sudaba. Cuando hizo lo que Martínez quería se lo devolvió lanzando hacia él la libreta. Pensó en que podría hacer lo mismo, lanzarse hacia él y arrebatarle el arma. Pero no sabía si le alcanzaría antes de que la bala hiciera lo propio con su persona. Observó el temblor en sus miembros inferiores. Tenía miedo, mucho miedo.

-¿Cómo ha llegado hasta mí? –preguntó casi tartamudeando-

-Digamos que con las mismas malas artes que nunca debiera haber utilizado un policía como  usted con los demás. Menos aún con niños.

Silencio.

-¿Me conoce?

-Le vi dos veces.

-¿Dos…dos ve…ces? –tartamudeó.

Martínez asintió con la cabeza pero estuvo seguro de que a quien le hablaba no podía verle.

-Dos veces –confirmó- Suficientes para saber quién se esconde debajo del caparazón de policía.

CUARENTA Y SEIS

ARGEL. PRISION CIVIL DE BILDA

Nmachi veía pasar el día a través de un ventanal alto en una de las esquinas de la larga sala en la que estaba siendo atendida de la brutal violación que sufrió a manos de los guardias de frontera cuando lo único que intentaba era alcanzar Argel para pedir ayuda. Los llantos de las demás enfermas le traían del mundo de los recuerdos al que viajaba de forma constante para poder ver la imagen de su hijo, sobrina y esposo. Había soñado con Mustafá, con Elin y con su sobrina Abeke y se había visto fuera de su tierra, del desierto, en un lugar cálido, y también  había apreciado la felicidad en lo sencillo, en aquello que no se valora en el día a día: estar junto a los que te quieren. Ahora todo era una pesadilla que no iba a terminar jamás. Observaba a la enfermera hacer su trabajo con la premura y prisas que este requería pero sin poder atender las demandas que recibía de la multitud de pacientes que allí estaban postrados. Al pasar junto a ella le gritó apenas sin fuerzas:

-¿Cuánto tiempo estaré aquí?

La mujer siguió haciendo sus tareas sin prestarle atención. Se fue directa a atender a una mujer joven que no dejaba de sangrar por la boca. Aplicaba con cuidado las vendas e intentaba taponar la salida de la sangre. Cuando terminó y pasó junto a ella, Nmachi alargó su mano de dedos finos y alargados y consiguió agarrarla de la muñeca.

-Te hice una pregunta y no me contestaste –le habló fatigada.

La enfermera la miró fijamente a los ojos. Era de edad mediana, quizás pasados los cincuenta, y su pelo canoso se apreciaba debajo del pañuelo negro que lo intentaba ocultar. Sus brazos presentaban las arrugas del tiempo y su rostro blanquecino el de la desesperanza.

-¿Quieres saber el tiempo que estarás aquí?

Nmachi asintió con la cabeza.

-El tiempo medio de las que llegan es de dos años, con suerte.

Nmachi recibió aquellas palabras como un golpe sobre su cabeza con un martillo.

-¿Dos años? ¿Por qué he de estar aquí dos años? En unos días estaré bien y podré marcharme –dijo dejando entrever en sus labios la desesperación. No podía estar allí ni un solo día más; la vida de su hijo, de su sobrina, de los demás había dependido de ella. No podía fallarles. Ya les había fallado tomando una decisión errónea al decidir salir de su país. Una vez más supondría la muerte de todos ellos el estar parada sin hacer nada, aunque ya solo existiera una nimia esperanza de hallarlos con vida.

-No, parece que no has entendido –se soltó de forma brusca del brazo la enfermera-. Estás en una prisión civil: tu delito es haber entrado de forma clandestina en Argelia. No cogieron a las mafias que te trajeron hasta aquí pero te tienen a ti. En dos años con suerte tendrás juicio donde decidirán si te devuelven a tu país. Las cosas van lentas en la justicia de nuestra nación. Lo siento –y pareció decir aquellas palabras con sentimiento profundo-.

La enfermera la dejó con la palabra en la  boca. “No podía ser posible” pensó. Había sido víctima de una violación por parte de los propios soldados y ahora era ella a la que iban a juzgar. No quiso llorar pero le hubiera gustado hacerlo. Tampoco quería volver a su país sin los suyos pero aquello ya no parecía depender de ella. Volvió a maldecir el día en que decidió salir de la tierra que la vio nacer. De pronto vio un punto negro ante ella que se fue agrandando hasta hacer completamente oscura su existencia.

-Hay una forma de salir de aquí –le dijo una mujer tumbada en la cama de al lado. Tenía los ojos vendados. Así la había visto desde que tuvo conciencia al despertar.

Nmachi giró la cabeza para verla mejor. Se veía joven aunque su aspecto estaba demacrado. Bajo el pañuelo oscuro que tapaba su visión existían unos pómulos sobresalientes. Estaba igualmente atada a ambos lados de la cama con vendas que sujetaban sus manos a los hierros que sobresalían del jergón donde descansaba.

-¿Cuál? –preguntó con pura inocencia.

La chica permaneció unos segundos callada. Luego espetó con rabia:

-¡Tu cuerpo!

Nmachi supo a lo que se refería. Sin conocer mucho del lugar donde estaba ya había comprobado lo que habían hecho con ella unos desaprensivos guardias de fronteras.

-¿Por qué tienes los ojos vendados?

Una mueca en sus labios delató su profunda pena.

-Denuncié a mi carcelero por abusar de mí.

Nmachi se mordió los labios de pura impotencia. Creyó apreciar que sus palabras se rompían en pena al salir de su boca.

-¿Cuánto tiempo llevas así?

Un breve silencio lo invadió todo. En aquel momento incluso cesaron los gritos de dolor de otras enfermas del pabellón carcelario como si desearan escuchar la respuesta que iba a recibir la mujer que atravesó el desierto del Sáhara junto a su familia.

-Dos meses sin ver nada más que oscuridad, sin estar enferma –hizo una breve pausa antes de seguir-. Siento como las yagas de mis nalgas hierven. No me han movido desde entonces.

Nmachi aún a pesar de la dureza de las palabras de aquella mujer, la veía con una fuerza innata interior que le hacía luchar contra su cruda situación: daba un ejemplo terrible. Ella no iba a desesperarse por su nueva vida. Buscaría a los suyos con la fuerza que aquella mujer transmitía si quedaba tan solo una posibilidad de que estuvieran vivos. Escaparía de allí como fuese e iría en busca del hombre que la salvó. Luego recorrería el camino necesario hasta llegar al punto exacto del Sáhara donde debían estar aún sus cuerpos sin sepultar si habían muerto. Con sus propias manos los enterraría uno a uno en las arenas cálidas del ogro que los engulló pausadamente.

-¿Cómo podría ayudarte? –le preguntó sin convicción, sabiendo que nunca podría hacerlo.

La mujer giró su rostro en el que no se dejaban ver sus ojos. Entonces le dijo algo que nunca olvidaría:

-Sálvate y denuncia lo que ves. Alguien algún día te escuchará y evitará que otras pasen por mi calvario.

Nmachi digirió la respuesta como pudo. Cuando su cerebro la asimilara, ella pondría en marcha aquellas palabras recibidas en forma de consejo por la experiencia de alguien que sufría.

MADAYA. SIRIA

El Cheek Poinst se detuvo en una zona muy oscura. “Habían llegado a su destino” pensó Mustafá. Ahora tocaba dar  media vuelta y salir de allí lo más rápido posible una vez dejaran a los dos combatientes, al hombre que iba al lado de Yuma y a la mujer que le había enseñado los explosivos adheridos a su cuerpo. Desde que llegaron no desapareció del olfato de Mustafá el olor a muerte que destilaba aquella población. Su vista alcanzaba a ver poco. La mujer con los explosivos adosados a su cuerpo fue la primera en bajar. Gritó unas palabras en árabe que no llegó a entender el esposo de Nmachi. El hombre que les acompañaba en la parte delantera también se bajó y rodeó el vehículo por la zona delantera. Todo era oscuridad. Mustafá pareció entender que iba a intercambiar unas palabras con el joven Yumas. Sin embargo lo que aconteció tardaría tiempo en volver a olvidarlo, si es que la barbarie se puede olvidar. Mustafá le observó sacar el revólver de su espalda donde lo había visto oculto desde que partieran de Alepo y, antes de que Yumas pudiera decir nada, recibió un tiro en la sien ante los gritos desesperados del rata, el niño Abdel que se llevó las manos a los ojos para no ver lo que ya estaba acostumbrado a sufrir.

-Yumas, Yumasss, Yumas –gritó intentando mover su cuerpo inerte caído sobre el lado del acompañante.

Mustafá se quedó sin palabras. No comprendió la acción quizás premeditada de aquel individuo y pensó que él sería el siguiente. Sin embargo abrió la puerta trasera y les gritó en árabe.

-Quiere que nos bajemos –dijo Abdel Salam.

Yumas quedó tendido en el vehículo con un agujero cerca de su ceja y parte de su cerebro esparcida por el salpicadero. La mujer no se inmutó ante la acción de su compañero.

-Vamos, vamos –atinó a murmurar, pues no tenía palabras ante lo que había vivido, Mustafá.

Se bajaron y el joven les indicó la dirección en la que debían de andar hacia el frente.

-Quiere que vayamos hacia allí –señaló un punto oscuro en el horizonte.

Mustafá obedeció.

-Nos matará, nos matará, Abdel.

-Anda, obedece y anda.

Ambos, con las manos en alto, caminaron en la dirección que les indicó el hombre. Mustafá giró la cabeza y vio cómo él pisaba por donde ellos lo hacían. Era extraño pero ponía los pies en el mismo sitio que momentos antes lo había hecho Mustafá al que seguía muy de cerca. La mujer seguía los pasos del pequeño. El francotirador no entendió.

-Minas –dijo el rata- Caminamos por un campo de minas y…-silencio.

-Lo hacemos delante de él y seremos los primeros en volar –añadió el esposo de Nmachi comprendiendo ahora a la perfección lo que estaba pasando.

Nuevos gritos en árabe.

-¿Qué quiere?

-Que nos callemos –dijo en voz baja Abdel-.

-Pues cállate –musitó para sí-.

Y siguieron caminando por donde les había indicado, pisando levemente donde ponían el pie, desconociendo si iban a morir al pisar una mina o por la voladura de sus cabezas como ya vieran que hizo con el joven y valiente Yumas.

-¿Ves algo al fondo? –preguntó Mustafá.

El niño no contestó al momento. Luego dijo algo que heló su sangre.

-Sí –y calló-.

-Dime, pequeño roedor –le hablo tan bajo que creyó no le habría escuchado.

-¡Nuestra muerte, veo al fondo nuestra muerte!

Mustafá dejó que sus ojos se nublaran. Sabía que de aquel trance ya no los libraría nadie. Solo, precisamente, quien había indicado el niño.

OHIO

Cuando Sarah despertó se encontró atada de manos y pies a los cabeceros de la cama donde estaba postrada en la casa de Annika. Tenía la boca tapada con un pañuelo y en el interior habían introducido otro para impedir cualquier tipo de grito. Sus ojos los cubría otro trapo de color negro. Sintió como Annika rezaba cerca de ella. Se estiró intentando liberarse de sus ataduras, pero aquella tarea titánica era prácticamente imposible. Ahora, al menos, podía respirar, pero desconocía el tiempo que había pasado sin conocimiento. Su cuerpo emitió un ligero estremecimiento cuando una mano ruda empezó a acariciar sus muslos hasta ascender despacio hasta su vagina. La habían despojado de su ropa pues un frío intenso la tenía aterida. Intento gritar pero sus cuerdas bocales estaban taponadas por aquel trapo introducido a conciencia en su boca. “Papa, Papa” musitó para sí. Sintió como alguien le lamía el pezón y quiso morirse. La mano seguía ascendiendo por la entrepierna y el gemido de la persona que abusaba de ella lo pudo escuchar como también escuchaba los rezos de la bella Annika. “¿Por qué, por qué no me ayudas, Annika?” Intentó centrarse para conocer si tenía tan solo una única oportunidad para escapar de aquella situación, pero cada vez que forzaba manos o pies, sus ataduras parecían cortar sus muñecas y los tobillos. Dejó que todo transcurriera  como decía Annika: Es la voluntad de Dios. Suspiró hondo y  pudo apreciar como una lágrima se escapaba por debajo del pañuelo negro que tapaba sus ojos. Después de aquella noche, si vivía, no volvería a ser la misma. La persona que la tocaba se levantó del lateral de la cama donde ella yacía. Lo pudo apreciar al inflarse algo más el colchón natural relleno de hojas silvestres que serviría para el descanso de la bella Annika y de su esposo fallecido días atrás en extrañas circunstancias en el establo. Parecía situarse delante de ella, junto a sus pies. Estaba segura de lo que ahora iba a hacer.

-¡Gottes Wille! –le escuchó decir.

–¡Gottes Wille! –escuchó la voz de la joven Annika dejando de lado sus rezos.

Sarah se retorcía todo lo que su cuerpo le permitía ante la pasividad de Annika y recordaba cómo había sido tomada con fuerza por aquel brazo poderoso que también tapó su boca y le impidió gritar y  respirar. Sus ojos se habían vuelto blancos ante la falta de oxígeno que llegaba muy limitado por aquella forzada posición. La última imagen que vio antes de perder el conocimiento y despertarse atada a aquella cama fue la de  Annika levantarse en la estancia de la casa donde ambas había estado hablando. Entonces pensó que la iba a ayudar pero, sin embargo, se fue hacia la vela y la apagó.

-Es la voluntad de Dios –retumbó otra vez aquella maldita frase que ya escuchara cuando su padre apareció muerto en el camino sobre el Buggys.

El ogro que la tenía retenida se encontraba ahora en la parte delantera de la cama, cerca de sus pies, en una  habitación en penumbra. La cama se encontraba  debajo de una ventana que daba de forma directa al bosque en aquella cabaña baja realizada con madera sobre una base de piedras extraídas de una de las montañas que circundaban toda la comunidad.  Sentía ahogo y su tez se amorató a consecuencia del pañuelo que estaba introducido en su boca. El hombre se posó sobre ella. Tras unos segundos de encarnizada lucha para no dejar hacer lo que él pretendía se sintió desfallecida y, al instante, perdió el conocimiento. Lo último que recordó fue la imagen de Annika en el bosque que se podía ver a través de la ventana que sobre su cabeza en la cama dejaba pasar la luz de la luna a la habitación.

Sarah esperó a que terminara lo antes posible cuando volvió en sí y alguien retozaba sobre ella. Pensaba ahora sí, que aquello era la voluntad de Dios quizás inventada por esos dos seres enfermos. Entonces ocurrió algo que la joven recordaría el resto de su vida. A través de la ventana  una voz totalmente reconocible para ella se escuchó. Aquello era  imposible. Esa voz no podría pertenecer a esa persona. La reconocería aunque le hablara debajo del agua o sobre una montaña estando ella en la parte baja de la misma. La había escuchado tantas veces en su vida…

Sin embargo allí sonaba el tono de voz de quien había dejado al anochecer antes de marchar hacia la cabaña de Annika:

-¡Gottes Wille! –Gritó desde fuera de la cabaña, palabras que se adentraron por el hueco de la ventana y llegaron hasta los captores de Sarah- ¡Gottes Wille!

Un disparo resonó. Y luego otro. “Pum. Pum”. El estruendo debió escucharse en toda la comunidad. Sarah apreció el cuerpo inerte al caer al suelo desplomado desde la cama  y sintió un gran alivio. Momentos antes y por la sorpresa de quien le gritaba desde fuera se había levantado de su cuerpo. Quien fuera quien la hubiera tocado debía yacer muerto o gravemente herido. Sarah volvió a llorar, esta vez de alegría. Esa voz era la de ella, no cabía duda alguna. Ahora, por primera vez, se alegraba de que la voluntad de Dios la hubiera salvado a través de la persona que jamás hubiera podido imaginar.