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POR LUIS HEREDIA, ABOGADO Y ESCRITOR

“Algún día la escupirá”, pensó.  “Y entonces la podré abrazar aunque esa sea la última vez”, meditó.  Y sacó de la bolsa roída que portaba colgada de uno de sus brazos una muñequita de trapo. Las confeccionaba del tamaño de un puño con los trapos que cogía de los contenedores de basura de la ciudad. Las hacía durante la noche, mientras se acordaba de su muñeca de trapo allá en el albergue donde le daban cobijo y, durante el día, vestido de payaso con una peluca amarilla, una nariz postiza roja que no se quitaba ni para dormir y  toda la cara pintada de colores chillones para ocultar el dolor de sus ojos, se las entregaba a las niñas pequeñas que dentro de los vehículos se detenían ante el semáforo en rojo que en multitud de calles aledañas al paseo de la Castellana en Madrid, eran testigos silenciosos del hacer del payaso de Alepo. Porque de allí venía ese abogado que en su día hizo cientos de juicios ayudando a los demás. Ahora, vestido de dar felicidad a pequeñas que le sonreían cuando recibían la muñequita de trapo, se acordaba de ella. Y todas sus muñequitas tenían pintada una boca triste y lágrimas en sus ojos. Pero las niñas miraban al payaso y le sonreían, algo que no hacían sus padres que, con desganas, como la humanidad, le entregaban alguna moneda. Porque la humanidad los dejó a ellos salir sin escoltar y buscar un mundo mejor siempre atravesando el ogro del mar. Y fue allí entre las olas que rugían, donde decidió cuando pasó todo que dedicaría el resto de su vida a hacer sonreír a muñequitas vivas. Y se vistió de payaso para aplacar el pinchazo de su alma, la ira que sentía ante las gentes que los veían como terroristas en sus televisores cuando solo eran seres humanos intentando hacer algo tan básico como salvar su existencia de las bombas. Porque en su ciudad las bombas caían sin descanso, los barriles explosivos silbaban bien temprano, al amanecer, y las balas eran como el café de la mañana de cualquier ciudadano del  Madrid donde ahora entre sus calles malvivía Anas al Basha, el abogado de Alepo reconvertido a payaso. Y fue allí con el torso torcido hacia abajo por el dolor ante lo que le acababa de pasar, en la barca que mecía la furia de la naturaleza y que además estaba pinchada, donde surgió la idea cuando  ya se acercaba a la costa de Grecia. Su muñequita de trapo se la había arrebatado de entre sus brazos el mar, no pudo sujetarla y la barrida de la ola se la llevó para siempre al fondo de sus entrañas. Sólo tenía tres años y sonreía sin parar. Era su vida.  Su muñequita de trapo será escupida por la garganta del ogro algún día y llegará a alguna playa de Europa. Entonces todos se echarán las manos a la cabeza y nadie sabrá que su padre era Anas al Basha, el payaso que un día no muy lejano en la memoria fue un abogado que luchaba por conseguir justicia para los demás.

“Algún día la escupirá y entonces la podré abrazar aunque esa sea la última vez” Cuando la niña recibe la muñeca de trapo dentro de su vehículo camino del colegio mientras su padre o su madre sacan una moneda, no sabe que en el alma de aquel ser inerte que recibe su hija está la de la pequeña hija de Anas al Basha, al que el mar, y la sociedad de brazos cruzados, se la arrebató.

PARA TODOS LOS NIÑOS Y NIÑAS DE ALEPO QUE SE TRAGÓ EL MAR.