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POR JUAN CARLOS TORRES GALIANO, cinturón negro 4º DAN de taekwondo y director técnico del Club Deportivo Athenas 

Antonio Heredia Herrera, José Jódar LLinás y Eduardo Jódar LLinás participaron el pasado 17 de diciembre en el VIII Open Internacional de Andalucía de Taekwondo, torneo de gran prestigio a nivel nacional, en el que, en esta edición, han participado 503 taekwondoines de Portugal, Dinamarca, Andorra, Marruecos, Castilla y León, Castilla La Mancha, Baleares, Canarias, Euskadi, Murcia, Valencia, Madrid, Cataluña, y Melilla, además de clubes de las 8 provincias andaluzas. Antonio y José participaban representando al CLUB ATHENAS, mientras que Edu (que pertenece al mismo club), representaba a la selección andaluza. Antonio consiguió la medalla de plata en la categoría +73kg junior; y José, la medalla de bronce en la categoría -66kg junior. Edu no pudo pasar del primer combate en la misma categoría de su hermano.

El mundo del deporte se relaciona a menudo con la épica. Grandes remontadas conquistadas a base de corazón y fe inquebrantable en la victoria. Lecciones de pundonor ofrecidas por atletas que, a pesar de caer lesionados durante una prueba, se niegan a rendirse, se ponen en pie y finalizan el recorrido cojeando y con el dolor y el sufrimiento físico tatuados en sus caras, porque uno no dedica su vida, su sudor, su sangre y sus lágrimas a prepararse día tras día, sacrificio tras sacrificio, para en un momento fatal caer derrotado sin luchar. Vidas de deportistas que debieron superar situaciones familiares o personales traumáticas, o luchar contra un entorno adverso, digno de una película hollywoodiense, hasta convertirse en grandes mitos del deporte. Esas historias que todos hemos visto o escuchado alguna vez en los medios de comunicación, o acompañadas por una música hanszimmeriana y relatadas a golpe de frase inspiradora en internet.

Pero el mundo del deporte está lleno de otras muchas historias anónimas, aparentemente menos bigger than life, pero que también hablan de superación personal. Historias que quizás no alcancen para crear un guión de cine o para aparecer en programas de televisión, pero que sirven a sus protagonistas y a quienes les conocen para demostrar que la voluntad de un hombre (o de una mujer) a veces marca la diferencia. Historias que no llegan a cambiar el mundo o inspirar a millones de personas, pero que logran transformar a un solo individuo en una mejor versión de sí mismo. Historias que no aparecerán en ningún libro superventas, pero que se escriben con tinta de sudor y amor propio.

Historias como la de Antonio, un chaval apasionado del fútbol, pero que encontró en el taekwondo la inspiración para ir más allá de los límites que, en principio, todos (incluido su entrenador), habían predicho para él. Un adolescente que, con 13 años y apenas 1’70m de altura llegó a pesar 103kg. Ese «chico gordito» al que los aficionados al Real Jaén solían ver periódicamente en el Nuevo Estadio de La Victoria como recogepelotas, no se conformaba con ser uno más, y en sólo 9 meses perdió 23kg porque su ilusión era competir y ser campeón de taekwondo. Y dos años y medio más tarde, se sube al tapiz para participar en un Open Internacional de Andalucía (uno de los torneos de mayor prestigio dentro de la geografía nacional), y llega a semifinales, donde vence con solvencia a un excampeón de España. Y se planta en la final. Y ahí es capaz de igualar un marcador en contra y mantener igualado el tanteo hasta los últimos 3 segundos del combate, en los que una penalización (no una patada, que su rival es incapaz de conectar en el cuerpo antaño ‘fofo’ y hoy rocoso de Antonio, quien se defiende como un jabato) concede un punto al actual campeón de España de clubes, privando a nuestro héroe del dulce sabor de la victoria final. Y Antonio se deja caer sobre el tapiz y llora. Llora porque lo ha tenido en la mano y se le ha escapado por una trampa de su mente, que le ha hecho arriesgar más de la cuenta. Pero enseguida se repone. Porque sabe que lo que ha ganado hasta ahora en la vida es más importante que la medalla que no ha podido lograr esta vez; y se vuelve a casa convencido de que, la próxima vez, no dejará pasar su oportunidad.

O como la historia de Jose (así le gusta que le llamen, sin tilde; Jose, no José). Un chico de 17 años alto, esculpido en piedra, guapo e inteligente, buen estudiante y trabajador nato. El Cristiano Ronaldo del taekwondo, como le llamo yo. Pero en pobre, porque este deporte no da dinero. Al contrario, te obliga a gastarlo. Un chaval que estudia 2º de bachillerato con la vista puesta en la posibilidad de ser arquitecto como su padre. Que tiene una vida más o menos acomodada, pero que no quiere ser como la mayoría de jóvenes con los que se relaciona, centrados en estudiar y vivir la vida de fiesta en fiesta. Un chico con un punto de arrogancia, pero con buen corazón y la ilusión de un niño, que entrena más que nadie en su gimnasio y trata de superar esas pequeñas inseguridades en el tapiz que le llevan a veces a no arriesgar, y a preferir conformarse con perder por poco a darlo todo y sentir al final que, a pesar de todo, el otro es mejor que él. Porque él no puede aceptar que es peor que nadie. Y tiene un enemigo en su cabeza que le intenta engañar con el miedo al fracaso. Pero llega un día en que el Destino pone sus ojos en él y le pone delante del Campeón de España junior de su categoría, uno de los taekwondocas jóvenes con mejor proyección de nuestro país. Y ese día, Jose decide que no. Que no se va a esconder. Que va a rendir honor a tantas horas de entrenamiento solitario, a tantas dificultades para entrenar, cuando ha tenido que aprovechar cualquier pequeño rincón del local en el que trabaja su padre para instalar un saco y patear porque no tiene ningún otro sitio en el que hacerlo. Y le dice a su rival, sin pronunciar una sola palabra, ‘aquí estoy, y por encima de mí no vas a pasar’. Y empieza a derrochar recursos técnicos y tácticos, y está a punto de ponerse con cuatro puntos de ventaja en dos ataques que no impactan en el cuerpo y la cabeza de su rival por milímetros. Pero el otro le gana, aunque no le derrota. Porque, al acabar el combate, el entrenador del otro chico se acerca al entrenador de Jose y le dice ‘muy bien’. Y nuestro protagonista no necesita más para saber que, al lunes siguiente, volverá a hacer malabares con los horarios para compaginar sus estudios de bachillerato y el B-2 de francés e inglés con sus entrenamientos, aunque éstos se sigan produciendo en unas condiciones adversas. Porque por fin ha comprendido que hay veces en la vida que merece la pena arriesgar por una victoria gloriosa o por una derrota digna que nos prepara para una victoria más grande.

O como la historia de Edu, el hermano de Jose, otro chico guapo y con un encanto especial. Simpático, amigable y con un gran sentido del humor. Pero que, a veces, es demasiado estricto consigo mismo. Y que, cuando las cosas no le salen en el entrenamiento como a él le gustaría, tiende a rayarse y venirse abajo, obligando a su entrenador a recordarle que no siempre las cosas salen como queremos, y que cuando surge un problema o las cosas no van bien, tenemos dos opciones: recrearnos en que tenemos un problema, o buscar una solución. Edu es talento puro, un deportista capaz de re-inventarse y captar lo que hacen otros, convirtiéndolo con solo un poco de práctica en un movimiento natural para sí mismo (Messi vs Cristiano en una misma casa, sin un Roncero o un Lobo Carrasco que nos obliguen a elegir entre uno y otro). Y ahí es donde encuentra sus soluciones. Esas que le han llevado a ser tres veces campeón de Andalucía y dos veces 3º de España. Pero, al contrario que su hermano, el otro día no era el día de Edu. Representaba a la selección andaluza, y en su combate no supo interpretar cuáles eran las soluciones. Y eso le hizo perder. Pero Edu no es uno de esos adolescentes que, cuando las cosas les van mal, culpan siempre a los demás. El taekwondo le ha enseñado que, cuando uno se sabe responsable de sus propias decisiones, es mejor reconocerlo y crecer desde ahí. Y eso, en un chico de tan solo 15 años, es admirable. Porque, al terminar el combate, Edu se acerca a su entrenador y le dice ‘este combate no me lo han ganado; lo he perdido yo’. No busca excusas, encuentra causas, que a falta de soluciones son una buena alternativa para seguir creciendo humana y deportivamente. Y lo mejor lo deja para el final: ‘la próxima vez, no volverá a pasar’. Porque este joven sabe (el deporte se lo ha enseñado) que el éxito en la vida es una suma de oportunidades perdidas, pero también de nuevas oportunidades a conquistar.

Sacrificio. Ilusión. Rehacerse tras la derrota. No rendirse jamás. No buscar ser como los demás, sino diferente. NO AMAR AQUELLO QUE UNO ES, SINO AQUELLO EN LO QUE UNO PODRÍA LLEGAR A CONVERTIRSE. Sensatez. Valentía. Motivación. Sueños… TAEKWONDO. No los patrocinan grandes marcas, ni han participado en unos Juegos Olímpicos (aún), pero díganme: ¿no creen que estos chicos ya han comenzado a hacer que sus vidas sean épicas, a golpe de patadas?