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POR ANTONIO NAVARRO BARRIGA

Sentado en una terraza del centro de la ciudad veo el mundo girar, ese pequeño mundo que anda absolutamente desquiciado. Desde hace varios días, a la misma hora pasa un señor que camina como si la calle se hiciera más larga con cada paso que da, o como si toda la energía la cargara en un mismo lado y en el otro llevara el desánimo. Esa forma tan peculiar de relacionarse con el entorno me sugiere que aún no sabe que la crisis ha terminado. Yo he oído hasta el infinito anunciar el fin de la crisis pero no lo veo claro, quizá es un problema personal, soy muy incrédulo, y me parece que ese señor tampoco lo cree, se lo noto, sigue tirando con fatiga de su propia sombra, y al  cruzarse con un jubilado con paga se le pone la mirada verde ¿Es un monstruo? No, es que la esperanza se le va deshilachando, los monstruos, en esta y en otras ciudades, los cuelgan de vez en cuando de una farola, tienen una sonrisa en forma de banderola, y se hacen grabar en el pecho promesas de esas que no se cumplen.

Es difícil, casi imposible, saber qué piensa una persona con la que no hablas, pero intento ponerme en el lugar de este hombre para entender su pesadumbre, a veces, solo a veces acierto. Alegremente unos jóvenes comentan que el hombre es un viejo fracasado. Parecerle viejo a un joven es sencillo, y fracasado a un triunfador también, claro que el fracaso y el éxito no se miden del mismo modo, es imposible, siempre se dan la espalda el uno al otro. Afortunadamente el hombre no oyó a los jóvenes pero sí vio a unos obreros que arreglaban un espacio que iba para jardín y quedó en cagadero perruno, están contratados por el ayuntamiento durante quince días, ¡qué alivio¡ sus familias comerán un poco mejor; y qué bien para el ayuntamiento que puede cambiar de obreros con tanta frecuencia, así es más divertido, por la variedad y eso, y porque luego hay más gente agradecida que quiere estrechar la mano del alcalde, un detalle de buen ciudadano. El desánimo del hombre ha tropezado con una oferta de trabajo, lástima que sea para menores de treinta con experiencia en el ramo. Se deja llevar por la tentación y sueña qué haría si fuera joven, y recuerda que ya lo fue, trabajó de sol a sol, crio a sus hijos, cotizó a la seguridad social y pagó impuestos; además le quedó tiempo para manifestarse pidiendo derechos, y votó, votó quizá sin cuestionarse nada; la verdad es que hizo muchas cosas.

Observé espanto en su mirada al detenerse ante un escaparate que ya no era más que un espacio prostituido, y leyó: “Traspaso”, es decir que el negocio estaba dispuesto a pasar de unas manos a otras. Él ya no podría pagar ni por un beso, aunque le vendría bien, se quedó sin trabajo con cincuenta y ocho años, a los sesenta había agotado la prestación. “¡Qué torpe!”, comentó un matrimonio con buen aspecto y herederos de más de diez mil olivos, “si es que no piensan en el futuro” remataron. Tenían razón la verdad, no dedicó tiempo a pensar en el futuro porque tuvo que hacer horas extras para pagar los estudios de sus dos hijas, ellas tienen una buena carrera y reponen las estanterías de un supermercado por un sueldo de quinientos sesenta euros, contrato de dos meses, y quieren ahorrar para hacer un master y aprender alemán por si allí hubiera trabajo, como son ingenieras… “No hay que lamentarse sino trabajar para hacer grande este país, son tiempos difíciles y hay que arrimar el hombro”. Así se expresaba una ministra que gana una fortuna cada mes, qué alegría ser tan inteligente ¿Para eso la votamos, para que nos diga que hay que arrimar el hombro, y que hay que ser emprendedores? Emprender, una palabra mágica de no ser porque estamos en España, Andalucía, Jaén, “como no la emprenda a palos”, pero no, no hay que ser violento, si no estás satisfecho con la marcha del país ya votarás cuando toque. En la luna del escaparate le ha parecido ver que las arrugas de su cara son más profundas que por la mañana, y lo son, no es para menos, en la oficina de empleo  se ha enterado de que una ley dice que con sesenta y un años no podrá cobrar el paro, ni subsidio, ¿Trabajar? No, tampoco, es mayor, ni jubilarse porque aún es joven. ¿Comer? Sí, podría, pero esos señores tan amantes de la patria no han pensado en eximirlo del pago del recibo de la luz, ni del agua, ni los impuestos municipales, ni de un sinfín de cosas que son el deber de un buen ciudadano. Parece que la única persona capaz de ofrecerle una salida es un vendedor de cupones, decía que llevaba la suerte, él lo miró, de creer en esa posibilidad se gastaría los últimos cinco euros en lotería, pero es que ha cumplido sesenta y un años, y parece que la sentencia es inapelable, porque las arcas del estado no están para gastos superfluos.

Si alguien entiende las leyes que rigen nuestro sistema que me lo explique por favor.