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POR ANTONIO NAVARRO BARRIGA, licenciado en Psicología, profesor  y escritor 

El sol es capaz de iluminar el espacio interior de un edificio grandioso en el que aguardan para entrar hombres y mujeres oscurecidos por la pobreza, el calor se percibe también en la huella del sudor sobre las ropas de los viandantes, sin embargo, el frio cala la pupila de quienes miran para no ver la cola de personas que esperan recibir un plato de comida. Es un día caluroso como lo son casi todos los días de verano en Jaén, podría ser cualquier otro lugar del planeta pero no, es Jaén, la tierra millonaria en olivos y aceite. Unos ojos que se adivinan hermosos dejan caer un sentimiento dudoso sobre la pobre mujer pobre que pide para dar de comer a sus hijos,  no hay espacio para la empatía entre los ojos y el oscuro cristal que desdibuja la realidad. No hay espacio, no hay lágrimas, no hay empatía, es nuestro pequeño mundo síntesis de todos los mundos… Otra mirada, posiblemente hermosa, se escapa de la incertidumbre para acomodarse con envidia sobre un coche de lujo: comer es un lujo, vivir bajo techo es un lujo, un sueldo es un lujo, trabajar ha dejado de ser un derecho para convertirse en lujo, eso parece. El número de personas en busca de comida crece, los más atrevidos la buscan más allá de las fronteras, los más desesperados en la puerta de un comedor social; la población disminuye y los olivares descansan por si hubiera cosecha pese a la sequía. Jaén levántate brava, dijo el poeta, pero hay demasiado ruido y la voz del poeta permanece silenciada por los cánticos de quienes no necesitan levantarse. Todo laberinto tiene una entrada y una salida, por dónde quieres salir Jaén ¿Lo has pensado?, presiento que no, ni sabes qué vas a pedir a los dirigentes, ni qué estás dispuesta a dar para lograr un deseo cuando lo tengas. Me temo que como muchos de nosotros estás metida en un bucle de impotencia y resignación, de vez en cuando un antiguo proyecto comercial se despereza, sin embargo, las necesidades son otras y deberíamos reconocerlas para no ser los eternos olvidados, no habrá más compradores porque haya más tiendas, ni dejarán de afectarnos las inclemencias del tiempo porque haya muchas viviendas vacías. El tranvía que no va a ninguna parte espera, todas y todos esperamos sin esperanza, el calor reduce nuestra energía, la costumbre ralentiza cualquier movimiento. Nada ocurre en esta tierra, y lo que ocurre es tan poco trascendente que todo permanece igual con el paso del tiempo. Tendríamos que buscar responsables y exigirle una explicación, eso estaría bien, pero empecemos por asumir la propia responsabilidad, el conformismo está acabando con nosotros, dependemos demasiado del olivar, pobre cultivo el monocultivo; y si un día falla? no tenemos plan B, me temo que estamos sin un plan viable e ilusionante de la A a la Z, y si el cambio climático nos afectara más de lo previsto, ¿De qué servirían las gafas pensadas para acomodar la realidad?

Un señor con trabajo, sueldo de los de antes y casa dice que mi visión es pesimista; es posible, el mundo suele ser del color del cristal con el que se mira.