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POR ANTONIO NAVARRO BARRIGA autor de la novela El Laberinto de Peter Pan

La belleza del Antiguo hospital de San Juan de Dios me cautivó desde el primer momento que lo vi, o mejor dicho volví a verlo. Recuerdo, casi como un sueño, haberlo visitado siendo muy joven, era un lugar frío ocupado por personas tristemente enfermas, y, monjas, aunque este último detalle podría ser una creación de mi mente perdida en el tiempo. Recuerdo haber tenido la impresión de que sería muy difícil curarse en un lugar tan triste; no fue más que una impresión sin ningún otro valor, lo admito. El edificio, la propia institución, necesitaba la intervención inmediata de algún o algunos especialistas por la gravedad de su estado; todo el edificio lo sentí teñido del gris propio de los tiempos, me pareció concebido más para esperar la muerte que la vida. Por sus enormes salas y lúgubres pasillos podrían pasear sus penas los personajes de más de una novela de la literatura universal.

Después de muchos kilómetros, años y vivencias me reencontré con un edificio rescatado, rehabilitado con acierto, me gustó, me gusta y quizá por eso siempre lo elijo para presentar mis novelas.

La presentación de la tercera de ellas, “El laberinto de Peter Pan”, fue una tarde hermosa y serena, diecisiete de junio, viernes; sin las altas temperaturas que con frecuencia nos agobian en Jaén, pero sí con el calor humano que disipa el miedo del autor a quedarse físicamente solo en el momento que ha decidido presentarse en sociedad. La capilla estaba llena de caras familiares o amigas, de ojos que por primera vez se acercaban con el afán de conocer el trabajo de un autor que aún no conocían. Mi criatura había sido gestada a lo largo de casi tres años, construida palabra a palabra con esmero, y yo, pese a los abrazos y sonrisas de muchas personas, solo, emocionalmente solo, exponía a examen mi trabajo perdida ya cualquier posibilidad de cambiar ni siquiera la cubierta con la que lo habíamos vestido, por cierto, diseñada por mi hijo Alejandro. Tomó la palabra Víctor, el editor, que al expresar su temor a que pronto quisiera ficharme Planeta me halagó, “ya veremos” pensé yo. Después José L. Cano y Carmen Ramos, que habían leído la novela con ojo crítico,  valoraron positivamente la obra. Me asalta el pudor si pienso en reproducir algunas de las cosas que dijeron, y no debería ser así si lo que quiero es que muchos lectores y lectoras lo elijan en los próximos días, semanas, meses. Se había presentado con éxito en Madrid y Granada, ahora estaba en mi tierra, con los míos y todo cobraba un valor diferente.

“Se trata de una novela conmovedora ante la indefensión de la infancia ante un mundo adulto brutalmente golpeado por la crisis económica que azota a nuestro país”, fue una de las frases de José Luís. A esto yo añadiría “la indefensión de la infancia siempre y en cualquier lugar de la tierra”.

Carmen dijo de Guillermo y Pablo: “Consiguen apoyarse uno a otro, entre ellos surge una amistad realmente preciosa. Consiguen que sus diferentes mundos no les duelan tanto. Inventan mil razones para escaparse de esa realidad que tanto daño les hace”.

Ante nosotros teníamos un público entregado, se les notaba en la mirada, en los silencios y  en las palabras pronunciadas. El acto finalizó y llegaron las firmas de ejemplares, el tiempo se mostró rígido e implacable, fue necesario continuar en la calle porque las puertas debían cerrarse, pero unos y otros aguantamos estoica y felizmente. Entonces me pregunté qué sería de Guillermo y Pablo si no fuera por los lectores. Ellos respondieron de la única manera que saben: “Qué chulillos sois los mayores, ¿Y qué sería de los escritores?