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POR JUAN PEDRO RODRIGUEZ. Profesor de Secundaria, jubilado, y autor de la novela El paripé o los desertor@s de la tiza

 

Por no hacer mudanza en su costumbre, ya lleva España entera su primer mesecito (que suele cumplirse al llegar el Día del Docente, el pasado 5 de Octubre) venga que venga y dale que dale y siempre con lo mismo: que si las becas son un poquito mejores pero peores que antes; que si la autoridad del profesor va a ser restaurada, reconocida o definitivamente olvidada; que si va a haber menos alumnos por aula o menos profesores por IES o más desertores de la tiza; que si los libros de texto van a ser nuevos, además de gratis, además de correctos, aunque no didácticos; que si la hora de Religión va a ser una o trina o de un turbante ateísmo universalizador;  que si se puede pasar de curso con tres pendientes si el equipo docente lo considera así y adecuadamente; que si la Educación para la Ciudadanía ha evolucionado ya a Educación para la Robótica tras su paso por Educación para la Zapatería; que si la Reválida ha de ser una mera Prueba de Diagnóstico para no estigmatizar a ningún alumno; que si será obligatorio el año que viene rellenar en la matrícula una casilla con el nombre del ministro contemporáneo de Educación; …Y bla, bla, bla.

Sí. Apenas está el nuevo curso escolar con los pañales puestos y ya están saciados todos los opinadores nacionales produciendo sus manidos mensajes y proclamas con la pretensión –si no pretendida, confesada sí- de que sea ya este, por fin, el curso académico en que el sistema educativo gane la batalla iniciada hace ya demasiados lustros y entablada sobre un terreno que, además de no ser tomado nunca en serio como el cimiento de un país, encima ha de ser catalogado a estas alturas milenarias -y sin tapujos de ningún tipo- como el fango en que se pudre una nación entera, y su juventud. Este ya eterno retorno evidencia año tras año que se sigue todavía en España sin tener la menor idea de lo que ocurre en las aulas; prueba definitiva de ello es que si hasta el propio profesorado de a pie está cada vez más desconcertado y perdido, cuánto más lo estarán todos los que cobran por arreglar este desaguisado sin haber pisado jamás una aula o, lo que es peor, habiendo huido de ella. Mientras sigan siendo estos (y especialmente los últimos) los que lleven el timón de la enseñanza la cosa irá forzosamente a peor.

“Cada maestrillo tiene su librillo” es un conocidísimo dicho que, de puro viejo, nada tiene de obsoleto (pese a lo rancio que aprecien en sentencia tan breve quienes ya viven adosados a un móvil o quienes solo entienden la traducción “cada docente tiene su pizarra digital”) y en su menudez se encuentra, tal vez, la esencia lapidaria de toda la enseñanza –o, por mejor decir, de todo el proceso de enseñanza-aprendizaje. En frasecita tan simple como manida, adornada con sus dos encantadores diminutivos y con un verbo en presente histórico que le da la validez eterna de lo auténtico, se resume, se condensa y se sobrepasan no solo todas las precedentes leyes educativas sino también todas las venideras, incluidas circulares de Inspección, orientaciones de Consejería y demás paridas diarias de los miles de seudopedagogos desertores de la tiza que han ido engrosando un corpus infernal incapaz de ser contenido en el mayor “librazo” o mamotreto imaginable.

Porque, sépase de una vez, hay maestrillos que se saben su librillo de carrerilla, maestros que educan, libros que sí sirven, aulas que funcionan, clases que se aprovechan, alumnos que avanzan, profesores que profesan, IES recomendables,… y españoles al fin, en fin, educados provechosamente pese a todo. Porque, y sépase para seguir su ejemplo, miles de profesores hay –iba a decir “quedan”- que, sin haber perdido un solo paso de los tiempos, son capaces de dar a diario clases espectaculares –no iba a decir “magistrales”- con la mera ayuda de su persona, de su voz, de una tiza,… y de un talante, es decir, de su librillo. Que ellos son la columna que todavía sostiene lo que resta del edificio educativo, cada uno a su manera, modo o entender, es algo que saben calibrar a la perfección tanto el compañero comprometido con su profesión, como el alumno interesado, como el padre responsable, los tres; tres, ojo, pero no más: ni ampas, ni consejos escolares, ni inspectores ni demás gentes adscritas a lugares educativos totalmente ajenos al único sitio al que únicamente tienen acceso los tres antedichos: el aula, sí, el aula, la del 3ºB por ejemplo, ese lugar rectangular con pizarra, tarima y pupitres  -por si no se recuerda-, recinto tan distante de lo que es un despacho al uso que podría decirse que es exactamente su contrario.

Si obviamos y rehuimos los chistes fáciles y las metáforas ociosas y entramos de buena fe en la imagen de una persona que con su atuendo diario, su voz, sus defectos, sus conocimientos, su estado de ánimo, su experiencia,… entra durante una hora entera ante la presencia conjunta de una treintena de alumnos pendientes de cualquiera de sus actos -y omisiones- y en espera de sacar un mínimo en claro que les sirva para defenderse después en la vida, hemos de convenir en que lo esencial de cada hora lectiva –sea cual sea el centro educativo que imaginemos- consiste en la constatación consciente de que lo que allí se está produciendo es un acto tan inconsciente como “espectacular” (en todos los sentidos, tanto para todos y cada uno de los asistentes como para el principal actuante) en el que un profesor muestra (escenifica, podría decirse) a un alumno mediante su persona, voz, atuendo, modales, etc. los elementos necesarios para convertirlo en otra persona de su misma calidad. Y todo ello en el transcurso de una hora diaria. Y ello ante una especie de público sentado unidireccionalmente en su patio de pupitres, por seguir con la imagen.

En ese especialísimo acto de la clase –tan invisible desde despachos, cocinas o andamios-, todo es tan crucial que hasta el concreto modo de entrar en el aula es determinante para lo que va a ocurrir durante la hora entera: si el profesor se detiene en seco en el umbral de la puerta, conseguirá en medio minuto el silencio que no logrará en tres si entra de otra manera en cierta aula; si tropieza en la primera mochila y lo toma como cualquier cosa conseguirá un efecto forzosamente contrario al que obtendrá para siempre si se detiene mirando a su dueño hasta que este quita el estorbo; si pone su maletín sobre una mesa pisada en vez de limpiarla en silencio primeramente con su pañuelo -que llevará a continuación y en silencio a la papelera- habrá ganado la batalla de la urbanidad de todo un trimestre entero,… Lo mismo cabe decir de cualquier otro aspecto que vaya a tener lugar ante la mirada de tanto espectador obligado: el silencio no se consigue repitiendo o voceando cinco veces que cuántas veces ha de pedirse el silencio, sino mirando en silencio a cada uno de los que no lo estén; el acto mismo de sacar el material y colocarlo ordenado en la mesa de profesor es imitado inconscientemente por la mitad del alumnado (los demás lo aprenden del compañero); una voz baja y reposada tiene el efecto más o menos inmediato de doblar la atención si no en los 60 al menos en 50 oídos;…

Aspectos tan livianos y aparentemente intranscendentes como estos son previos pero indispensables para que la perfecta comunión entre actor y espectadores pueda realizarse. No deja de ser cierto que casi todos son producto de la experiencia más que del sentido común: el no tropezar nunca en la tarima al acercarse a la pizarra, el saber pronunciar una palabra más alta que la otra, el gritar una frase para que te mire el que está distraído con la ventana, el repetir pausadamente conceptos y ejemplos para que los retengan mejor quienes ya tienen la mirada casi perdida, el soltar la gracia o el chistecillo cada cuarto de hora como mucho,… son multitud de recursos que da únicamente la experiencia para conseguir, no solo la atención inicial, sino también la continuada, y sobre todo, mantenerla si es posible hasta cinco minutos antes de que toque un timbre. ¡Cinco minutos antes, he dicho: una clase entera puede irse al garete si no se frena a tiempo, si no se dan esos minutos al alumno para que recapitule, para que asimile, para que reordene, para que descanse su atención, para que se prepare para la entrada inminente de otro maestrillo que tendrá, eso es seguro, otro librillo totalmente distinto!

Estas y otras mil acciones que son la esencia de la vida misma son, por extraño que parezca, de ineludible y exclusiva responsabilidad del profesor auténtico, pero solo de él: el alumnado, sépase bien, tiene como única responsabilidad la de seguir sus orientaciones. Ningún alumno va a una clase a enseñar nada, lo mismo que ningún profesor está ahí para aprender nada. Tanto es así, que la mera y aparente actitud “pasiva” de cualquier alumno se convierte por ello intrínsecamente en la parte más “activa” del aprendizaje, del mismo modo que la mera y aparente actitud “activa” del profesor será tanto más eficaz cuanto mejor se compenetre con esa pasividad del alumnado: las simples mirada y atención que se dirigen hacia la persona del profesor contienen más items educativos que la mejor enciclopedia de psicología. Los treinta pares de ojos que están casi continuamente mirando hacia un adulto que no para de moverse y gesticular, la misma voz que no deja de ser oída en 40 de los 55 minutos de una hora lectiva, el pantalón que veinte jovencitas aprecian como el mismo que traía el lunes, el chicle dejado en determinada baldosa esperando a que sea pisado por quien no para de enrollarse con lo del complemento directo, el tío que no para de mirarme porque sabe que me acaban de mandar un whatsapp y me urge responderlo, la alumna que tiembla nada más que de pensar en que la saquen hoy a la pizarra y se le vea el cardenal de la pierna,… todos y todas las alumnos, y con cada uno de sus sentidos, aptitudes y actitudes no cejan un solo momento de esperar, pasivamente, la reacción educadora de ese ser de allí que deambula y no calla, y todos con el inconfesado pero íntimo afán de ser el día de mañana iguales (o muy contrarios, que de todo somos) a esa persona que está mostrándose vitalmente ante ellos hora tras hora y de la que se espera la mejor solución a todos sus problemas vitales actuales.

Nada de esto se aprecia desde un despacho (ni siquiera desde el de dirección), ni desde una cocina (ni siquiera la de la presidenta de la AMPA), ni desde un andamio (ni siquiera aquel que ahora pisa un preparadísimo arquitecto con hijo en edad escolar). Sólo el profesor -curiosamente el gran ausente de cualquier reforma educativa- lo sabe y lo aplica. Es muy difícil concebir o imaginar desde fuera de una aula que un angelico ya pronto adolescente esté siendo encerrado por un sistema educativo durante seis horas al día para aprender cualquier otra cosa que no sean Lengua o Matemáticas; y más inimaginable o inconcebible lo será si además se ha oído previamente alguna vez a algún profesor decir que tal vez el contenido de las materias sea lo menos acuciante. Pero ese maestrillo, el profesor auténtico, sabe perfectamente que acabar la clase de esta mañana habiéndose aprendido el complemento directo es tanto o, como mucho, igual de importante que no haber consentido que aquella alumna siguiera tirando papeles al suelo a su antojo o no haber dejado de mirar de reojo hasta pillarlo a aquel grandón que suele robarle el bocadillo al que se le sienta delante. El complemento directo no se olvidará en una mente que ha visto escrita en la pizarra (y por su autor) “Jamás robaré otro bocadiyo yo” con su preciosa faltita de ortografía y su aprovechada y pospuesta (por el profesor) explicación de los sujetos para la clase siguiente.

La mejor corroboración de la índole espectacular del profesor dentro del aula la vienen a dar las mismas nuevas tecnologías, que, a fuerza de no atinar, se van acercando a la idea principal pero perdidas en secundarias de nulo interés educativo, pretendiendo con sus ordenadores, pizarras digitales o móviles convertir recinto tan especial en una especie de teatro, o minicine, como si el “espectáculo” de la clase pudiera percibirse a través de una pantallita. Estas nuevas formas de mostración digital de cualquier tipo de conocimiento ante el aprendiz son, verdaderamente, de un enorme valor pedagógico, académico, científico,… pero, en puridad, son tremendamente perjudiciales en el aula por lo que conllevan de relegación del profesor a mero espectador pasivo. Entiéndase bien: son valiosísimas fuera del aula, en la casa o en la biblioteca, en aulas especiales o en millones de lugares, pero no en el aula concreta del 3ºB. Y con un solo ejemplo bastará: que un artilugio sea capaz de destacar con colores todos los complementos directos de una página, incluso dando calificación instantánea, no deja de ser una virguería, pero lo cierto es que la mitad de la clase lo toma como excusa para jugar a los colorines, la tercera para ver lo que no debe, la cuarta para contactarse fuera del aula y el profesor para gatear un rato persiguiendo ratones.