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POR Manuel Bermúdez Trujillo

Atención, atención. Grecia en el punto de mira de la democracia occidental. Cuando las barbas de tu vecino… La prueba del nueve de que esto que vivimos no es una crisis sino un desfalco. El término de la II Guerra Mundial fue, para quien tuvo la inteligencia de observarlo, el triunfo de un pueblo que luchaba por su dignidad. Más allá de órdenes brutales, de traiciones del Politburó y de arbitrariedades del camarada Stalin, si llamamos al pan, pan, quien dio matarile al fascismo y al doble juego de las democracias occidentales que terminaron por traicionar todos sus propios pactos, fueron los soldados y el pueblo ruso, por entonces bolchevique,  arrasaron la Cancillería y plantaron sobre sus tejados la bandera de su dignidad de pueblo arrasado. Fueron ellos quienes más vidas y bienes perdieron. Los que quedaron más atrasados en su desarrollo. Esto unido a la psicopatía de su jefe, dieron en llamarlo los líderes del mundo libre: el fracaso del comunismo.

Doctores tiene la iglesia. “Democracias” hay para todos los gustos. Para compensar, occidente puso en marcha el mayor de los procesos de bienestar que ha conocido la humanidad (al menos para alguna clase de persona más que hasta aquel instante: la clase media y baja, quedando los excluidos de toda la vida como tales, como los famosos perros que comían de las migajas de pan que caía de la mesa del rico Epulón, a esto lo llamamos caridad enriquecida, como si el capital se pudiera envasar en dosis concentradas de caridad tipo Avecrem. Y funcionó. ¿Por qué? Porque el estado del bienestar, defendido por gobiernos, genera puestos de trabajo y dinero contante y sonante para que se mantenga la producción y el consumo… mientras la patronal no pretenda multiplicar por mucho o muchísimo sus beneficios.

Los setenta fueron la fecha del destape. Aquí, en España, entendimos que se trataba de cruzar los Pirineos para ver El último tango en París. Pero no. El destape iba de otra cosa y lo protagonizaron, entre otros, la Dama de Hierro y el vaquero devenido en Mr. President de los EE.UU. Hasta aquí hemos llegado, nos dijeron. Pudiendo ganarlo todo por qué continuar ganando menos. Fue entonces cuando el campo abonado de la democracia occidental se convirtió en democracia occidental. Pasamos de personas a clientes y de clientes a esclavos en un pis pas. Y de pronto, zas. La crisis hizo su aparición y los ricos se hicieron más ricos y los que no más pobres al tiempo que los excluidos han aumentado en proporción geométrica. Así las cosas ya hemos aprendido que la democracia (no la Democracia, sino la democracia) es la moderna y sutil vestimenta del autoritarismo del capital y de sus colegas políticos y financieros. Que requiere de guerras hermosas para producir bienes de consumo de grandes beneficios (armamento), de estamentos a los que nadie vota pero que son quienes realmente gobiernan a través de nuestros representantes, quienes se pasan por el arco del triunfo sus programas electorales (veáse Rajoy, Zapatero, Obama y demás primores) y de grandes instituciones inútiles para las personas y utilísimas para la oligarquía (Fondo Monetario, Banco Mundial, ONU, Bolsas, G7, G8, G20, Club Bilderberg, UE…).

No voy a repetir la larguísima lista de países donde la “democracia” ha impedido, sistemáticamente, que o las izquierdas o los ciudadanos gobiernen, para eso tienen ustedes el magnífico libro “Comprender Venezuela, pensar la Democracia” de nuestros Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero. Hagan memoria y, quienes no la tienen, lean esos capítulos: desde por ejemplo la victoria de la II República Española, pasando por el Chile de Allende y por cualquier otro intento de gobierno popular, exceptuando los recientes casos de Venezuela, Bolivia o Ecuador (que por eso, entre otras cosas, son el demonio) hasta la Grecia de Syriza. Y dentro de nada la España de Podemos…

¿De qué va esto que escribo? De la realidad de la democracia vestida de tul. Si la crisis es lo que aparentemente hemos de atajar y realmente queremos ser los cirujanos, veremos al abrir el cuerpo social que la enfermedad no es esa, sino un cáncer de padre y muy señor mío llamado “poca vergüenza”. Hoy en Facebook veo unas fotos idílicas de unos olivares en la Sierra de las Villas de Jaén. Su dueña comenta expresiva: Mi cortijo, mis olivas…donde reina la paz y la belleza. Abandonándose a la armonía aparentemente inamovible de la tierra. Nada en nuestro mundo es inamovible, ni eterno, ni siquiera necesariamente es bueno aquello que damos por bueno. Así hemos vivido durante decenios… sobre el cráter de un volcán controlado, a su merced. La cuestión ahora es si queremos plantar la bandera de la Democracia sobre la cancillería y si tendremos el valor, la decencia y la virtud de la perseverancia. Grecia hace sólo dos años nos mostró cuán fácil es defecar bajo la presión de aquellos a los que votamos y los que realmente mandan sin ser nuestros representantes.

Ahora, vuelta a empezar, nos volvemos a encontrar con la misma situación. El poder no consiente en abandonarlo y no reparan en medidas para conseguirlo. No importa la pobreza, ni la bajeza, ni la muerte, ni que muestren tras su careta de occidentales los rasgos bellos de Lagarde, manchada por la hipocresía, la falta de honestidad, la ruindad y la violencia. Gente normal, haciendo cosas maravillosas. Gente normal, haciendo cosas maravillosas. Los valores tales como la honestidad, la dignidad, la verdad, paz y la justicia quedan para otros momentos, aquellos en que dormitamos bajo el sopor del consumismo y el sometimiento voluntario. Pero pasan a ser contravalores de la democracia, el bien común y propios del comunismo y el diablo, cuando quienes los enarbolamos somos los pueblos.

Entonces por nombrarlos ya somos bolivarianos, radicales comunistas y populistas. Este es su juego. ¿Ven que este es su juego? O conmigo o contra mí. O tontos o esclavos o radicales bolcheviques. No cabe término medio para estos parásitos que llaman bien común a su bien privado, y al bienestar social, radicalismo. Porque en vez de 1000 ganarán 800, porque en vez de contribuir con sus impuestos con arreglo a sus beneficios, gozan de impunidad para no pagar o huirlos a paraísos soleados. Y se llaman a sí mismos demócratas y patriotas. Esto es lo que está verdaderamente en juego y lo que necesitamos son gente despierta e incansable que diga y haga la verdad, hasta enterrarlos en el mar. Apoya, únete, luchemos juntos, somos tú, tú eres nosotros. Gente normal cambiando a España.