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Por Jaime Cervera

 

Perdón por la malsonancia del título, pero creo que muchos estamos de acuerdo en que tal y como está montada la política española es imposible avanzar. ¿O quién no se ha quejado nunca del “y tú más”? ¿O de que que los partidos se encierran en sus trincheras ideológicas y se tapan los oídos para todo lo que no sea lo que ellos dicen? Por no hablar de la razonable duda del papel del Senado o la demanda de listas abiertas en los partidos. Mejor no nos metemos en lo de la corrupción.

Pero antes de adentrarnos en estos y otros muchos recovecos oscuros de nuestra democracia, empecemos por algo tan básico como el Parlamento. La que debería ser la sede de la soberanía popular y la institución reina de control al Poder Ejecutivo no es más que una perrera donde se ladra mucho y se hace más bien poco (también hay honrosas excepciones).

La comparación, por poner un caso, con la Cámara de los Comunes británica es sencillamente bochornosa. Empecemos por la cabeza. El Congreso de los Diputados está presidido por un miembro del partido con más representantes en el hemiciclo. El Parlamento Británico lo dirige el speaker, un hombre elegido por amplio consenso (si no es unánime), que en el momento en que es elegido rompe relaciones con todos los partidos y que ni vota ni interviene en los debates. Esto es imparcialidad real (con todo el respeto al señor Posada).

Además, la Cámara de los Comunes tiene unas dimensiones reducidas y forma rectangular, en contraste con los grandes hemiciclos a los que estamos acostumbrados en la Europa continental. Esta curiosidad viene marcada sin duda por la tradición británica, pero supone también que los debates tengan un cariz muy distinto a los de, por ejemplo, nuestro país (allí, la distancia física entre el Primer Ministro y el líder de la oposición es de apenas cinco metros). Si en el Congreso de los Diputados los parlamentarios tienen untiempo restringido de intervención, seguido de una réplica y una contrarréplica, la forma del Parlamento Británico hace que los debates sean mucho más ágiles, bonitos y sobre todo permiten que realmente se “dé caña” al Gobierno. Si no, que se lo pregunten al señor Cameron.

Si un diputado británico quiere intervenir únicamente debe ponerse en pie y esperar a que el speaker le dé la palabra. Tampoco tienen límite de tiempo ni de veces en las que puedan intervenir. Igualito que los parlamentarios españoles que en todo el mes de octubre de 2014 hicieron dos intervenciones de media. Dos intervenciones en un mes (Cifras ofrecidas por el Congreso).

Por no hablar de las votaciones. En España, el portavoz del grupo parlamentario hace un gesto (un dedo si hay que votar sí, dos dedos si hay que votar no, y tres dedos si hay que absternerse) y toda la bancada pulsa el botón sin saber muchas veces a qué están dando su respaldo o rechazo. En el Reino Unido o en EEUU, en cambio, no existe esa disciplina de voto y hay que ganarse los apoyos por persuasión (negociación) con propios y extraños.

Esto último nos lleva a otro de los cánceres de nuestro sistema político: lapartitocracia. En España los partidos -en especial los dos más grandes- parecen todopoderosos hasta el punto de que en las elecciones votamos unas siglas cuando deberíamos escoger uno a uno a los que van a ser nuestros representantes. Pero no, en vez de eso, listas cerradas (se nos imponen los diputados) y bloqueadas (se nos impone el orden de elección de esos diputados).

Pero no solo los políticos son criticables. Hay un mecanismo de control importantísimo para una democracia que está dando síntomas de debilidad (esperemos que no intencionados). Y es que ¿por qué el diario El País no investiga acerca de los EREs de Andalucía o por qué ABC no desvela las corruptelas de Génova? Son sin duda los medios más cercanos a los partidos implicados. Tan solo El Mundo parece haber estado a la altura, eso sí, a un precio (que se lo pregunten al de los tirantes). La pregunta de fondo es: ¿por qué están tan politizados los medios en España? El Arponero Ingenuo nos daba la respuesta el otro día: en este país existe una “relación incestuosamente letal entre la prensa y el poder”.

Pero tal vez el problema más grave de nuestra democracia sea el de que nuestros representantes no tienen la voluntad política necesaria para sentarse a dialogar alrededor de una mesa y llegar a acuerdos que den soluciones a los graves problemas que asolan nuestro país. Qué necesario sería recuperar el espíritu del consenso que caracterizó a la ahora tan denostada Transición, cuando todos los partidos políticos -desde el Partido Comunista hasta Alianza Popular- dejaron a un lado sus diferencias por el bien de España.